viernes, septiembre 08, 2006

EL SUEÑO

Les contaré algo como yo sólo sé hacer.
Entre la frondosidad de la selva, allí donde crece la maleza y en donde ningún hombre civilizado ha puesto jamás un pie, hay un diván que hubiera sido la envidia del Doctor. Un diván en piel, con rebordes moldurados en nogal, pulidos y brillantes como el agua. No se sabe cómo llegó hasta allí. Tampoco importa demasiado. Sobre ese diván reposa una bella mujer de largos cabellos castaños que cubren de forma natural sus pechos, pequeños y redondos. Sobre el diván, la mujer se trenza los cabellos ensimismada, entonando canciones ininteligibles. Su cuerpo desnudo, es esbelto y bronceado, y sobre él crece un vello suave y abundante. A veces, la joven mujer, abre un coco con una piedra y bebe su jugo que resbala por sus comisuras, dejando su piel dulce.

Cuando la joven duerme sobre el diván, los animales salvajes se acercan a ella. No la temen, pues saben que es inofensiva. Olisquean su cuerpo y lo lamen en busca de restos de zumo, sin tan siquiera imaginar el placer que en ella provocan. Los leones se acercan a ella con sigilo. Primero la olfatean y, después, lamen el cuerpo tendido, empezando por la boca y recorriendo todo su cuerpo. Bajan por su cuello y llegan a los pechos, que endurecen al contacto áspero y húmedo de las lenguas salvajes. Ella no se percata de la trascendencia de la situación. No conoce otra cosa. Simplemente sueña y su espalda se arquea de placer, abandonándose a toda suerte. Los animales, ignorantes, satisfacen su sed.