jueves, agosto 17, 2006

PELOS EN EL SUELO

Siempre me pasa igual.


Por eso creo que voy a tomar la determinación de no finalizar los libros que empiezo. Y eso que Tokio blues lo cogí con cierto desánimo, por eso de ser un autor aún vivo. Para eso soy un poco intransigente. Si el autor en cuestión aún está vivo, no confío mucho. Debe haber muerto, y además, bien muerto una larga temporada para que me interese. Esta fue una excepción.


Ayer a mediodía lo terminé con desconsuelo, entre lágrimas y aturdimiento. Situación que aprovecho, para ya de paso, llorar por todo lo demás que me oprime el pecho.
En soledad y comiéndome un triste sandwich pasaba las hojas finales con urgencia. Daba un bocado, me sorbía los mocos y me enjugaba las lágrimas; daba un bocado, me sorbía los mocos y me enjugaba las lágrimas... así hasta el final, que llegó de repente.


Un libro en el que inevitablemente te sientes el reflejo de todos y cada uno de los personajes.


Eres, en ocasiones, Watanabe, buscándose así mismo, buscándose un lugar en el mundo... Eres también Naoko y su desesperanzada vida... y Midori también, alocada y pasional, niña, divertida y dramática... incluso, eres Reiko, con esos aires de madurez y automatismo... una sombra... e incluso, eres Tropa-de-asalto, en cuanto a lo metódico... Nagasawa desentendido y Kizuki eternamente joven... Todos ellos son un poco como tu, o tu eres un poco como ellos. Te enamoras perdidamente del extraño Watanabe y deseas con todas tus fuerzas ser ella para que él te posea muy lentamente, y ser Midori para poder escuchar que te quieren tanto como para convertir en mantequilla a todos los tigres del mundo...


¿un final feliz?...