martes, julio 25, 2006

UN LAUREL

Una vez escribí esto.

Yo soy un árbol.
Sólo para ti.
Veo que me observas.
Y yo te observo a ti.
Y veo un hombre.
Y me pregunto porqué deseé tanto ser un árbol.
Ahora, no puedo tenerte.
Y debo conformarme con mirarte, y ver cómo escribes y me dibujas, sin saber que te amo, y que las gotas que caen de mis hojas, no es rocío, sino lágrimas...
¿Vendrás mañana de nuevo?
Eso espero.
Y esperaré aquí, en el mismo lugar de hoy, a que ocupes ese banco y cojas de nuevo tu cuaderno y quieras quedarte absorto mirándome.
¿Habrá en Edimburgo o en Bruselas o en La Borgoña laureles como yo?
Ven mañana.

Y lo hice como todo lo que escribo, con pasión, no desmesurada, pero sí significativa.

Hace un tiempo leí, no sin entusiasmo, lo que le sucedió a Dafne. Una historia que me llenó de una alegría inusitada por la similitud que uno trata de buscar en los libros, y desde entonces, no dejo de imaginarme siendo un laurel, grande, verde y tupido, con corazón de madera y libre, aunque sea una libertad limitada, fija al suelo.

Hoy vuelvo a sentir que mi corazón es de madera, mis pies se han hundido en la tierra y mis brazos son ahora frondosas ramas, a través de las cuales, se filtran los brazos de dios. Y respiro tranquila al saber que no corro ningún peligro. Que estaré aquí, ayer, hoy y mañana. Daré sombra a quien la necesite, y cobijo a quien lo requiera. Pero de aquí no me moveré. Porque soy un árbol, y juncos y barro.

El laurel piensa que es triste vivir sin amor, tanto como morir y recuerda aquella frase a la que antes de su metamorfosis solía recurrir sobre quién desea vivir sin amor, pues mejor será morir.
Yomimeconmigo en el tierno suelo ...