martes, mayo 30, 2006

LEER ENTRE LINEAS

A veces no es necesario inventar historias o esperar a que lleguen las musas a través de los visillos. No, no lo es, porque simplemente las historias están ahí, quizás ocultas por las apariencias. Sólo debemos leer el periódico y al hacerlo, no limitarnos a mirar al que fue nuestro vecino, sino ir más allá, preguntarnos porqué y cómo sucedió. Dejarnos engatusar por una invención que está más cerca de ser verdad, que de no serlo.

Allá voy.

Pongamos que la protagonista se llama Rosa Castedefells, sí, porque además, la historia discurrirá en la ciudad condal. Rosa es una mujer que usa perfume barato con aroma a puta, y se viste la sonrisa de un rojo rabioso que la convierte en ordinaria. Rosa está frente al espejo, en el que se mira, pero no se ve. Se viste con dejadez, aguantando el hilo de humo que sube hasta sus ojos, procedente del cigarro que pende de sus labios y que se sostiene por el efecto de sequedad que hay en ellos. Ya no piensa, hace tiempo que no lo hace, porque de esta forma, evita sufrimientos innecesarios, eso es lo que le ha enseñado la vida. Rosa no siente empatía. Simplemente respira. Su pecho sube y baja con lasitud. Ya no es ni la sombra de lo que fue. Ni la sombra.

Supongamos también que su hijo, se llama Enrique Expósito en honor a vete a saber quién, y crece en este lugar que, unas veces es un hogar, y otras, un prostíbulo. Enrique intenta estudiar tapándose con fuerza los oídos y repitiendo una y otra vez la lección, uno de los aspectos más característicos de la historia antigua de España..., uno de los aspectos más característicos de la historia antigua de España..., balanceando su cuerpo hacia delante y hacia detrás, como si de un demente se tratara. Todo para intentar no escuchar los jadeos procedentes del dormitorio de enfrente, de ese extraño que soba a su madre que, posiblemente, cabalga a horcajadas sobre él. Y todo por cien duros. Cien miserables duros.

Enrique se pone las deportivas y se marcha, dejando atrás la paranoica vida que le ahoga.

Cuando el extraño se marcha, Rosa cuenta, usando los dedos de sus manos, el dinero que le queda para terminar la semana. Aún le sobrará algo que utilizará para comprarle a su niño unas deportivas nuevas. Su niño, ¡cómo había crecido! Ya se afeitaba, todo un hombre, sí señor. Rosa se avergüenza de sí misma y no quiere que su hijo la vea borracha. Por eso, se encierra en el baño, con una botella de tinto, que bebe a morros con ansiedad y con desesperación. Rosa se mira ahora en el espejo, borracha, su cabeza le da vueltas e intenta pintarse los labios para demostrarse así misma que aún puede hacerlo. Parece un payaso lamentable.

Enrique se quita las deportivas cada vez que entra en casa y las deja tiradas, sin importarle nada. Mira de soslayo la cama de su madre. Hace años que no viene ningún hombre. No le extraña. Ve el pingajo de madre que duerme en ella y la ignora, y la detesta, y la odia y odia sus deportivas y no le importa que no coma, ni que pese menos que una pluma, y la deja allí, emitiendo berridos quejumbrosos y plagados de un dolor que es oscuro, negro y triste, como lo es el fondo de sus ojos, encarcelados tras sus cataratas. Piensa que está tardando mucho tiempo en morir. Cuando lo hace, piensa que ya era hora.

Huérfano por omisión, dice el titular del periódico.

Enrique se corta las uñas sobre la tumba de su madre y su única preocupación es, pensar qué va a alegar ante la policía.

Enrique se quita las deportivas con las que ha venido caminando durante tantos años. Pero eso ¿a quién le puede importar?