jueves, mayo 25, 2006

TRISTEZA LICUADA

A Patrocinio le sudan las manos. Tanto, que no es capaz de sujetar con firmeza un lápiz para escribir, se le escurre constantemente y eso le hace perder los nervios. Le sudan tanto, que a la gente que le conoce personalmente, le da grima darle un afectuoso apretón de manos, por eso van siempre todos con tanta prisa, ¡hombre, Patrocinio!, discúlpame, otro día hablamos, ¡tengo tanta prisa!.

A Patrocinio le sudan tanto las manos, que le caen gotas de los dedos, y a través de ellas, se licua su alegría.

Todo empezó siendo aún un niño, si es que alguna vez lo fue. No lo recuerda. Cree que sí. Que lo fue. Todo el mundo lo ha sido alguna vez, porqué entonces va a dudarlo él.

Patrocinio va dejando marcas sudorosas por todas partes. Y vive angustiado por las circunstancias, por eso, se pone guantes de lana en verano. Pero eso, es casi peor. Sus manos se reblandecen y enrojecen, hasta tal extremo, que parece que fueran de cera a punto de derretir.

Patrocinio, por las noches, llora, y se seca las lágrimas con las manos, mezclándolas con el sudor y así, su alegría licuada junto con su tristeza, forman charcos que su mujer recoge con la escobona por las mañanas.

Al principio sudaba, pero ligeramente. Ahora, nota que incluso pierde peso.

Así, Patrocinio, prefiere pasear y pasear, largas horas cada día, obviando su vida, como si tal. Atraviesa verdes bosques, cruza cristalinos arroyos, sigue senderos ocres. Camina a toda prisa, como una exhalación, ni si quiera su sombra le alcanza.

Su mujer asevera

- Patrocinio, te estás quedando en los huesos

a lo que él responde con un ligero asentimiento de cabeza, cargado de resignación.

Patrocinio va dejando charcos imposibles, en donde pueden vivir patos. Los peces, plateados, nadan alegremente en él, sin preguntarse de qué extraño modo han llegado hasta allí.

Patrocinio, poco a poco, va perdiendo su corporeidad, como si del hombre menguante se tratara.

Ahora, los vecinos se preguntan qué milagro ha podido suceder para que aparezca un pantano colmado de vida en medio del pueblo, cuando tanta falta hace, mientras cuelgan de las paredes unos carteles que, coronados con la foto de Patrocinio, en blanco y negro dicen:

DESAPARECIDO

Un día, Patrocinio no llegó a casa. Su tristeza y su alegría, juntas, materializadas en pantano, dan los buenos días a sus vecinos, ésos que le evitaban diariamente y, ahora, sin saberlo, le beben y saborean.