jueves, mayo 11, 2006

LA TAPIA

Desde la terraza se veía la vida pasar, aunque uno, casi no se daba cuenta de ello. Simplemente, te asomabas, apoyabas los brazos en la barandilla y mirabas. Y desde allí, veías cabezas que paseaban. Unas con pelo, otras ralas. Casi como un acto involuntario, tus ojos siguen a esas personas hasta que ya no te alcanza la vista para , inmediatamente, fijarlos en otra.

Y al fondo, estaba la tapia.

La tapia, no era más que eso, una tapia. Pero en ella había vida. Era un muro delgado de cemento que rodeaba una pequeña parcela de tierra, que servía las veces de vertedero. Éste no es Ari.

En su interior inventábamos juguetes. Un zapato roto, un paraguas esquelético, un mosaico de loza blanca, cristales verdes, marrones, y tiza, mucha tiza.

Y el muro tenía el rostro sucio de mensajes, algunos absurdos, otros imposibles, que luego la lluvia se encargaba de suavizar.

Esa tapia sirvió de pizarra para nuestros juegos de ser mayores. También de apoyo al churro va. De muro de lamentaciones mientras rezábamos del uno al cien antes de salir a buscar nuestras presas. Para escribir poesías infantiles. Mi madre me preguntaba ¿dónde vas? , a la tapia, decía yo. Y allí, explorábamos. Juntábamos piedras que serían el ajuar de nuestros juegos de casitas.

Pero la tapia ya no está. ¿O sí? Ahora me asomo a la ventana y no la veo, pero la recuerdo. Y me vienen las voces de cuando éramos niños.

¡Churro va!

¿Churro, media manga o manga entera?

¡qué brutos los chicos! Me acuerdo de Rober, de Simón, de Toñín y cómo no de las chicas, Gema, Eva, Silvia y yo. Unas estrechas, decían ellos. En fin, que me estoy haciendo mayor.