lunes, mayo 08, 2006

CUANDO TODO ERA NEGRO.

No te asustes por las coincidencias, no. A veces, las buscamos nosotros mismos, incluso podríamos decir que las necesitamos.

Y escucha.

Bueno, en realidad, voy a hablar de mi, más de mi.

Hay momentos en la vida de una persona que, necesariamente, marcan su personalidad, y puede ser que éstos, te eleven o, por el contrario, te hundan. En mi caso, hubo dos. Los dos tienen que ver con el principio y el final de la vida.

Ese primer acontecimiento, fue el nacimiento de mi hijo. Fue bárbaro. A partir de ese momento, me empecé a cuestionar la condición humana. Puede parecer exagerado, pero así fue. De pronto el miedo me sobrecogió y, sucedió algo que jamás hubiera pensado que pasaría, y es que me fijaba en los defectos de la gente que me rodeaba. ¿Y qué veía? Veía egoísmo, vanidad, avaricia, violencia, intolerancia. Eso me asustaba por una razón muy sencilla, no sabía si mi pequeño sabría enfrentarse a tanta vileza saliendo impune. Empecé dando tumbos. Trabajar en casa, un pequeño con horarios, trabajar fuera de casa, horarios agotadores y Esther, braceando, el tratamiento de mi padre, hospital arriba, hospital abajo, hablar con médicos, no salir a comer para recuperar el tiempo usado en el trabajo, en fin, para qué seguir, me costaba sacar la cabeza fuera.


El segundo acontecimiento, devastador, fue la muerte de mi padre. Yo siempre pensé que “eso” sólo le sucedía a los demás. Veía a mis padres como inmortales. Creí que siempre estarían ahí, a mi lado. Pero cuando la casa dejó de oler a barniz, a serrín, a cola de contacto, cuando dejé de oírle canturrear, te puedo asegurar que me costaba despertarme cada mañana. Fue en ese momento, sólo en ese, cuando supe que hoy estamos y mañana, no.

A partir de ese triste día, comencé a nadar a la deriva. Braceaba. Me esforzaba para respirar. Hubiera preferido desaparecer.

¿Y sabes lo que me salvó?

Una libreta.

Un cuaderno que empecé a usar para desahogarme, escribía todo lo que pasaba por mi cabeza. Y sin darme cuenta, empecé a crearme una afición. Escribir y dibujar, que aunque no lo hago muy bien, al menos, me anima.

Ahora tengo libretas de recortes de arte, otras de literatura, cuadernos de dibujo y una necesidad imperiosa de expresarme. Por eso nació también esta ventana.

Me gusta dibujar.

Me gusta escribir. Poner nombre a mis cuentos es lo que más quebraderos de cabeza me produce. Aunque, soy en ese sentido, un poco como Flannery O’ckonor.

Te diré el nombre de mis cuentos:
La carta
La sonrisa de Magdalena
El coleccionista
Las mañanas de Valentina
Primeras nupcias
Los baños lunares
La muerte de Darío Valcárcel
Una historia distinta
El hijo del sombrerero
El crisol

Y eso, es lo que me salvó de no morir ahogada.

Desaparecer puede parecer tentador, pero nunca será lo mejor. Así es que, amigo mío, ánimo, hala, a bracear. Nos vemos en la marejada alta.