jueves, abril 20, 2006

LA CASA FELIZ

El lugar se llamaba La casa feliz y se hallaba ubicado en los bajos de un gran edificio viejo en el centro de la ciudad, en una calle poco transitada. Destacaba por su purpúreo tono y por su ornamentación oriental, y embellecía la vía dotándola de un aire fabuloso. Solía pasar por su lado casi a diario de camino al trabajo. Me gustaba mirar hacia arriba y ver los farolillos rojos balanceándose a causa del viento, dibujando circunferencias invisibles. Era el único punto que reflejaba la inexorable decrepitud del restaurante. Su soledad parecía esconder algún secreto, más allá de la simple dejadez. No se veía entrar ni salir a nadie a ninguna hora del día, ni para comer, ni para entregar, ni tan si quiera, para olisquear. Recuerdo perfectamente el día que le propuse comer allí. Me miró como si estuviera loca. Y quizás así fuera, pero necesitaba saber qué era lo que allí se escondía. En el momento que decidimos agarrar el pomo de la puerta y tirar hacia fuera, tenía un nerviosismo que no podía ocultar y que me hacía aflorar una estúpida sonrisa. Nos recibió inmediatamente un occidental, que vestía camisa asiática de raso blanco, con vivos en el cuello y en las mangas, en color violeta. Por aquí, dijo. Subimos unas escuálidas escaleras de pocos peldaños. Allí estaba el salón. No había nadie comiendo, sólo nosotros dos. Si la imagen del restaurante era, desde fuera, decadente, por dentro era marchita. Comimos bien, normal, diría él. Hablábamos bajito, por miedo a ser escuchados. En realidad, ¿qué más daba que nos escucharan?, sin embargo, continuábamos haciéndolo casi por vergüenza. El camarero nos instó a pagar la cuenta “abajo”. A la salida observamos que el cocinero era occidental también. “Abajo” era la entrada. Y allí le vi. Me sobrecogió la imagen. Estaba detrás de una pequeña puerta. Una puerta dividida transversalmente en dos partes. La de abajo estaba, al parecer, permanentemente cerrada, y por defecto, la de arriba, permanentemente abierta. Como mobiliario tenía una escasa silla y un pequeño mostrador, que bien podría ser un tablero aglomerado. Sobre la mesa, una mugrienta calculadora. Aquel zulo estremecía. El hombre que lo habitaba, nos miró por un solo ojo. Era un ojo grasiento. Y su mirada transmitía, cuanto menos, pavor. Pagamos y salimos acelerados, casi tropezando. Ya en la calle, reímos a carcajadas pensando en aquella infantil experiencia. Hasta que, de pronto, la risa se borró de golpe y la sombra nos nubló la mente.

La pregunta era necesaria aunque desoladora, pero más aún lo era la respuesta.