jueves, abril 06, 2006

PREMEDITACIÓN

Claro, al principio era un pollo, pero cuando creció, todo cambió. Recuerdo cuando era amarillo y redondo, calentito y palpitante, ¡qué tiempos aquellos!. Jugábamos con él, le encantaba el ajedrez. Teníamos charlas sobre los cuentos de Oscar Wilde, tenía buen criterio. Le queríamos como a uno más. Cuando enfermaba, le llenábamos una botella de gaseosa con agua caliente, a modo de calefactor, y se arrimaba a ella. Le daba vida. Estaba bien instalado en su caja de zapatos. Sus patitas sonaban al caminar, kji, kji, kji, kji,... Pero, de adulto, no dejaba de ser una gallina escandalosa. Una Carmele aviar. Había que hacer algo. Éramos demasiados en casa, para encima, cuidar una gallina, que lo ponía todo perdido y con la que manteníamos, al final, grandes discusiones por la política. Ni si quiera ayudaba en casa. No. Todo eran gastos con ella. Y trabajo, mucho trabajo. Pero no podíamos hacerlo ninguno de nosotros. Así que, decidimos contratar a un sicario. Mi tía. Sí, a ella le da morbo este tipo de situaciones. ¡Dios! Cada vez que lo recuerdo, no puedo evitar el llanto. Llegó la hora. Mi tía no necesitaba colaboradores. No. Podía ella sola. Dame una cuerda, me dijo. No tengo ninguna, tía. Pues, dame algún cinturón de tela, el de tu bata. Me quité el cinturón, se lo di y me marché. Mi tía ató el cinturón al cuello de Carmele, y apretó con todas sus fuerzas, hasta quebrarlo. ¡Pobrecita mía! Yo, no podía parar de llorar. Y Carmele, con la lengua colgando como un trapo y los ojos fuera de sus órbitas.

Al día siguiente no me pude comer el cocido.

Lo siento, no puedo seguir.