martes, marzo 28, 2006

LA CARRERA

Jamás, nada ni nadie podría alcanzarle. Corría como corren los que aún tienen posibilidad de escape. Corría y le dolía la garganta. El aire se le clavaba como un cuchillo afilado y sentía que le desgarraba por dentro.

Y pensaba, pensaba en todo. Y sus pensamientos rebosaban, se desbordaban y él se sentía agobiado. Pero corría. Corría con todas sus fuerzas y sin mirar atrás. Su cuerpo rebotaba. Las lágrimas se precipitaban al vacío, casi no le pertenecían, nómadas de su rostro, le abandonaban como todo en su vida. Nada le pertenecía. Sólo podía huir, y eso es lo que hacía. Un grito que le nacía de dentro quiso ascender y cuando escapó de su boca sonó atronador, desgarrador. Y él sentía el corazón y el grito, ajenos.

Un perro ladró a su paso.

Tenía que escapar. Nada ni nadie debía distraerlo. Avanzaba como el pájaro que en la penumbra busca la salida. El ladrido, apenas un recuerdo ya.

Recordó a su padre. Quizás estuviese al final del trayecto. Quizás valdría la pena correr.

Correr. Escapar de sí mismo.

Eso es lo que hacía cada día.

Nada ni nadie podría distraerle. Nada ni nadie.

En ese momento, cerró la ventana, dejó de volar. Y soñó.

¿Quién ha dicho que los finales deben ser felices?

DIME

Dime....
dime cuál es tu secreto, ¡maldito!
¿cómo lo haces?
¿acaso es el resultado de un sortilegio?
¿de un maleficio?
¡dímelo!
¿cómo encuentras las claves?
¿de qué astucia te vales?
¿cómo haces para ser sublime?
¿es perversidad lo que te mueve? ¡dime!
Presa de mis palabras,
Fracasada de mis armas,
Plañidera de mis faltas,
aquí, te escribo.
Mas, déjalo ya... pequeño
que es tarde y tengo sueño,
soñaré, que eso sí puedo hacerlo
y quizás mañana,
quizás con empeño
escriba palabras de amor, de pena o de nada.

" Quentin, que amaba no el cuerpo de su hermana, sino algún concepto de honor familiar y (él lo sabía bien), temporalmente suspendido en la frágil y diminuta membrana de su virginidad, semejante al equilibrio de una miniatura en la inmensidad de la esfera terrestre sobre el hocico de una foca amaestrada. Quien amaba, no la idea del incesto que no cometería, sino algún presbiteriano concepto de su eterno castigo: él y no Dios, podría arrojarse a sí mismo y a su hermana al infierno, donde eternamente podría protegerla y cuidarla para siempre jamás, invulnerable ante las llamas inmortales. Él que sobre todas las cosas amaba la muerte, y que quizá sólo amaba a la muerte, amó y vivió con deliberada y pervertida curiosidad, tal y como ama un enamorado que deliberadamente se reprime ante el prodigioso cuerpo complaciente, dispuesto y tierno de su amada, hasta que no puede soportarlo y entonces se lanza, se arroja, renunciando a todo, ahogándose. "

William Faulkner