miércoles, marzo 15, 2006

SUMA Y SIGUE...

Mañana haré los treinta y tres. Sigo cruzando esa crisis escarpada que creí ficticia, pero que es tan real como la vida misma. Me miro al espejo y soy capaz de verme por dentro, de traspasar mi cristalino. Recuerdo que cuando era adolescente observaba el mañana como si se tratara de un futuro imposible por lo lejano que resultaba, y sin embargo, ha pasado tan rápido... ya no soy esa muchacha.

Miro una fotografía de cuando era una niña y viajo al pasado. Veo mi barrio tan cambiado ahora. Solía bajar los escalones desde el tercer piso de dos en dos y sonaba a galope. Las vecinas salían en estampida a protestar: la presidenta, que vivía en el segundo piso. La llamábamos así aunque su cargo duró un año, como el de todos, pero se quedó con ese mote, supongo que por ejercerlo con encono, cuando no la llamábamos la presidenta, la llamábamos la tetas, que cada uno saque su propia conclusión. La presidenta odiaba el retumbe que los saltos producían en su casa. También salía a protestar la patas que vivía en el segundo piso y la rijas que vivía en el bajo, y que además de cotilla, como todas las que viven en los bajos (menos yo, que soy la excepción que confirma la regla), era grimosa por culpa de las dos eternas lágrimas que habitaban sus ojos. Mi padre decía que era una pitiñosa y yo reía porque me hacía gracia esa palabra que ni si quiera sé si existe.

Enfrente de mi portal estaba la tienda de “Mari la de enfrente” donde yo compraba el donuts de chocolate que me llevaba para el recreo y que cuando sacaba de la cartera estaba tan aplastado como el papel. Raro era el día que no me meaba en clase, siempre lo achaqué a una vértebra que tengo abierta, al menos eso fue lo que me dijo don Manuel, mi doctor de cabecera que ahora está en una silla de ruedas, hace ya la friolera de veintitrés años.

También recuerdo al practicante, don Guillermo, al que íbamos a que nos pusiera esas inyecciones de hierro tan odiosas. Como compensación te regalaba un palito de madera que poco tenía que ver con su materia.

Y don Quintín, el quiosquero. Trabajaba en un cuchitril verde y en él había dulces de todas clases. Antes no existía eso de coger los alimentos con pinzas, así es que él las cogía con sus dedos amarillentos y con largas uñas. Llevaba una boina que le hacía más bajito si cabe. Su familia era como sacada de un cuento de duendes.

Y pienso en mi barrio hoy, tan distinto, con locutorios, supermercados y con vecinos tan distintos a los de antes,... pero allí sigue mi madre... y mi gato y pienso que allí seguirán mis recuerdos, siempre.

Y lo dejo, que me pongo triste.



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