viernes, enero 27, 2006

LA TRISTEZA DE MARTA


chica_joven
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Por Esther Rodríguez Cabrales.

Eran las seis de la mañana cuando el despertador anunció con encono el comienzo de un nuevo día para Marta. Nada se salía de su normalidad, aunque la falta de horas de sueño había hecho aparecer en ella una irritabilidad casi infantil. Sus ojos glaucos se asomaron al espejo y se sorprendieron de su propia transparencia. A pesar de su nívea y sutil belleza, Marta sentía últimamente un peso en su ánimo que la obligaba a caminar cabizbaja, y es que, a su condición de madre que tan espléndidamente compaginaba con su trabajo, se sumaba el hecho de pasar ya dos primaveras de los treinta. Se sentía tan cansada... Enmascaró su tristeza con el maquillaje y mojó sus frustraciones en el café, tratando así de deshacer todo lo malo que la producía daño. Le parecía que Roberto, su marido, ya no la deseaba, y la rutina se paseaba por el pasillo todas las tardes invocando la gravidez de su cuerpo. Marta respiró hondo, tanto que pensó quedarse así y ver cuánto tiempo podría aguantar sin tomar oxigeno, pero finalmente tuvo que soltar el aire de golpe haciendo volar su flequillo. Hacía calor, sus labios y su frente brillaban frente al espejo... consumió sus últimos segundos, regalándose algo de paz, cerrando los ojos. Era hora de ir a trabajar. De camino al tren se cruzó con un hombre que la espetó lascivamente: "¡...qué bonita eres!" y, sin atreverse si quiera a levantar la cabeza, le asomó a los labios una sonrisa, casi de agradecimiento. Tomó su tren, como hacía cada día, desde que tuviera dieciocho años. Se acomodó en cualquier sitio donde pudiera asirse a la vida en caso de emergencia y abrió su libro. Le gustaban los libros gruesos que llenaran su mente, y acopló a su vida la banda sonora que había elegido para ese día, inundando el ambiente con su rock decadente. Los hombres que estaban en el vagón actuaban torpemente en su afán de tenerla cerca, deseando que les brindara tan solo una mirada. Marta revisaba rápidamente su lectura en busca del punto donde lo dejó el día anterior. Alzó un segundo la mirada y descubrió cómo la observaban; su rostro se llenó de rubor y su corazón latió fuerte dificultando su respiración. Fue así cuando llegó al trabajo algo más convencida de si misma y dijo, por fin, con una gran sonrisa: “buenos días”.

Parecía que el día no iba a ser tan negro como imaginó.

A la tarde, Roberto la esperaba fuera, con un beso en los labios guardado con mimo para ella.

Definitivamente eran imaginaciones suyas.