este poema
sólo existe
si tú lo lees
Esther Cabrales (Madrid, 1973). Ha cursado estudios de Derecho y Filología Hispánica que jamás concluyó, porque, finalmente, el trabajo se impuso. Ha publicado Erosión (Renacimiento, 2017), Cuerpos (Renacimiento, 2019), Animal (Torremozas, 2021), Lengua muerta (Páramo, 2021), Mondo (Bajamar, 2024). Poemas suyos han sido incluidos en antologías nacionales, como son Rojo Dolor (Renacimiento, 2021), Distopía en femenino (Elenvés, 2023).
Aquel muchacho detestaba el desorden y alguien le recomendó, para evitar sus crisis maniáticas, cultivar y cuidar un bonsái, siguiendo la tradición japonesa saikei. La técnica constante de limitar el crecimiento de aquella miniatura, cortando con una pinza aquí y allá o, dirigir el crecimiento a su antojo con un hermoso cableado, lo abstraía, calmando su ansiedad paranoica por la perfección. Su meticulosidad aumentaba cada día que el arbolito trataba de existir por sí mismo. Si encontraba un modo natural de crecer, el muchacho lo contenía y acotaba minuciosamente durante horas. Sin apenas dormir, el muchacho vigilaba su pequeño olivo, perfeccionándolo sin descanso, evitando que el arbolito existiera en toda su plenitud. Pero puede que la técnica fallara, en un momento en el que el sueño venciera al muchacho y que, un resquicio de espacio, hiciera avanzar rápidamente a una rama. Y esa rama creciera tanto que respirara aliviada, animando al árbol a desperezarse y, que las raíces, fuertes como nunca, abarcaran el cuarto y treparan hasta la cama donde el muchacho dormía y lo abrazaran, agradecidas por ese error, cercenando su cuello, apretando hasta dejar de sentir aquellos espantosos ojos, tan abiertos, jamás vividos antes.
Siempre deploré que un extraño me lavara la cabeza pero, cuando mi aspecto ya comenzaba a acercarse peligrosamente al de Crussoe, decidí acudir a una prestigiosa coiffure en la Rue de Saint-Honoré. Allí, una lánguida señorita de indeterminables dedos, me envolvió en cientos de toallas perfumadas y, sin mediar palabra, me acomodó en un gran sillón, al que caí rendido. Al instante, millones de dedos masajeaban mi cabeza casi pornográficamente. Cerré los ojos, pero fue peor, pues la intensidad se multiplicó hasta lo infame. Y ya no pude hacer nada por salvarme, pues aquellos dedos torturadores profundizaron y se hundieron hasta llegar a mi cráneo, que atravesaron dulcemente y extirparon mi atemorizado cerebro que temblaba como un pájaro caído del nido. A día de hoy, continúo lavando cabezas. Aún espero, ansiosa, la llegada de mi próxima víctima, un asesino a ser posible, y despojarme, definitivamente, de este cretino insulso.

Creo o no creo en el mundo. Creo o no creo en las personas. Lo cierto es que sí creo la mayoría del tiempo, porque quiero creer, porque me l...