martes, enero 26, 2010

Negro sobre negro.

Descubro que al otro lado de la frontera, las flores también son bellas. No son mías. No son de nadie. Son mías. Vestido de negro vulnero la noche. Me acerco a la valla poblada de minas. El miedo me arrebata el pulso. Miro a través de la alambrada siempre distante. Nadie recoge los restos del último rendido. Aprovecho el camino, ya profanado, y escapo para convertirme en un apátrida hasta la muerte.

Salvo miles de libros, no nos habíamos llevado nada.

Escribe Thomas Bernhard en Un niño que “cuando habla un hombre sencillo, es una bendición” y, además de ser una idea cierta, es tanto más ...