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miércoles, marzo 10, 2010

Escena trágica o desnudez del suicidio.




Poema en un sólo acto

gesto
de ropa rendida
en un cuarto olvidado
como muerta
abandonada en algún rincón
de la realidad
¿? pendientes hundidos
en la desventura un libro
de poemas aún no escritos
los zapatos
permanecen anclados en la infancia
bajo la cama
siempre sueños
y un foco alumbrando

desnudez del cuerpo tendido
nadie habla
apenas
un gesto


jueves, diciembre 03, 2009

Llovía.

A mi padre
que mora en la lluvia cansada.


Llovía.
Desde entonces, siempre llueve
tristemente,
llueve tu piel tu cabello llueven tus huesos
La lluvia me cala
y huele la madera a mojado a tierra mojada a ti mojado
Los días grises traen
tu imagen a mi memoria tus manos
duras esa última mirada
Llovía
como diciendo adiós
tú sabías que era una despedida y llovía
con furia con miedo con angustia todo se empapaba.

Nos gustaba escuchar las gotas bajo la tela
cuando la lluvia no era muerte,
sentirnos protegidos en casa
calientes felices junto a la ventana
y un pitillo mordido una copa acabada.
Me gusta que llueva, con tristeza
miro el suelo mojado mientras te camino despacio.
Huele a flores a tabaco a ti mojado
y llueve sin agua porque ese día llovía
y desde entonces, siempre llueve
tristemente.


Yann Tiersen - Point Zero

miércoles, abril 01, 2009

¿Y si nos sentamos y nos abrazamos?

¿y si dejamos de hurgar con el dedo nuestra alma avarienta?

¿y si vemos una peli y olvidamos las fotos rasgadas?

Si te quedas esta noche, no tendrás que volver mañana,

y yo no me quedaré esperando alerta

al sonido de unas llaves,

al murmullo del ascensor,

a la ansiedad de tus pasos.

Si te quedas

no hará falta el adiós al que rehuyes.

Si te quedas, parábolas en mi boca.

Qué frío hace en ese cuerpo.

Imperturbable otoño.


miércoles, diciembre 17, 2008

Esther en el espejo

Me gustaría -de verdad me gustaría- poder asomarme al océano de este espejo y reconocerme en él sin que me arrastrara la marea. Creer que esa mujer es la misma mujer que hay bajo mi piel. Que con tan sólo hurgar con el dedo índice pudiera surgir de dentro, brotando como una diosa mortal. Que arañando mi piel, rompiéndola como papel de seda, emergiera de ese pantano oscuro que crece en mi vientre, donde las flores son negras y se riegan con sangre y lágrimas.

Ver en esos ojos mi propia mirada. Ésa que anda perdida como un fantasma condenado a ver lo que nadie puede ver. Lo que nadie se atreve a ver, arrastrando unas pesadas cadenas amarradas a la cruz de mi frente.

Pertenecer a esa sonrisa que se come una fresa, amarga de tentaciones, mientras me observa con la indiferencia de una canción gastada. A esas manos que peinan el cabello con cien golpes de cepillo mientras bisbisea nanas recónditas que nadie escucha. A esos dedos que recorren de arriba a abajo un rosario de secretos.

Saber que ella duerme a mi lado, como mi hermana gemela. Que me sueña suave y tranquila. Que me mece y me vela. Que me cuenta al oído nuestra vida y me dice que esta locura que nos ata es sólo nuestra.

Y me gustaría –de verdad me gustaría- creer que esa mujer que me mira soy yo misma.


jueves, diciembre 04, 2008

La amante inmóvil

"Tacones maravillosos son los que arañaba mis pies,
¡tacones! ¿en qué camino resonáis ahora? ¿acaso volveré
a veros?"

de Las profundidades de la noche.
(Robert Desnos)



Te encontré una tarde tirada en la calle.
Una tarde de frío y llanto escarmentado.
Una tarde vacía
de mí.
Arrastrada de pesado letargo.

Ruth... ¡oh, Ruth! mi inquietante y bella Ruth.

Paseaba perdido, buscando algo de lo que fui.
Pero sólo hallé basura.
Restos de una vida.
Después tú estabas allí. Inmóvil.
Entre condones difuntos y fruta podrida.
Tu pelo ovillado de plástico inflamable brillando al sol,
parecía gritar una suerte de promesa,
un futuro certero para los dos.
Ciegos en el desierto.
Sueño de látex desabrigado
de un terco pasado enrarecido.
Haarlem y tulipanes muertos.

Toqué tu fría y desnuda piel.
Creí amarte. Odiarte tal vez.
Ruth... ¡oh, Ruth! mi inquietante y bella Ruth.

Te llevé a casa, después de escuchar tus mentiras.
Oh, Ruth.
Te lavé las heridas de tinta.
Besé la oquedad de tus ojos.
Yacimos en la cama durante años.
Me perdí en tus bosques.
Nuestro amor era profecía.
Tu piel, fría.

Me contaste todo aquello de cómo llegaste hasta aquí.
Del océano. Del trigo y del sexo.
Tu nombre era otro.
Tu nombre era cualquier nombre en tu vida inmóvil.

Hablaste del abandono. Del dolor.
Te quise creer, Ruth. Hice todo lo posible. Y te creí.
Mudaste de agonía.


Pero hoy, es de nuevo ayer, Ruth
he visto que has preparado tus cosas.
Te marchas, dices. Que no aguantas.
Que te ahogan mis ganas.
Lloras, lloras, lloras.
Ruth... ¡oh, Ruth! mi inquietante y bella Ruth.

Cerrando esta puerta, abrirás muchas otras.
En el suelo siguen tus tacones muertos. Tristes.
Me pregunto qué nombre rozará tu frente.
¡tacones! ¿en qué camino resonáis ahora?
¿acaso volveré a veros?

He salido a pasear solo.
Mis pasos sólo saben reanudar caminos.
Buscaré algo de lo que fui.
Tal vez, entre restos de vida, te encuentre,
mi bella e inquietante Ruth.



martes, noviembre 11, 2008

La ventana

Volví a mirar por la ventana. Aquella ventana triste que daba a un muro. Algo más arriba había otra ventana, pero no era como la mía. Ésta era oscura como la boca de un ogro. Nunca había visto a nadie asomado a ella. Tal vez por eso la observaba con tanto interés. La contemplé un instante más, con los papeles aún en la mano y la mirada perdida en la negra densidad. Me había dado cuenta de que se había convertido en una acción reflejo. Dejé los papeles sobre la repisa y di media vuelta hacia la mesa de trabajo, con ese sentimiento de derrota e incapacidad de comprensión que nacía siempre de aquel encuentro con la nada.

Ya era la hora. Recogí la cazadora vaquera del respaldo de la silla, me la puse y me marché arrastrando los pies. Me cegaba el gris del cielo. Todo parecía igual. La calle con los mendigos tan bien situados, con sus harapos y las manos sucias, y esas pastelerías de petit croissant justo al lado de ellos, con gente guapa que sale y que entra, que mira y sonríe y se besa. El bullicio y el tráfico moviéndose de aquí para allá. Llegaría tarde a la visita. Era evidente. El semáforo no terminaba de cambiar a verde. Después el cíclope metropolitano atestado de pequeños hombres y mujeres, igualitos unos a otros, con esos dichosos móviles sonando a bachata. Todos quieren entrar. Todos quieren salir. Todos hablan a un tiempo. Ese mismo tiempo que no para.

A la salida, el hospital se alzaba ante mi como una gran montaña blanca. Pasillos, doctores, batas verdes y ese olor nauseabundo a comida caliente y anestésicos. En la habitación, sólo la paz y ella. El dolor se pasea de puntillas, casi sin decir que está. Le di un beso en la cara. Pensé que era más pequeña que antes. Miré sus dedos blandos, sin uñas. Su cabeza sin pelo. Se me llenaron los ojos de llanto. Dejé el bolso sobre la escuálida silla y me quité la cazadora. Quedaba poco tiempo para todo. Ese tiempo que no para. Al fondo, había una ventana. Otra ventana. Me acerqué hasta allí y volví a mirar a través de ella, buscando no sé qué, sin saber, que la boca de ogro estaba allí, a mi lado, con su aliento acariciándome el cuello.

viernes, noviembre 07, 2008

Es cierto. Me vino bien.
Necesito esa música para mecerme en su canto apenado.
Y necesito más.
Como pensar en árboles.
En raíces profundas.
Perderme en el camino.
Y continuar avanzando.
Recoger frutos.

(¿Dónde están?)

Quizás sea temprano.
Dentro queda arena.


Tal vez una causa perdida.
(Quién sabe.)


Pero para qué detenernos. Es pronto.

¿Has escuchado a los búhos?
Me dan miedo.
Son tan bellos y tan oscuros...

A veces, cuando cierro los ojos, mi oscuridad se hace bosque.
Y el miedo, acude graznando a picotear mis sueños.
Pero para entonces, ya he abierto los ojos.

Hay un pájaro azul en mi bolsillo.
Se revuelve tranquilo.
Aún queda camino.
Tal vez, el final llegue algún día.





(Gracias por la canción.)

jueves, septiembre 25, 2008

Una mañana, al despertar, los dioses habían caído. Sobre la estantería no quedaba más que polvo orillado de su recuerdo, y unas gafas. Un simple esbozo de luz y sombra. Acaso nada. El suelo había quedado lleno de miedos. ¿Dónde la esperanza? ¿qué haremos ahora sin dioses?, preguntaba mi mujer con un vaho que me empapaba la cara ¿qué haremos? ¡Los inventaremos!, animaron unos. ¡Los reconstruiremos!, aseguraron otros. ¿Y si rezamos?, preguntó mi mujer. La pobre... cuánta esperanza guardan sus ojos. Rezamos. Dios lo sabe. Rezamos durante siglos. No valió de nada.

 

Recogí los pedazos y me fui a caminar. Solo. Tal vez me zafé del miedo. Pero, cuando regresé a casa, un dios mediocre me esperaba. Salmodió un saludo socarrón. Pero ¿qué se había creído aquel Dios? Las heridas cubrían su cuerpo agrietado. Advertí que se había puesto mis gafas. Son mías, dije. No me escuchó. Me pidió ayuda para subir a la estantería. Y allí está. Con mis gafas puestas. Mi mujer postrada ante Él. La pobre...



martes, septiembre 23, 2008

Comienza este triste espectáculo
de la alegría fingida,
la de galones al sol,
la de apretones al desamor,
la de los padres, la de los hijos,
la de los hijos de su padre,
la del adiós.


La domadora de leones,
como ya es costumbre
se sacude ese olor rancio que tiene la existencia.
La mona funambulista,
orea su ánimo tendido en la cuerda tan manida,
dispuesta a perder de nuevo su vida,
y la payasa infeliz, se pinta los labios
de rouge 66
y todo, para fracasar again.

Mientras, la mujer barbuda
no deja de practicar
esa violencia doméstica que tan bien asimiló,
ay que ver, lo fuerte que es y lo dócil que parece.
Luego, después, la gente dirá
no sé que pasó,
era una mujer muy amable.

El motorista chino,
esta noche apenas ha dormido,
pensando en los valores de la bolsa
de los que se mantendrá retraído.
Por lo demás, hay un león harapiento,
una cuerda floja,
una cereza de silicona
una barba roja,
hasta una pobre vieja.

Por lo que se ve hay sobrecarga en la red,
pero eso significa que todo está preparado
para este triste espectáculo
que comienza y termina
cada día.



lunes, septiembre 08, 2008

Hoy las nubes han caído hasta sus pies como un ejército triste. Juana de Arco recorre el Paseo de Recoletos cortando cabezas a su paso. Casi no se puede caminar en el valle de las Termópilas.

 

Parece que llega tarde y el árbol no aparece. El agujero negro de su pecho lo siente lleno de melancolía barata. Tantas ganas de nacer. La mano en el pecho. Al fondo, una goleta gris de siete palos aguarda su llegada cuajada de persas y economistas.

 

Un anunciante grita las noticias desde la torre más alta, tienes derecho a morir, tu cuerpo es tuyo. Nosotros, los snobs, te ayudaremos. Smells like you parecen canturrear las flores. No se puede enfrentar una batalla habiendo desayunado sólo un love will tear us apart.

 

Un sombrerero loco va sujetando su cola de seda y organza para que no arrastre por el suelo lloroso. Tienes que estar guapa de blanco. Ella embarcará para no volver. Eso debería saberse. Hundirá espadas en los pechos desnudos, beberá su tétrica victoria con entusiasmo y llorará en silencio su marcha. Porque ella embarcará para no volver. Eso debería saberse.







Creo o no creo.

Creo o no creo en el mundo. Creo o no creo en las personas. Lo cierto es que sí creo la mayoría del tiempo, porque quiero creer, porque me l...