lunes, diciembre 21, 2009

Aquella música.


Detestaba su música.

Así que le arrastré hasta el corazón del bosque, y allí, cavé profundo, dejándole ovillado junto a su violín, bajo la tierra mojada, entre corcheas lamiéndole la cara.

Cuando matas, el frío no existe. Deseaba glorificar mi crimen con un baño en el lago, completamente desnudo, ofrendando mi blanda carne a la luna, pero los lobos, convocados por el aroma, han seguido mi rastro, lamiendo vorazmente la nieve roja.
Me encuentran para saciar su hambre. Mi sangre es menos roja, pues se diluye y se orilla en la nieve, donde busca aquella música asesinada.
(La imagen pertenece a Domingo Hidalgo)

Qué máquina me conduce y por qué caminos

No dejo de pensar en lo difícil que me resulta aceptar el mundo tal  y como  lo veo a mi alrededor. Digamos que como el viajero que lleva añ...