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jueves, junio 18, 2026

Morir es un arte

Comienza el verano y me he hecho con unos cuantos libros más del maestro del terror: Stephen King. He comenzado por un libro de relatos titulado Historias fantásticas que estoy disfrutando como una niña. Qué tipo este, el King. Además, su lectura está resultando una experiencia de lo más satisfactoria, porque he podido comprobar que no todo lo que leo lo olvido. Queda algo, un poso. Y por qué digo esto ahora. Sencillo. Leyendo uno de los capítulos de este libro, en concreto Para Owen que, en realidad, es un poema, King hace un guiño incluyendo en uno de sus versos, otro del poema Señora Lázaro, de Sylvia Plath. Yo estaba leyendo ese capítulo extraño, porque se trata de un poema frutal y encontré "morir es un arte" ahí escrito, delante de mis narices, e inmediatamente mis neuronas viajaron hasta ese recuerdo en mi memoria. Decía así el poema incluido en Ariel, de la poeta suicida: "Morir / es un arte / como todo. / Yo lo hago excepcionalmente bien." Y me he alegrado tanto por esta sencillez. Por comprender que no lo olvido todo. Sépase que leí Ariel hace ya bastantes años. Y ese verso, ahí, pululando en mí. Seguro que sé más cosas que no sé que sepo. Me cae muy bien King. Él mete ese verso ahí y hala. Quien se dé cuenta, mejor para él, pero qué lástima quien no llegue a ese momento de conexión con el autor. Parece que King deja una perla con un letrerito que dice: -para quien se de cuenta-. Esto me lleva a la conclusión de que, efectivamente, somos muchas cosas, pero entre ellas, somos lo que leemos, que no se lee en balde, que no cae en saco roto. Y, ahora, veré si bajo a la reunión de vecinos o no. Tal vez sólo coma sandía fresca.




lunes, mayo 25, 2026

Qué máquina me conduce y por qué caminos

No dejo de pensar en lo difícil que me resulta aceptar el mundo tal  y como  lo veo a mi alrededor. Digamos que como el viajero que lleva años pillando el mismo  tren, a la misma hora, con el mismo trayecto y, un día, le engulle otra máquina estéticamente diferente a la habitual y, a pesar de saber que lo recogió en la misma vía o que el luminoso anunciaba su ruta, durante todo el itinerario se estará preguntando con desconfianza si será ése su tren o, si por el contrario, se ha subido a un destino erróneo. Eso me pasa con la vida en general. A saber qué máquina me conduce y por qué caminos. Mientras tanto, no dejo de asombrarme y me refugio en las lecturas, porque así no pienso tanto en mí, ni en mis circunstancias. No me fijo tampoco en el otro. Para qué. Entiendo y acepto que la vida cambia, los modos, las costumbres. Pero es todo tan rápido. Volvamos a ese tren del comienzo. Podríamos contar con los dedos de una mano las personas que, simplemente, no llevan su mirada fija en una pantalla. Recuerdo que, cuando era joven -que ya usaba ese medio de transporte para ir a trabajar-, lo normal era ver a la gente leyendo el periódico, un libro, una revista. Lo comprábamos, antes de subir al tren, a primera hora de la mañana. Y nos acompañaba durante todo el día. Yo lo comenzaba siempre desde las últimas páginas. 

Ahora no se leen noticias. No se leen libros. Algunas personas leen muchos libros, pero no muchas personas leen libros. Estamos idiotizados en muchos aspectos. No digo con esto que leer te haga menos idiota, pero al menos te ofrece la posibilidad de pensar de otros modos, de reflexionar, de ir más allá de  ti mismo. Hace que te hables también desde dentro, que trates de comprender, todo lo bueno, todo lo malo, ser lo bueno, ser lo malo. Sentir que eres también lo malo, lo pérfido, lo execrable. Y lo bello, lo noble, lo excelso. Echo de menos cosas. Echo de menos conversaciones, compromisos, verdades. Echo de menos la amistad. Tal vez por eso leer es de mis momentos preferidos. Creo que reúne todo aquello que anhelo. Aunque siempre preferiré la piel y los ojos, la sonrisa y la voz. Por cierto, ahora, Úrsula K. Le Guin es mi mejor compañía.



jueves, febrero 19, 2026

Salvo miles de libros, no nos habíamos llevado nada.

Escribe Thomas Bernhard en Un niño que “cuando habla un hombre sencillo, es una bendición” y, además de ser una idea cierta, es tanto más hermosa, pues no hay nada más repelente que esa vanidad del que se sabe culto. 



Yo, que ya tengo una vida, una edad, que he conocido y he escuchado, siempre preferiré, la sencillez -que no la simpleza-, la elegancia o la prudencia. Desconfío del que mucho sabe,  y sobre todo, del que se empeña en aparentar saber mucho. Y es que he sido educada en un ambiente de respeto por lo que se dice y hemos preferido callar antes que errar. Mi madre, la persona más sabia que he conocido en la vida, me aconsejaba escuchar y sólo decir lo preciso cuando fuera necesario. Todo con el fin de no arrojar ideas confusas que pudieran entorpecer nuestro camino. Verbalizar todo lo que le pasa a uno por la cabeza es descabellado. Por el contrario, la contención es todo un arte. Quienquiera que piense que la sencillez en la vida es un signo de mediocridad o de incapacidad, no piensa en términos de belleza estética y es que la sencillez es simplemente extraordinaria y, ¿sabes?, me atrevería a decir que incluso revolucionaria



domingo, enero 25, 2026

Historias

 Todo lo que necesitamos son historias. Frente a la apatía, una gran aventura. Contra la tristeza, un buen relato lleno de amor. Y no hablo sólo de libros. También de historias verdaderas. Cuando nos sacude un terrible acontecimiento, lo único que nos quedan son las historias bellas que suceden en torno a él. Existe un binarismo básico en la vida. El bien y el mal coexisten en un mismo hecho. Es lo que nos mantiene con cierta cordura. No todo es el mal cuando el mal hace acto de presencia. También acontece el mismo bien. Es esa tensión constante lo que permite que aún creamos en nosotros mismos, que aún creamos en el amor. 

Porque creemos en el amor, ¿verdad? 

No sé tú, pero yo necesito historias. Cada día necesito comprobar que hay algo más más allá de mí. Y si, por un casual, no pasa nada más que  la vaguedad de la rutina, entonces, lo invento, lo escribo, lo dibujo. Y no permito a la soledad que entre más allá de mi piel.



Por cierto, he acabado un poemario.  Y no sólo habla de amor, ni de mí. 


jueves, octubre 16, 2025

Obrar una alquimia

Decir la verdad tal y como la ve [el poeta]. Decirla tan bellamente, tan sorprendentemente como pueda; encender con ella su propia capacidad de asombro; obrar una alquimia al interior del lenguaje—en eso residen la forma y la existencia de la poesía misma.

Leonore Kandel



Acabo de conocer que Erik Satie terminó con el corazón roto por amor a Suzanne Valadon, una mujer desaforadamente libre. Pintora. Aunque fue muchas otras cosas como modelo, modista y otras que no recuerdo. Pero, aunque esto nada tiene que ver -o sí- con la premisa inicial de la poeta neoyorquina, todo es poesía. Cuando me siento tan afligida que disfruto regodeándome en mi tristeza, suelo escuchar a Satię. Sus Gymnopédies me arrastran por el más delicioso fango. Y es un misterioso gozo comprender que todo está íntimamente imbricado.

Descubrir a Valadon mientras lees con interés artículos sobre Kandel y comprender que Satie, que ya estaba en ti mucho antes que ellas, atravesó un gran dolor por el amor a esa pintora a la que llegaste por sus cuadros de desnudos femeninos tan brillantes y sensuales y que, no sabes muy bien por qué, te ha llevado a releer a la poeta de "hardcore pornographx", ¿o fue al revés? Y pensar también en mi madre, caramba, que nació en 1934, mientras que Kandel nació en 1932 y parecía vivir un mundo tan distinto, tan ajeno, tan provocador, tan avanzado culturalmente, mientras que mamá ponía lavadoras y cocinaba para sus hijos y rezaba. Vaya si rezaba. En otro lugar del mundo escribían "No hay varias formas del amor / hermoso /pero te amo de todas las formas posibles, te amo / amo tu verga en mis manos, agitándose como un ave entre mis dedos..."

sábado, septiembre 13, 2025

Irás naciendo poco a poco

Tal vez la vida sea sólo eso. La lectura de aquel libro. Escribir un verso, probablemente mediocre. Subrayar frases hermosas con marcadores en color pastel. Asomarse a la ventana y contemplar, aún con sorpresa, el movimiento lento de las ramas. Percatarse del sonido de las hojas al rodar por el suelo. Elegir una serie televisiva para llenar vacíos. Empezar una y otra vez esa labor de ganchillo que, como una relación sentimental, se atasca siempre en el mismo punto. Y ahí se queda, de nuevo, parada. Hacer unos trazos en el bloc de dibujo. 

José Hierro visto por Esther Cabrales
Sentirse fugazmente satisfecha al comprobar cierto parecido con el poeta. 

Buscar alguno de sus poemas y estremecerse al leerlos, pues siempre brillan con cada nueva lectura. Prepararse un café. Acurrucarse en el sofá. Anotar una idea en la libreta. 

Ir naciendo poco a poco, día a día.

martes, diciembre 31, 2024

La felicidad no es nunca grandiosa.

Acaba el año y en este momento puedo afirmar que mi vida es anodina. Nada grave. Anodina en la vastedad de la existencia. No es ninguna locura admitirlo. Es anodina como lo son mis problemas si los comparamos con los agujeros negros, que no son problemas, sino desafíos del universo. Visto así, los problemas podrían ser desafíos también. Que me aspen si no lo son. 

De modo que acaba el año, ya con una edad nada despreciable y mucho más sola. Sí, claro. A medida que uno madura se va quedando solo. Es esa soledad interior. Sólo con uno mismo. Sólo ante la vida. Sólo en la soledad. Solísimo. Y qué. Sólo en los pensamientos. En los recuerdos. En la mismísima soledad. Pero sin miedo. Ya sin miedo. Sin ese temor a sentirse perdido. Lo maravilloso es perderse. No saber quién se es, ni a dónde se va. Lo maravilloso es no saber nada, verse sorprendido por la felicidad. La pequeña felicidad. La tímida. La insignificante.


miércoles, noviembre 06, 2024

Un miedo dulce.

Sigo creyendo que el mundo es hermoso, aún cuando todo es adverso. Porque tengo la vana convicción de que aún hay algo que podamos hacer, tarde o temprano. El día que sepamos que estamos solos. El día que lo hayamos perdido todo. Sigo creyendo en la belleza. Esta espera. Busco el amor. En todos los recodos de la vida. Miro a través de las gafas del optimismo. Hay un brillo y un lodazal. Hay miedo. Un miedo dulce. Yo me entrego a la vida. Es una vieja vestida de luto dando palazos a la ropa tendida oreándose. También una niña, ovillada que llora. A veces, sólo cucarachas. Sigo creyendo en la vida. Me refugio en los lapiceros. La calle suspira. Escribo algo así como un poemario. Un puñado de poemas. Y dibujo. 

Marguerite Duras visto por Esther Cabrales



Duras siempre me ha intrigado. Diría más, siempre me ha fascinado. Ayer hablé con él. Después, rompí a llorar. Fue tan hermoso. Nunca le he escrito una carta. Hace años que no escribo cartas. El amor está ahí, aunque no lo percibamos a primera vista. Está en las palabras. Y resuenan en la memoria. Si quemas una carta de amor, la carta desaparece, no así el amor. Él permanece. Por eso, sigo creyendo que el mundo es hermoso.


domingo, octubre 06, 2024

Dibujar

 


¿Os
he contado alguna vez que dibujar, ese momento que tiene algo de ritual, de magia, hace que pueda desaparecer de la escena? Es tal la abstracción, el ensimismamiento, que olvido, por ejemplo, que tengo hambre o sueño. Por olvidar, olvido que me duele el cuello al forzarlo en el ejercicio artístico. Olvido que soy yo, Esther. Olvido que la vida no se ha detenido y, cuando levanto la cabeza, ha caído la noche. Olvido que mi madre ha muerto, lo cual es bastante tranquilizador.


De modo que, dibujar, podríamos decir, funciona como bálsamo, como ungüento, como aceite de unción, "te unjo con óleo" y no sentirás dolor, olvidarás, por un momento, lo triste, no sentirás el peso de la vida. Así que, dibujo. Dibujo como una niña, como una loca, como si la vida me fuera en ello.

martes, junio 04, 2019

Afuera


Tuve que tomar distancia con el mundo, porque así lo pedía la vida, para sobrevivir, aunque pueda parecer exagerado, - me refiero a un vivir tranquila, en paz-. Me retiré a escribir mi primer libro, Erosión. Ah, sí, claro, me retiré a mi habitación, como defendería Woolf. Un ejercicio que me proporcionó cierto sosiego y me permitió, ahora lo sé, apartarme del mundo durante meses, acercarme más a mí misma, a mi esencia. Yo no sabía que estaba escribiendo ese libro. Aún no era consciente, simplemente lo hacía. Y el final de aquel libro, llegó más pronto de lo que hubiera deseado. Tan breve era. No tuve más remedio que continuar escribiendo, si es que quería seguir mi camino hacia el sosiego, con el comienzo de otro libro: Cuerpos.


Este libro me llenó de una fuerza inusitada, de cierta extraña alegría. Hoy me siento, de algún modo, tranquila, cuando pienso en él. Si reparó o no, algo, en mi existencia, lo ignoro. Quiero creer que sí. Aunque fue una experiencia difícil, hoy es una realidad. Es una realidad, digo, que esos libros sean la materialización de mi estar afuera pero dentro.


Y mi pretensión de estar fuera del mundo, aún no acaba, pues necesito estar más afuera si cabe, más lejos; sólo así puedo ser yo. De modo que volveré a escribir con el mismo ímpetu, con la misma convicción que tuve en aquel momento. Y espero, sólo espero, no defraudarme.

domingo, septiembre 24, 2017

"La muerte era tierra incógnita. No había mapas para adentrarse en ella. Comprendí que mi obligación era romper el sortilegio y entrar, aunque fuera a ciegas."


Joan Didion




DICEN que nos cuesta hablar de la muerte. En realidad, lo que he leído es que es a los americanos a los que les cuesta hablar de la muerte. Menos mal, yo no lo soy. Pero pregunto, ¿hablar de la muerte o hablar de los muertos? Porque hablar de la muerte es como hablar de los extraterrestres. Hablar de lo que no se conoce. De lo que no se ha vivido. De lo que no se ha experimentado mas que como simple espectador. Sin embargo, sí podemos hablar de los muertos. ¿Quién no tiene un muerto? ¿Es de los muertos de lo que nos cuesta hablar? A mí me cuesta hablar de ellos. Me cuesta porque me duele. No hablo de los muertos pero siempre están presentes en mi poesía. Mi padre siempre está presente en lo que escribo. Esa herida que no se termina de cerrar aparece una y otra vez en todo lo que hago. Y leemos a decenas de autores que hablan de los muertos. Escriben sobre ellos. Sobre sus vidas, sobre sus muertes. Escribir es ponerse una venda, una loción sanadora, es el último punto de sutura. Escribir sobre los muertos es el único modo que tenemos de decirles que los queremos. De mantenerlos vivos en nuestra memoria. De pedirles perdón. De acompañarles. De acompañarnos. De alargar todo lo posible la despedida para que nunca se terminen de marchar. 

Cuesta hablar de la muerte porque no sabemos nada de ella, salvo el dolor de haber vivido la pérdida. Cuesta hablar de lo que sentimos cuando no sentimos nada más que dolor. Cuesta hablar cuando la palabra es un grito. Un alarido. 

jueves, septiembre 27, 2012

Esto es lo que sé hacer y esto es lo que hago.


Querida amiga:

De todos los acontecimientos, el de nacer, es el más hermoso. \ Entre vivir y morir, la certidumbre de la lejanía.\ Saber que lo lejano está aún más lejos.\ Conformarse con cerrar los ojos y respirar. \Esperar.\ Cortar unas cuartillas para ratificar la existencia.\ Ignorar el destino que elegirá el azar para este pequeño animal callado que respira hondo.\  Elevar a grado máximo lo errátil para rectificar con un beso.\ Con un beso.

viernes, abril 20, 2012

Ejercicios de identidad.

Aquella noche
los libros, despertaron
para siempre.




Querida amiga:

Nunca te he confesado el modo en el que hablábamos de Hemingway y la Dietrich. El parecido de él con el señor X es asombroso. Y su pequeña kraut. Aquella pasión nos emocionaba. Del mismo modo conversábamos de Klaus y Lucas. Hablábamos como si fuéramos ellos. Y también, como ellos, practicábamos ejercicios de endurecimiento. Qué bien hicimos. Como si siempre hubiéramos sabido –desde el principio- cuál sería el final. Todo el mundo –incluso tú, querida amiga- debería ponerlos en práctica para, llegado el momento, no sentir dolor. Golpearse regularmente con la intención de no sufrir con los embates venideros. Ser más fuertes para resistir. Desde entonces admiro a Agota como se admira a una maestra. Leo sus frases cortas. Intento memorizarlas. Embriagarme de ella.


Pero,

al final,

siempre

aparezco yo.

viernes, marzo 23, 2012

Querida mía...

Comienzo a sentir deseos incontenibles de escribir una carta. De querer decir Querida señora, Querido señor, querida mía, querido mío, Suya, Tuya. Dejar de añorar a John Coltrane y la dulce marea que acarrea su música. El mismo deseo que el de escribir pequeños relatos como quien juega una transoceánica partida de ajedrez. Ahora yo, ahora tú. Mientras tanto, digamos que dibujo muñecas. Entre relato y relato llantos, risas, odios, gorriones.

Me preocupa que la no realización de este poderoso deseo termine acumulando ciénagas en mi pecho. Sintiendo estos temores, recuerdo a Chloé y las flores que arraigaron en sus pulmones. Siempre me soñé ella. Indefiniblemente ella ¿Tendría alguna semilla a punto de germinar? ¿la tendré yo? ¿serán suficientes mis lágrimas? ¿necesarias?

No debe suceder. Te escribiré, querida extranjera. Aún no sé si me comprendes. No empleamos el mismo lenguaje. Pero yo te escribo. Lleno los vacíos que quedan huérfanos entre mis frases. Y al hacerlo vuelve aquella música que me embriaga, y vuelve el cuchillo a hundirse entre el corazón y el olvido. Y me sueño Chloé, y de nuevo, retorno al temor de los jardines y sus gorriones.

jueves, julio 09, 2009

Querida amiga:

Creo que esa falta de retoricismo puede verse suplida por el peso del nombre otorrinolaringólogo, aunque te confesaré que es una palabra que odio, la odio con toda mi alma, la mataría. Es de esas palabras que preferiría no recordar... porque me hace daño. Mucho daño.

Hace calor. Hay espejos en el asfalto y el horizonte es un sueño que vivo despierta. Casi se pega mi sombra al alquitrán. De vez en cuando miro y sigue tras de mí. Gracias a dios-en-minúscula llego a mi templo favorito. Busco a Ingeborg Bachmann. Unos libros tapan a otros. Todos están muertos. No la encuentro y mi idea primigenia va quedando atrás, entretenida en algún lugar de la piel. Está Rilke y está Brines y está Margarit y está ... tampoco está Rosa Chacel con su cara de abuelita buena. Tendría que dirigirme a uno de esos hombres verdes y pedirles cortesmente que movieran aquellas estanterías. En cuclillas recuerdo que en algún momento deseé leer a Luis García Montero porque habla de lavadoras y de tiendas de muebles. Cojo el libro. Es suave. Me gusta el olor que desprenden las páginas al pasarlas. Me gusta el viento que agita mi interés. Hace que mi pelo se mueva. Casi por inercia dejo de buscar y me quedo con él. Suspiro.

Ahora me mira desde la mesa. Mi yo se esconde de nuevo entre ropa pop.Tendrá que esperar mientras despierto lentamente. Es tan dulce despertar... Ojalá pudiera cerrar los ojos y despertar mil veces.

Cierro los ojos muy fuerte y espero.
Y espero. Deja, por favor, toda esa tierra en tu oído. Es para mí ¿recuerdas? para mí. Y en ella me recluiré.

Y espero.

viernes, noviembre 14, 2008

Dicen que vieron al amor, vestido de paisano,

con un macuto a la espalda,

silbando.

 

Por lo que se ve,

se marcha

a tierras extrañas,

pues quiere ver mundo.

 

Si miras lejos,

más lejos,

verás un punto

disolviéndose en el cielo.

 

Pues ese punto

es él.
 

¿o es una mosca?


viernes, septiembre 12, 2008

Hoy me asaltó el recuerdo de Merceditas, la niña coja, ¿te acuerdas de ella? caminaba arrastrando con disimulo el pie derecho, como un ángel caído. Daba la impresión de que se acababa de torcer el pie. Pero no, Merceditas nació sin poder hacer el juego del tobillo. Su piernita crecía rígida. Siempre tardaba más. Tardaba más para llegar al cole. Tardaba más para salir al patio. Tardaba más para encontrar nuestro escondite en el que nos quedábamos horas, hasta que se nos olvidaba que nos estaban buscando. Merceditas no jugaba al truque. No podía adoptar la figura del flamenco dormido. Se limitaba a mirarnos con su bocadillo de mortadela en la mano, al que daba pequeños mordiscos. No sé si alguna vez hablaste con ella. Yo si. Cuando nadie me veía solía contestar sus preguntas. Tenía un aire intelectual Merceditas. Me hablaba de La cripta embrujada y yo le preguntaba si era una historia de Enid Blyton. Sonreía magnánimamente, como excusando y me explicaba lo divertido que era aquel libro. ¿Te apetece venir a mi casa y lo leemos juntas? Pero yo no tenía tiempo para Merceditas.

Siempre la veía alejarse tranquilamente, dándose oportunidades. Tuvo la suerte de aprender que no vale de nada la prisa, excepto para caer. La vida se nos viene sola, a su ritmo, al compás de un cojeo. Desde atrás se la veía arrastrar el pie con disimulo. Me pregunto cuántos libros irá por delante de mí.


miércoles, septiembre 03, 2008

Entre estar triste y depresiva. Con ganas de viajar al último confín pero sin moverme del sitio. Entre querer descubrir el mundo pero sin dejar de levantar la vista. Entre querer percibirlo todo pero sin llegar a abrir los ojos. Entre querer ser todas pero ni siquiera ser yo. Cansada de las verdades indelebles, cuando parece que sólo el amor puede arreglar el mundo. Un mundo amenazado por la noche polar. Espera, un segundo. Stop. Parece que ha quedado ceniciento. Si ha quedado gris, será que lo es. Cansada. Muy cansada.

Morir es un arte

Comienza el verano y me he hecho con unos cuantos libros más del maestro del terror: Stephen King . He comenzado por un libro de relatos tit...