Creo o no creo en el mundo. Creo o no creo en las personas. Lo cierto es que sí creo la mayoría del tiempo, porque quiero creer, porque me lo impongo como tarea constructiva del alma, pero ese mínimo no creer, tan residual, me pesa como si fuera un mundo. Digamos que la mayoría del tiempo creo; creo en el amor, creo en el corazón, creo en la honestidad, en la humildad, en la buena voluntad, creo en la vida y en los buenos actos. Y, alguna vez, cuando ha sucedido algo inesperado, triste y feo, mi optimismo se viene abajo como un castillo de naipes a velocidad de vértigo; esa minucia me destruye dejándome a merced de la desesperanza y, entonces, no creo en nada. No creo en las personas que me han decepcionado. Por no creer, no creo ni en mí misma. ¿No es esto un síntoma claro de vejez? Porque, no nos engañemos, hemos dejado de ser esos jóvenes apasionados, ajenos a los problemas del mundo, únicamente preocupados por ellos mismos y por sus sueños.
Soñar, ¿dónde ha quedado soñar? ¿tú aún sueñas? Yo ya no sueño. No la mayoría del tiempo. Sólo cosas simples: recordar los rostros de mis padres, rememorar momentos de mi infancia o que mis hijos son felices. En esos momentos de no creer, dibujo. Y ese pequeño acto de fe me devuelve la sonrisa.
Como casi siempre, en definitiva, no he dicho nada.