viernes, mayo 20, 2016

Amor controlado

A Javier Puche.

Se ha comprado el último modelo de impresora. Es una máquina bellísima. Láser. Multifunción. Silenciosa. Bordes redondeados simulando dunas. Al atardecer, se sienta en su mesa y escribe. Una frase basta como pretexto para ponerla en funcionamiento. Teclea “estoy aquí” e imprime. Aquel aparato, emite un bip y suspira, mientras escupe dulcemente el papel.  Haciéndose el distraído, se percata patéticamente del mensaje impreso con un “oh”. Y lee “estoy aquí”. La emoción lo embarga. Y vuelve a teclear “te echaba tanto de menos, amor”. Da la orden de impresión y, de nuevo, suena el bip; sólo después, el lánguido suspiro. “Oh", repite con falsa sorpresa. Cuando está satisfecho de tantas absurdas dulzuras, la apaga y ésta deja de titilar. Mientras espera la llegada del sueño, fantasea con las frases que, al día siguiente, recibirá.
Lástima que lo encontraran muerto sobre su mesa. Yacía junto a la impresora, que con luz de alarma y sonido estridente, reclamaba tinta sin descanso. En la mano, guardaba con fuerza, un pequeño estuche de tóner vacío.

Truman Capote

Salvo miles de libros, no nos habíamos llevado nada.

Escribe Thomas Bernhard en Un niño que “cuando habla un hombre sencillo, es una bendición” y, además de ser una idea cierta, es tanto más ...