No dejo de pensar en lo difícil que me resulta aceptar el mundo tal y como lo veo a mi alrededor. Digamos que como el viajero que lleva años pillando el mismo tren, a la misma hora, con el mismo trayecto y, un día, le engulle otra máquina estéticamente diferente a la habitual y, a pesar de saber que lo recogió en la misma vía o que el luminoso anunciaba su ruta, durante todo el itinerario se estará preguntando con desconfianza si será ése su tren o, si por el contrario, se ha subido a un destino erróneo. Eso me pasa con la vida en general. A saber qué máquina me conduce y por qué caminos. Mientras tanto, no dejo de asombrarme y me refugio en las lecturas, porque así no pienso tanto en mí, ni en mis circunstancias. No me fijo tampoco en el otro. Para qué. Entiendo y acepto que la vida cambia, los modos, las costumbres. Pero es todo tan rápido. Volvamos a ese tren del comienzo. Podríamos contar con los dedos de una mano las personas que, simplemente, no llevan su mirada fija en una pantalla. Recuerdo que, cuando era joven -que ya usaba ese medio de transporte para ir a trabajar-, lo normal era ver a la gente leyendo el periódico, un libro, una revista. Lo comprábamos, antes de subir al tren, a primera hora de la mañana. Y nos acompañaba durante todo el día. Yo lo comenzaba siempre desde las últimas páginas.
Ahora no se leen noticias. No se leen libros. Algunas personas leen muchos libros, pero no muchas personas leen libros. Estamos idiotizados en muchos aspectos. No digo con esto que leer te haga menos idiota, pero al menos te ofrece la posibilidad de pensar de otros modos, de reflexionar, de ir más allá de ti mismo. Hace que te hables también desde dentro, que trates de comprender, todo lo bueno, todo lo malo, ser lo bueno, ser lo malo. Sentir que eres también lo malo, lo pérfido, lo execrable. Y lo bello, lo noble, lo excelso. Echo de menos cosas. Echo de menos conversaciones, compromisos, verdades. Echo de menos la amistad. Tal vez por eso leer es de mis momentos preferidos. Creo que reúne todo aquello que anhelo. Aunque siempre preferiré la piel y los ojos, la sonrisa y la voz. Por cierto, ahora, Úrsula K. Le Guin es mi mejor compañía.