Esther Cabrales (Madrid, 1973). Ha cursado estudios de Derecho y Filología Hispánica que jamás concluyó, porque, finalmente, el trabajo se impuso. Ha publicado Erosión (Renacimiento, 2017), Cuerpos (Renacimiento, 2019), Animal (Torremozas, 2021), Lengua muerta (Páramo, 2021), Mondo (Bajamar, 2024). Poemas suyos han sido incluidos en antologías nacionales, como son Rojo Dolor (Renacimiento, 2021), Distopía en femenino (Elenvés, 2023).
domingo, junio 12, 2016
viernes, mayo 20, 2011
La barquita
martes, enero 26, 2010
Negro sobre negro.
lunes, diciembre 21, 2009
Aquella música.

Así que le arrastré hasta el corazón del bosque, y allí, cavé profundo, dejándole ovillado junto a su violín, bajo la tierra mojada, entre corcheas lamiéndole la cara.
Cuando matas, el frío no existe. Deseaba glorificar mi crimen con un baño en el lago, completamente desnudo, ofrendando mi blanda carne a la luna, pero los lobos, convocados por el aroma, han seguido mi rastro, lamiendo vorazmente la nieve roja.
lunes, noviembre 16, 2009
El inmortal.
martes, septiembre 29, 2009
Le Pont Neuf.
Nadie diría que ha pasado la noche en vela, haciendo tintinear los hielos de un vaso infinito.
Nadie diría que acaba de matar una botella de ron hasta su total devastación y ha vomitado bilis.
Sale por la puerta de casa y tras las mirillas, las vecinas la observan en un malicioso silencio. Todas prohíben a sus maridos siquiera mirarla, pero, por ella, los muy cretinos, se tumbarían como alfombras rojas, para que ella pisara sobre sus cuerpos blandos y dóciles y les clavara dulcemente los tacones de aguja. Por eso, ella baja los escalones contoneando sus caderas como una marea mortífera, y sus vecinas se escandalizan sin saber que, en cierto modo, también ellas la aman.
Así es como se aleja de su inmundo vecindario hasta llegar a Le Pont Neuf. Una vez allí adopta su postura habitual de hiena y espera a que algún necio la aborde.
Nadie diría que aquella mujer es incapaz de amar.
Nadie diría que, como todas las mañanas, se dirige a su lecho de muerte.
Nadie diría que abrazará una vez más la lluvia mansa bajo las sábanas.
Para la ocasión, volverá a darse por muerta en aquel oscuro reino.
sábado, febrero 14, 2009
El día más feliz de su vida.
Se anuda la corbata.
Revisa sus gemelos y aún le queda un minuto para estremecerse.
¿Si? / ¿Edmundo? / Sí, diga. / Soy Graciela... / Graciela... claro, vaya... no podrá ser ahora. Justo iba a salir. Me caso. / ¿Te casas? no me dijiste nada.../ Se me pasaría... te llamo yo ¿te parece? / Eso me dijjiste, aún sigo esperando... ¿no lo pasaste bien, Edmundo? / Si, lo pasé bien... tengo que irme... Lo siento... te llamaré, descuida. ... / Está bien. Sé feliz. Apunta “Hospital Centro”. Maternidad. Es bellísima.
martes, diciembre 23, 2008
IV Certámen Relato mínimo Diomedea
LUCES DE NEÓN
Llueve. Los vehículos, con sus ráfagas, me impiden ver con claridad. A través del espejo retrovisor veo sus ojos suplicantes. Gritan enmudecidos. Tengo a la chica y el dinero. Ahora no es el momento, pero lo cierto es que, abriría la puerta y la dejaría huir. Con sus medias rotas. Tal vez podríamos hablar, tomarnos unas copas. Pero los negocios son así.
A esos cabrones les da igual la chica. No tienen hijos. No saben lo que es el dolor. Ella solo es una pieza que sobra en este rompecabezas. Jugarán con ella y después le meterán una bala entre sus preciosos ojos.
Diluvia. Deben estar dentro. Esperándome. Las luces de neón brillan duplicadas en el asfalto. Bien. Esto es lo que haré. Saldré del coche. Cogeré el dinero y después, la chica. La entregaré, tal y como acordamos. Ellos me darán mi parte y yo no volveré a pensar en ella jamás. Se acabó. Qué más da lo que hagan con su piel.
Cojo la bolsa con el dinero. Está húmeda. Bajo la ventanilla y la arrojo al suelo mojado. Meto primera y acelero. Segunda. Tercera. Los ojos de la chica me siguen mirando. Ya no hay vuelta atrás.
Esther Rodríguez Cabrales
miércoles, diciembre 17, 2008
Esther en el espejo
Ver en esos ojos mi propia mirada. Ésa que anda perdida como un fantasma condenado a ver lo que nadie puede ver. Lo que nadie se atreve a ver, arrastrando unas pesadas cadenas amarradas a la cruz de mi frente.
Pertenecer a esa sonrisa que se come una fresa, amarga de tentaciones, mientras me observa con la indiferencia de una canción gastada. A esas manos que peinan el cabello con cien golpes de cepillo mientras bisbisea nanas recónditas que nadie escucha. A esos dedos que recorren de arriba a abajo un rosario de secretos.
Saber que ella duerme a mi lado, como mi hermana gemela. Que me sueña suave y tranquila. Que me mece y me vela. Que me cuenta al oído nuestra vida y me dice que esta locura que nos ata es sólo nuestra.
Y me gustaría –de verdad me gustaría- creer que esa mujer que me mira soy yo misma.
martes, noviembre 11, 2008
La ventana
Ya era la hora. Recogí la cazadora vaquera del respaldo de la silla, me la puse y me marché arrastrando los pies. Me cegaba el gris del cielo. Todo parecía igual. La calle con los mendigos tan bien situados, con sus harapos y las manos sucias, y esas pastelerías de petit croissant justo al lado de ellos, con gente guapa que sale y que entra, que mira y sonríe y se besa. El bullicio y el tráfico moviéndose de aquí para allá. Llegaría tarde a la visita. Era evidente. El semáforo no terminaba de cambiar a verde. Después el cíclope metropolitano atestado de pequeños hombres y mujeres, igualitos unos a otros, con esos dichosos móviles sonando a bachata. Todos quieren entrar. Todos quieren salir. Todos hablan a un tiempo. Ese mismo tiempo que no para.
A la salida, el hospital se alzaba ante mi como una gran montaña blanca. Pasillos, doctores, batas verdes y ese olor nauseabundo a comida caliente y anestésicos. En la habitación, sólo la paz y ella. El dolor se pasea de puntillas, casi sin decir que está. Le di un beso en la cara. Pensé que era más pequeña que antes. Miré sus dedos blandos, sin uñas. Su cabeza sin pelo. Se me llenaron los ojos de llanto. Dejé el bolso sobre la escuálida silla y me quité la cazadora. Quedaba poco tiempo para todo. Ese tiempo que no para. Al fondo, había una ventana. Otra ventana. Me acerqué hasta allí y volví a mirar a través de ella, buscando no sé qué, sin saber, que la boca de ogro estaba allí, a mi lado, con su aliento acariciándome el cuello.
Creo o no creo.
Creo o no creo en el mundo. Creo o no creo en las personas. Lo cierto es que sí creo la mayoría del tiempo, porque quiero creer, porque me l...
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Creo o no creo en el mundo. Creo o no creo en las personas. Lo cierto es que sí creo la mayoría del tiempo, porque quiero creer, porque me l...
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T odo empezó mañana , cuando la niña rica se pregunta, mientras contempla sus dedos de porcelana qué hubiera sido de ella de haber nacido al...
