Mostrando entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas

viernes, mayo 20, 2011

La barquita

Bajo una gran tormenta de reproches y vaivenes la barquita naufragó, llevando un bebé en brazos hasta el salón, donde el gran dios del hogar leía el oráculo y bebía la cebada de la antigua mitología, ignorando su pesada sombra y el agua que aún brotaba de sus amoratados ventanucos.

martes, enero 26, 2010

Negro sobre negro.

Descubro que al otro lado de la frontera, las flores también son bellas. No son mías. No son de nadie. Son mías. Vestido de negro vulnero la noche. Me acerco a la valla poblada de minas. El miedo me arrebata el pulso. Miro a través de la alambrada siempre distante. Nadie recoge los restos del último rendido. Aprovecho el camino, ya profanado, y escapo para convertirme en un apátrida hasta la muerte.

lunes, diciembre 21, 2009

Aquella música.


Detestaba su música.

Así que le arrastré hasta el corazón del bosque, y allí, cavé profundo, dejándole ovillado junto a su violín, bajo la tierra mojada, entre corcheas lamiéndole la cara.

Cuando matas, el frío no existe. Deseaba glorificar mi crimen con un baño en el lago, completamente desnudo, ofrendando mi blanda carne a la luna, pero los lobos, convocados por el aroma, han seguido mi rastro, lamiendo vorazmente la nieve roja.
Me encuentran para saciar su hambre. Mi sangre es menos roja, pues se diluye y se orilla en la nieve, donde busca aquella música asesinada.
(La imagen pertenece a Domingo Hidalgo)

lunes, noviembre 16, 2009

El inmortal.

Persevera el inmortal y tras sus nueve millones quinientos setenta y siete mil novecientos treinta y un intentos, vuelve a arrojarse al vacío desde el balcón de su casa.

martes, septiembre 29, 2009

Le Pont Neuf.




Aquella morfología femenina de curvatura doliente se pone un vestido nuevo. Es azul noche, todo drapeado, ajustándose a cada giro de su vertiginosa piel. Las medias de cristal doran el color de sus piernas, avecinándola a lugares remotos como Tikal o Cancuén, en donde las mujeres lucen pieles tostadas al sol. Sus piernas se alargan casi con demencia por los tacones afilados. Frente al espejo, se atusa el cabello, disponiéndolo, con ayuda de unas horquillas negras, en un moño italiano. Pone rubor en sus mejillas y brillo en los labios. Se peina las pestañas y perfuma su nuca. Un tocado de redecilla cae sobre sus ojos ocultándole la mirada.

Nadie diría que ha pasado la noche en vela, haciendo tintinear los hielos de un vaso infinito.

Nadie diría que acaba de matar una botella de ron hasta su total devastación y ha vomitado bilis.

Sale por la puerta de casa y tras las mirillas, las vecinas la observan en un malicioso silencio. Todas prohíben a sus maridos siquiera mirarla, pero, por ella, los muy cretinos, se tumbarían como alfombras rojas, para que ella pisara sobre sus cuerpos blandos y dóciles y les clavara dulcemente los tacones de aguja. Por eso, ella baja los escalones contoneando sus caderas como una marea mortífera, y sus vecinas se escandalizan sin saber que, en cierto modo, también ellas la aman.

Así es como se aleja de su inmundo vecindario hasta llegar a Le Pont Neuf. Una vez allí adopta su postura habitual de hiena y espera a que algún necio la aborde.

Nadie diría que aquella mujer es incapaz de amar.

Nadie diría que, como todas las mañanas, se dirige a su lecho de muerte.

Nadie diría que abrazará una vez más la lluvia mansa bajo las sábanas.

Para la ocasión, volverá a darse por muerta en aquel oscuro reino.

sábado, febrero 14, 2009

El día más feliz de su vida.

Edmundo tiene claro lo que hacer con su vida.
Se anuda la corbata.
Revisa sus gemelos y aún le queda un minuto para estremecerse.

¿Si? / ¿Edmundo? / Sí, diga. / Soy Graciela... / Graciela... claro, vaya... no podrá ser ahora. Justo iba a salir. Me caso. / ¿Te casas? no me dijiste nada.../ Se me pasaría... te llamo yo ¿te parece? / Eso me dijjiste, aún sigo esperando... ¿no lo pasaste bien, Edmundo? / Si, lo pasé bien... tengo que irme... Lo siento... te llamaré, descuida. ... / Está bien. Sé feliz. Apunta “Hospital Centro”. Maternidad. Es bellísima.

martes, diciembre 23, 2008

IV Certámen Relato mínimo Diomedea

LUCES DE NEÓN

Llueve. Los vehículos, con sus ráfagas, me impiden ver con claridad. A través del espejo retrovisor veo sus ojos suplicantes. Gritan enmudecidos. Tengo a la chica y el dinero. Ahora no es el momento, pero lo cierto es que, abriría la puerta y la dejaría huir. Con sus medias rotas. Tal vez podríamos hablar, tomarnos unas copas. Pero los negocios son así.


A esos cabrones les da igual la chica. No tienen hijos. No saben lo que es el dolor. Ella solo es una pieza que sobra en este rompecabezas. Jugarán con ella y después le meterán una bala entre sus preciosos ojos.


Diluvia. Deben estar dentro. Esperándome. Las luces de neón brillan duplicadas en el asfalto. Bien. Esto es lo que haré. Saldré del coche. Cogeré el dinero y después, la chica. La entregaré, tal y como acordamos. Ellos me darán mi parte y yo no volveré a pensar en ella jamás. Se acabó. Qué más da lo que hagan con su piel.


Cojo la bolsa con el dinero. Está húmeda. Bajo la ventanilla y la arrojo al suelo mojado. Meto primera y acelero. Segunda. Tercera. Los ojos de la chica me siguen mirando. Ya no hay vuelta atrás.

Esther Rodríguez Cabrales

miércoles, diciembre 17, 2008

Esther en el espejo

Me gustaría -de verdad me gustaría- poder asomarme al océano de este espejo y reconocerme en él sin que me arrastrara la marea. Creer que esa mujer es la misma mujer que hay bajo mi piel. Que con tan sólo hurgar con el dedo índice pudiera surgir de dentro, brotando como una diosa mortal. Que arañando mi piel, rompiéndola como papel de seda, emergiera de ese pantano oscuro que crece en mi vientre, donde las flores son negras y se riegan con sangre y lágrimas.

Ver en esos ojos mi propia mirada. Ésa que anda perdida como un fantasma condenado a ver lo que nadie puede ver. Lo que nadie se atreve a ver, arrastrando unas pesadas cadenas amarradas a la cruz de mi frente.

Pertenecer a esa sonrisa que se come una fresa, amarga de tentaciones, mientras me observa con la indiferencia de una canción gastada. A esas manos que peinan el cabello con cien golpes de cepillo mientras bisbisea nanas recónditas que nadie escucha. A esos dedos que recorren de arriba a abajo un rosario de secretos.

Saber que ella duerme a mi lado, como mi hermana gemela. Que me sueña suave y tranquila. Que me mece y me vela. Que me cuenta al oído nuestra vida y me dice que esta locura que nos ata es sólo nuestra.

Y me gustaría –de verdad me gustaría- creer que esa mujer que me mira soy yo misma.


martes, noviembre 11, 2008

La ventana

Volví a mirar por la ventana. Aquella ventana triste que daba a un muro. Algo más arriba había otra ventana, pero no era como la mía. Ésta era oscura como la boca de un ogro. Nunca había visto a nadie asomado a ella. Tal vez por eso la observaba con tanto interés. La contemplé un instante más, con los papeles aún en la mano y la mirada perdida en la negra densidad. Me había dado cuenta de que se había convertido en una acción reflejo. Dejé los papeles sobre la repisa y di media vuelta hacia la mesa de trabajo, con ese sentimiento de derrota e incapacidad de comprensión que nacía siempre de aquel encuentro con la nada.

Ya era la hora. Recogí la cazadora vaquera del respaldo de la silla, me la puse y me marché arrastrando los pies. Me cegaba el gris del cielo. Todo parecía igual. La calle con los mendigos tan bien situados, con sus harapos y las manos sucias, y esas pastelerías de petit croissant justo al lado de ellos, con gente guapa que sale y que entra, que mira y sonríe y se besa. El bullicio y el tráfico moviéndose de aquí para allá. Llegaría tarde a la visita. Era evidente. El semáforo no terminaba de cambiar a verde. Después el cíclope metropolitano atestado de pequeños hombres y mujeres, igualitos unos a otros, con esos dichosos móviles sonando a bachata. Todos quieren entrar. Todos quieren salir. Todos hablan a un tiempo. Ese mismo tiempo que no para.

A la salida, el hospital se alzaba ante mi como una gran montaña blanca. Pasillos, doctores, batas verdes y ese olor nauseabundo a comida caliente y anestésicos. En la habitación, sólo la paz y ella. El dolor se pasea de puntillas, casi sin decir que está. Le di un beso en la cara. Pensé que era más pequeña que antes. Miré sus dedos blandos, sin uñas. Su cabeza sin pelo. Se me llenaron los ojos de llanto. Dejé el bolso sobre la escuálida silla y me quité la cazadora. Quedaba poco tiempo para todo. Ese tiempo que no para. Al fondo, había una ventana. Otra ventana. Me acerqué hasta allí y volví a mirar a través de ella, buscando no sé qué, sin saber, que la boca de ogro estaba allí, a mi lado, con su aliento acariciándome el cuello.

Creo o no creo.

Creo o no creo en el mundo. Creo o no creo en las personas. Lo cierto es que sí creo la mayoría del tiempo, porque quiero creer, porque me l...