lunes, mayo 25, 2026

Qué máquina me conduce y por qué caminos

No dejo de pensar en lo difícil que me resulta aceptar el mundo tal  y como  lo veo a mi alrededor. Digamos que como el viajero que lleva años pillando el mismo  tren, a la misma hora, con el mismo trayecto y, un día, le engulle otra máquina estéticamente diferente a la habitual y, a pesar de saber que lo recogió en la misma vía o que el luminoso anunciaba su ruta, durante todo el itinerario se estará preguntando con desconfianza si será ése su tren o, si por el contrario, se ha subido a un destino erróneo. Eso me pasa con la vida en general. A saber qué máquina me conduce y por qué caminos. Mientras tanto, no dejo de asombrarme y me refugio en las lecturas, porque así no pienso tanto en mí, ni en mis circunstancias. No me fijo tampoco en el otro. Para qué. Entiendo y acepto que la vida cambia, los modos, las costumbres. Pero es todo tan rápido. Volvamos a ese tren del comienzo. Podríamos contar con los dedos de una mano las personas que, simplemente, no llevan su mirada fija en una pantalla. Recuerdo que, cuando era joven -que ya usaba ese medio de transporte para ir a trabajar-, lo normal era ver a la gente leyendo el periódico, un libro, una revista. Lo comprábamos, antes de subir al tren, a primera hora de la mañana. Y nos acompañaba durante todo el día. Yo lo comenzaba siempre desde las últimas páginas. 

Ahora no se leen noticias. No se leen libros. Algunas personas leen muchos libros, pero no muchas personas leen libros. Estamos idiotizados en muchos aspectos. No digo con esto que leer te haga menos idiota, pero al menos te ofrece la posibilidad de pensar de otros modos, de reflexionar, de ir más allá de  ti mismo. Hace que te hables también desde dentro, que trates de comprender, todo lo bueno, todo lo malo, ser lo bueno, ser lo malo. Sentir que eres también lo malo, lo pérfido, lo execrable. Y lo bello, lo noble, lo excelso. Echo de menos cosas. Echo de menos conversaciones, compromisos, verdades. Echo de menos la amistad. Tal vez por eso leer es de mis momentos preferidos. Creo que reúne todo aquello que anhelo. Aunque siempre preferiré la piel y los ojos, la sonrisa y la voz. Por cierto, ahora, Úrsula K. Le Guin es mi mejor compañía.



jueves, febrero 19, 2026

Salvo miles de libros, no nos habíamos llevado nada.

Escribe Thomas Bernhard en Un niño que “cuando habla un hombre sencillo, es una bendición” y, además de ser una idea cierta, es tanto más hermosa, pues no hay nada más repelente que esa vanidad del que se sabe culto. 



Yo, que ya tengo una vida, una edad, que he conocido y he escuchado, siempre preferiré, la sencillez -que no la simpleza-, la elegancia o la prudencia. Desconfío del que mucho sabe,  y sobre todo, del que se empeña en aparentar saber mucho. Y es que he sido educada en un ambiente de respeto por lo que se dice y hemos preferido callar antes que errar. Mi madre, la persona más sabia que he conocido en la vida, me aconsejaba escuchar y sólo decir lo preciso cuando fuera necesario. Todo con el fin de no arrojar ideas confusas que pudieran entorpecer nuestro camino. Verbalizar todo lo que le pasa a uno por la cabeza es descabellado. Por el contrario, la contención es todo un arte. Quienquiera que piense que la sencillez en la vida es un signo de mediocridad o de incapacidad, no piensa en términos de belleza estética y es que la sencillez es simplemente extraordinaria y, ¿sabes?, me atrevería a decir que incluso revolucionaria



domingo, enero 25, 2026

Historias

 Todo lo que necesitamos son historias. Frente a la apatía, una gran aventura. Contra la tristeza, un buen relato lleno de amor. Y no hablo sólo de libros. También de historias verdaderas. Cuando nos sacude un terrible acontecimiento, lo único que nos quedan son las historias bellas que suceden en torno a él. Existe un binarismo básico en la vida. El bien y el mal coexisten en un mismo hecho. Es lo que nos mantiene con cierta cordura. No todo es el mal cuando el mal hace acto de presencia. También acontece el mismo bien. Es esa tensión constante lo que permite que aún creamos en nosotros mismos, que aún creamos en el amor. 

Porque creemos en el amor, ¿verdad? 

No sé tú, pero yo necesito historias. Cada día necesito comprobar que hay algo más más allá de mí. Y si, por un casual, no pasa nada más que  la vaguedad de la rutina, entonces, lo invento, lo escribo, lo dibujo. Y no permito a la soledad que entre más allá de mi piel.



Por cierto, he acabado un poemario.  Y no sólo habla de amor, ni de mí. 


Qué máquina me conduce y por qué caminos

No dejo de pensar en lo difícil que me resulta aceptar el mundo tal  y como  lo veo a mi alrededor. Digamos que como el viajero que lleva añ...