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jueves, junio 18, 2026

Morir es un arte

Comienza el verano y me he hecho con unos cuantos libros más del maestro del terror: Stephen King. He comenzado por un libro de relatos titulado Historias fantásticas que estoy disfrutando como una niña. Qué tipo este, el King. Además, su lectura está resultando una experiencia de lo más satisfactoria, porque he podido comprobar que no todo lo que leo lo olvido. Queda algo, un poso. Y por qué digo esto ahora. Sencillo. Leyendo uno de los capítulos de este libro, en concreto Para Owen que, en realidad, es un poema, King hace un guiño incluyendo en uno de sus versos, otro del poema Señora Lázaro, de Sylvia Plath. Yo estaba leyendo ese capítulo extraño, porque se trata de un poema frutal y encontré "morir es un arte" ahí escrito, delante de mis narices, e inmediatamente mis neuronas viajaron hasta ese recuerdo en mi memoria. Decía así el poema incluido en Ariel, de la poeta suicida: "Morir / es un arte / como todo. / Yo lo hago excepcionalmente bien." Y me he alegrado tanto por esta sencillez. Por comprender que no lo olvido todo. Sépase que leí Ariel hace ya bastantes años. Y ese verso, ahí, pululando en mí. Seguro que sé más cosas que no sé que sepo. Me cae muy bien King. Él mete ese verso ahí y hala. Quien se dé cuenta, mejor para él, pero qué lástima quien no llegue a ese momento de conexión con el autor. Parece que King deja una perla con un letrerito que dice: -para quien se de cuenta-. Esto me lleva a la conclusión de que, efectivamente, somos muchas cosas, pero entre ellas, somos lo que leemos, que no se lee en balde, que no cae en saco roto. Y, ahora, veré si bajo a la reunión de vecinos o no. Tal vez sólo coma sandía fresca.




lunes, mayo 25, 2026

Qué máquina me conduce y por qué caminos

No dejo de pensar en lo difícil que me resulta aceptar el mundo tal  y como  lo veo a mi alrededor. Digamos que como el viajero que lleva años pillando el mismo  tren, a la misma hora, con el mismo trayecto y, un día, le engulle otra máquina estéticamente diferente a la habitual y, a pesar de saber que lo recogió en la misma vía o que el luminoso anunciaba su ruta, durante todo el itinerario se estará preguntando con desconfianza si será ése su tren o, si por el contrario, se ha subido a un destino erróneo. Eso me pasa con la vida en general. A saber qué máquina me conduce y por qué caminos. Mientras tanto, no dejo de asombrarme y me refugio en las lecturas, porque así no pienso tanto en mí, ni en mis circunstancias. No me fijo tampoco en el otro. Para qué. Entiendo y acepto que la vida cambia, los modos, las costumbres. Pero es todo tan rápido. Volvamos a ese tren del comienzo. Podríamos contar con los dedos de una mano las personas que, simplemente, no llevan su mirada fija en una pantalla. Recuerdo que, cuando era joven -que ya usaba ese medio de transporte para ir a trabajar-, lo normal era ver a la gente leyendo el periódico, un libro, una revista. Lo comprábamos, antes de subir al tren, a primera hora de la mañana. Y nos acompañaba durante todo el día. Yo lo comenzaba siempre desde las últimas páginas. 

Ahora no se leen noticias. No se leen libros. Algunas personas leen muchos libros, pero no muchas personas leen libros. Estamos idiotizados en muchos aspectos. No digo con esto que leer te haga menos idiota, pero al menos te ofrece la posibilidad de pensar de otros modos, de reflexionar, de ir más allá de  ti mismo. Hace que te hables también desde dentro, que trates de comprender, todo lo bueno, todo lo malo, ser lo bueno, ser lo malo. Sentir que eres también lo malo, lo pérfido, lo execrable. Y lo bello, lo noble, lo excelso. Echo de menos cosas. Echo de menos conversaciones, compromisos, verdades. Echo de menos la amistad. Tal vez por eso leer es de mis momentos preferidos. Creo que reúne todo aquello que anhelo. Aunque siempre preferiré la piel y los ojos, la sonrisa y la voz. Por cierto, ahora, Úrsula K. Le Guin es mi mejor compañía.



jueves, febrero 19, 2026

Salvo miles de libros, no nos habíamos llevado nada.

Escribe Thomas Bernhard en Un niño que “cuando habla un hombre sencillo, es una bendición” y, además de ser una idea cierta, es tanto más hermosa, pues no hay nada más repelente que esa vanidad del que se sabe culto. 



Yo, que ya tengo una vida, una edad, que he conocido y he escuchado, siempre preferiré, la sencillez -que no la simpleza-, la elegancia o la prudencia. Desconfío del que mucho sabe,  y sobre todo, del que se empeña en aparentar saber mucho. Y es que he sido educada en un ambiente de respeto por lo que se dice y hemos preferido callar antes que errar. Mi madre, la persona más sabia que he conocido en la vida, me aconsejaba escuchar y sólo decir lo preciso cuando fuera necesario. Todo con el fin de no arrojar ideas confusas que pudieran entorpecer nuestro camino. Verbalizar todo lo que le pasa a uno por la cabeza es descabellado. Por el contrario, la contención es todo un arte. Quienquiera que piense que la sencillez en la vida es un signo de mediocridad o de incapacidad, no piensa en términos de belleza estética y es que la sencillez es simplemente extraordinaria y, ¿sabes?, me atrevería a decir que incluso revolucionaria



domingo, enero 25, 2026

Historias

 Todo lo que necesitamos son historias. Frente a la apatía, una gran aventura. Contra la tristeza, un buen relato lleno de amor. Y no hablo sólo de libros. También de historias verdaderas. Cuando nos sacude un terrible acontecimiento, lo único que nos quedan son las historias bellas que suceden en torno a él. Existe un binarismo básico en la vida. El bien y el mal coexisten en un mismo hecho. Es lo que nos mantiene con cierta cordura. No todo es el mal cuando el mal hace acto de presencia. También acontece el mismo bien. Es esa tensión constante lo que permite que aún creamos en nosotros mismos, que aún creamos en el amor. 

Porque creemos en el amor, ¿verdad? 

No sé tú, pero yo necesito historias. Cada día necesito comprobar que hay algo más más allá de mí. Y si, por un casual, no pasa nada más que  la vaguedad de la rutina, entonces, lo invento, lo escribo, lo dibujo. Y no permito a la soledad que entre más allá de mi piel.



Por cierto, he acabado un poemario.  Y no sólo habla de amor, ni de mí. 


jueves, octubre 16, 2025

Obrar una alquimia

Decir la verdad tal y como la ve [el poeta]. Decirla tan bellamente, tan sorprendentemente como pueda; encender con ella su propia capacidad de asombro; obrar una alquimia al interior del lenguaje—en eso residen la forma y la existencia de la poesía misma.

Leonore Kandel



Acabo de conocer que Erik Satie terminó con el corazón roto por amor a Suzanne Valadon, una mujer desaforadamente libre. Pintora. Aunque fue muchas otras cosas como modelo, modista y otras que no recuerdo. Pero, aunque esto nada tiene que ver -o sí- con la premisa inicial de la poeta neoyorquina, todo es poesía. Cuando me siento tan afligida que disfruto regodeándome en mi tristeza, suelo escuchar a Satię. Sus Gymnopédies me arrastran por el más delicioso fango. Y es un misterioso gozo comprender que todo está íntimamente imbricado.

Descubrir a Valadon mientras lees con interés artículos sobre Kandel y comprender que Satie, que ya estaba en ti mucho antes que ellas, atravesó un gran dolor por el amor a esa pintora a la que llegaste por sus cuadros de desnudos femeninos tan brillantes y sensuales y que, no sabes muy bien por qué, te ha llevado a releer a la poeta de "hardcore pornographx", ¿o fue al revés? Y pensar también en mi madre, caramba, que nació en 1934, mientras que Kandel nació en 1932 y parecía vivir un mundo tan distinto, tan ajeno, tan provocador, tan avanzado culturalmente, mientras que mamá ponía lavadoras y cocinaba para sus hijos y rezaba. Vaya si rezaba. En otro lugar del mundo escribían "No hay varias formas del amor / hermoso /pero te amo de todas las formas posibles, te amo / amo tu verga en mis manos, agitándose como un ave entre mis dedos..."

sábado, septiembre 13, 2025

Irás naciendo poco a poco

Tal vez la vida sea sólo eso. La lectura de aquel libro. Escribir un verso, probablemente mediocre. Subrayar frases hermosas con marcadores en color pastel. Asomarse a la ventana y contemplar, aún con sorpresa, el movimiento lento de las ramas. Percatarse del sonido de las hojas al rodar por el suelo. Elegir una serie televisiva para llenar vacíos. Empezar una y otra vez esa labor de ganchillo que, como una relación sentimental, se atasca siempre en el mismo punto. Y ahí se queda, de nuevo, parada. Hacer unos trazos en el bloc de dibujo. 

José Hierro visto por Esther Cabrales
Sentirse fugazmente satisfecha al comprobar cierto parecido con el poeta. 

Buscar alguno de sus poemas y estremecerse al leerlos, pues siempre brillan con cada nueva lectura. Prepararse un café. Acurrucarse en el sofá. Anotar una idea en la libreta. 

Ir naciendo poco a poco, día a día.

martes, julio 15, 2025

Bric-à-brac


Pesa
. El verano, digo. Me había reservado, con la ilusión de una niña, un par de libros de lectura. Saben de mi devoción por ciertos autores. Recordemos mi inclinación por Juan Bonilla, al que siento en el pupitre -algo que él celebraría- junto al gran Nabokov. De hecho, mi influencia por el ruso viene del gaditano y su enfermiza afición por las variopintas ediciones que de “Lolita” existen en el mundo. Y recordando no haber leído “Ada o el ardor”, lo adquirí para estos días estivales. 

Heme aquí con el libro. Seamos sinceros, Nabokov creó una máquina de tortura. “Ada o el ardor” es una broma pesada. El momento no podría ser menos oportuno para su lectura. Demasiado ruido alrededor. Todo es ruido. Y Nabokov disfruta torturando con su rico y profuso lenguaje. Ya, ya. Sé que la intención del magnífico autor era la de -cito textualmente- “expresar lo que siento y pienso con la más extrema veracidad y percepción”. No, si ya. 

Oh, Señor de los libros, dime que soy una lectora avezada, pero que con el ruido no logro engancharme a Van y Ada.

Dime que estoy distraída con tanto ruido.


Es verdad que, cada año que pasa,  la cultura se vuelve cada vez más hostil, en el sentido que expresa David F. Wallace: 

“la lectura requiere sentarse a solas en una habitación en silencio.” 



Y es cierto que quedan pocos lugares -salvo tu propia casa -y a veces, ni eso- en los que reine el silencio, la tranquilidad. Los lugares públicos, que siempre fueron el lugar idóneo para la lectura, convirtiendo el hecho de leer en algo tan evocador como esa imagen poética del viaje y la lectura, la sala de espera y la lectura, el jardín y la lectura, ahora no dejan de ser la antesala de un pabellón demencial donde todos hablan, todos gritan, todos encienden sus dispositivos móviles con el audio bien alto. Y yo lo intento. Vaya si lo intento. Volver a mi difícil lectura. A los millones de adjetivos y de circunloquios del ruso. Y pesa. El verano, digo.


martes, junio 10, 2025

Amar siempre

A veces me sucede que tengo tantas cosas que decir, que no sé bien por dónde empezar y, finalmente, no digo nada. Digo decir cuando quiero decir escribir. Escribir. Qué hermosura de verbo, tanto, que es el título de ese libro de Duras que, seguro, no has leído. Debes hacerlo. Bueno, ni tan así. Debes hacerlo si dentro de ti hay algo que te empuja a hacerlo. ¿Puedes seguir viviendo sin leerlo? Por supuesto que sí. Pero una vez leído, eres otra persona, eres otro escritor.

Han sucedido tantas cosas desde que no paso por aquí, han sido tantas las historias que me han obligado a detenerme a pensar. Escribir, ese proceso interior, ese salirse de uno mismo, ese -recordando a la autora- aullar en silencio. Y no siempre uno escribe lo que realmente quiere escribir, sino que escribe lo que se deja escribir, son las palabras las que te eligen y, eres tú quien, puede o no puede llevarlas a un buen fin, darles un buen uso, una fértil salida. Así uno empieza a escribir, reuniendo unas pocas pobres palabras, empujado por la fuerza del entusiasmo o de la compasión o de la alegría o de la tristeza o de la furia. Y nace, si es que algo nace, un poema, un texto, un resplandor. Así he podido, apenas, escribir mi último poemario. Tan fragmentariamente que parece haber pasado un siglo desde el primer verso. Y ahora que acabé, qué me depararán los días. Lecturas. Aunque, a decir verdad, la lectura siempre está, siempre ha estado, como un buen amigo, a mi lado. De hecho, cuando busco soledad, introspección, entre tanto desorden, encuentro consuelo en la lectura. Sólo así sé quién soy. De manera que, últimamente, mi mejor amigo es Stephen King. Llegué tarde a él, pero qué manera de llegar.



Amo a este tipo, su universo imaginario, su peculiar mirada azul. Amo sus libros y amo a sus personajes. Y me encanta que me haga sentir como una pueril escritora que nada más anhela en la vida que escribir. Amo amar. Y aquí aparecen como un ángel Rubén Darío y sus versos, “Amar, amar, amar, amar siempre”.

 

jueves, febrero 20, 2025

Adonde te lleve el cabo de un hilo.

Uno llega a Vladimir Maiakovski no por casualidad. No es fácil toparse con ese autor siguiendo la senda aterciopelada de la impasibilidad. Se ha de tener una mente algo curiosa y, cuando se encuentra, fortuitamente, el cabo de un hilo, tirar de él. Averiguar a dónde nos lleva. En mi caso se dieron varias coincidencias en el asunto ese de los cabos. Uno fue Juan Bonilla que, por aquel entonces, intercambiábamos cartas, en algunos casos de aliento; en otras, tan sólo anecdóticas sin importancia. Hubo otro, Gonzalo Escarpa. Ambos sujetos estaban maiakovskiados, hasta el punto de contagiar a quien tocaran, aunque fuera veladamente. Presumo de haberlos unido y de que, gracias a eso, Escarpa pudiera dejarnos este valioso documento para la posteridad que le agradeceremos siempre los empedernidos del gaditano.

Vladimir Maiakovski visto por Esther Cabrales
Leí Prohibido entrar sin pantalones porque sabía que Bonilla tenía todos los datos del suicida. Novela difícil y hermosa sobre la vida del poeta. Algunos dicen que punk, otros que gamberra. Fue ahí donde empecé a comprender el futurismo ruso y a hacer conexiones. Ni hablar, no pienso aburriros con eso, quien tenga interés, que tire del hilo. El caso es que, una vez descubres a ese poeta, jamás lo olvidas. También porque fue tocado por esa trágica decisión del suicidio, como tantos otros poetas a los que adoro. 

Pero, sobre todo, porque fue un tipo genuino y desesperado y desvergonzado y hermoso y amó y vivió y disfrutó y puto murió.

 

viernes, enero 31, 2025

¡Vive Dios!

 Siempre he acusado a mi poesía de falta de nobleza, en cuanto a que el lenguaje no tiene una naturaleza distinguida, sino más bien lo contrario, se vale de un lenguaje despojado, de versos desnudos, de poca ambición estética. Sin embargo, a pesar de mi opinión acerca de ella, continúo expresándome de esa manera, tratando de buscar una tensión interna en el poema que lo haga especial. Tarea nada fácil que, desde luego, tampoco consigo. Ahí mi empeño. De acuerdo con esas pretensiones, pienso y construyo el poema, a veces, de manera brillante y, otras, fracasadamente. No sé por qué reflexiono ahora sobre este asunto, quizás porque me he topado con Hijos de la ira, de Dámaso Alonso y me he sentido insignificante.

En un esfuerzo por aproximarme al maestro, le he dibujado durante “las horas secas, nítidas / inacabables, ay”.  Cuánto tengo por hacer. Me abruma la estela de mi blando pensamiento siempre acariciando las horas. Las atareadas, claro. Las ocupadas en el runrún de los quehaceres. Viene royendo que diría él. “Zumbando y royendo el cadáver de mi alma”. Por no hablar de toda la distracción que acucia, que embelesa y las palabras, sonoras, hermosas como barcos de vela. 
Acabé ese poemario. Vive Dios que lo acabé. Acabado está. Ahora, huérfana, me sumiré en la lectura del gran Nabokov.

viernes, enero 17, 2025

Hoy estoy pensando en árboles y en lo bonitos que son.

Pues ha muerto, digo yo. Claro, dice él. Todos nos morimos. Ya, pero no es lo mismo que muera yo a que muera él. Ambos dejamos un vacío, obvio, pero mientras yo dejo un tímido y discreto vacío, abocado al olvido, el genio deja una sima existencial, un dolor artístico, una brecha creativa. Y además suena Mazzy Star, así que todo se pone a mi favor. Ahora me toca volver a visionar todo su trabajo de nuevo. Mi humilde homenaje. Recuerdo lo mucho que me gustó The art life . Yo le entendía perfectamente, porque yo también me había sentido así alguna vez, sólo que él tuvo coraje; yo no. Quien cree en sí mismo, creará un universo. Y si es un buen o un mal lugar, eso ya lo dirá el tiempo. Es verdad que envidio a los genios, pero más aún a éste. Por su aura misteriosa, su inteligencia, su aspecto enigmático, su parsimonia, su elegancia. Estoy harta de tanta muerte. Qué significa mas que también yo voy a morir. 


Paul ValeryPaul Valery escribe sobre la muerte en El cementerio marino. La aceptación serena de la muerte. "La vida es vasta, embriagada de ausencia, / y la amargura es dulce, y el espíritu claro." Y lo dibujo, para tenerlo más presente: "Quien huye de la muerte huye de la vida, pues la muerte es la vida misma."


"la mer, la mer toujours recommencée".

miércoles, diciembre 11, 2024

Valga el eufemismo.

De todos los personajes de la literatura que han pasado por mis manos, o por mi escrutadora mirada, tengo dos preferidos con los que sueño o he soñado encarnarlos a la perfección. Uno de ellos es Catherine Earnshaw. Ese maravilloso y ardiente personaje de la novela inglesa Cumbres borrascosas que, con diferencia, es uno de los libros más apasionantes que he leído. 

Y no es que yo sea como ese personaje que, por cierto, entre nosotros, estaba un poco majareta, pero creo que su entusiasmo y su vehemencia siempre me han conquistado el alma y la he emulado sin saber que lo hacía. Oh, cómo sufre Catty. Qué bella es en su pesadumbre. Y todas esas montañas al fondo. Esos tentadores acantilados. Y el hermoso y hosco huérfano Heathcliff. Cuánto la ama. En fin. Maravilloso sentimiento de amor contra todo y contra todos. Lo extraordinario de la literatura se concentra en esta novela.


El otro personaje, mucho más dulce y tierno y más afín a mí, es Josephine March. Jo, para los lectores y amigos. Ahí sí que me identifico poderosamente. Saben a quién me refiero, ¿no? Sí, hombre. La dulce y emotiva novela de Louisa May Alcott. Si no la has leído, habrás visto alguna de las muchas versiones cinematográficas que existen de Mujercitas, recuerdas, ¿verdad? ¿Ya sabes quién es Jo?  Pues siempre fui un poco así. Algo andrógina, apasionada, vehemente, soñadora, escritora, juguetona, aventurera, poeta. ¡Ay! Poeta.

Todo esto lo cuento porque me hallo inmersa en la relectura de Mujercitas. Lo leí siendo una niña y vuelvo a este libro ya siendo una mujer madura, valga el eufemismo. 

Cuánto disfruto con esta lectura. Cómo me gustaría escribir una novela así. Tengo doscientos mil arranques a posibles novelas que jamás pongo en práctica, ¿será que sólo sé escribir poesía si es que acaso la escribo? No es falsa modestia, si alguno lo creyera así. 

En verdad creo que mis libros son el resultado de varias circunstancias fortuitas, entre ellas, desde luego la suerte, pero también la perseverancia y la tenacidad, y nunca porque sea una gran poeta. Podríamos incluso omitir el adjetivo y no mentiría en absoluto.

A los hechos me remito.


jueves, octubre 24, 2024

Dentro de mí una voz dice: no

Sigo dibujando porque, dibujar es, sin lugar a duda, el momento en el que más paz puedo recibir. Cierto es que nunca alcanzaré a ser excelente en este arte, por diversos motivos, como que mi aprendizaje autodidacta, es lento como una tortuga; o porque no le puedo dedicar el tiempo que me gustaría. Siempre hay en el quehacer diario cosas mucho más prioritarias que el dibujo, un calcetín viudo, un desorden llamándote. Pero creo que puedo afirmar que en mis trabajos hay (h)armonía. Ya es bastante si recordamos que, en términos estéticos, todo lo que es harmónico es bello, y todo lo que es bello puede decirse que es perfecto, propiedades que os recuerdo son divinas. No está tan mal, entonces. Bromeo, claro. Lo que sí está claro es que, en el arte de andar por casa, también encontramos su lado de belleza, a pesar de los errores. Y es que nada es absolutamente feo. A eso me agarro como a un clavo ardiendo, pero dentro de mí una voz dice: no.

Anne Carson
Anne Carson vista por Esther Cabrales


La poesía de Anne Carson es aún para mí algo desconocida, salvo por algunos poemas que he leído aquí y allá. Algún intento de traducción y poco más. Sin embargo, es una poeta que me llama poderosamente la atención y dibujarla me acerca a ella. Pero son tantos los libros que tengo que comprar, que siempre la dejo para más tarde y, en su lugar, llegan otros autores, también codiciados. No se puede tener todo. Sin ir más lejos, hoy descubrí una nueva poeta de la que me he prendado. Su nombre es Martha Kornblith. Cómo llegué a ella, es lo de menos. Uno llega o no llega transitando caminos. A veces, uno ha de perderse para encontrar la salida. Por el camino, uno encuentra o no encuentra, según la mirada que posea en ese momento de pérdida. Todo está por decidir a cada momento. 

Ella era poeta y, como tal, poetizaba tan bellamente, tan profundamente sobre las cosas más peregrinas que un dentista, no era un dentista, sino que era el amor mismo. Aún así, ella escribía “nunca más seré poeta / nunca más seré poeta). Y se mató.


miércoles, octubre 16, 2024

Difácil

Michael EndeMe gustaría saber si, en este tinglado de la vida, todo es tan difícil como parece o si, por el contrario, todo es tan fácil como parece. ¿Somos quienes queremos y creemos ser, o somos quienes nos impelen a ser? Y no queda ahí la cosa, así es mi curiosidad; ¿sabemos lo que creemos saber o sólo sabemos lo que nos permiten saber? ¡Ah, querida! Hablas como si vivieras inmersa en el argumento de una novela de Ende.


Curiosamente -hago un inciso- escribí por puro fisgoneo en el buscador de Google esta frase “sólo sabemos lo que nos permiten saber” y el primer resultado que me devuelve es un artículo publicado en la web de ediciones Ende que trata sobre los principales tipos de narradores. En general, esa frase “sólo sabemos lo que nos permiten saber” da como resultado, en gran medida, a páginas que hablan de los tipos de narradores en la literatura, ¿no es esto muy hermosamente random? ¿no está todo muy preciosamente conectado?



El caso es que he llegado a una edad en la que las preguntas que me formulo pocas veces tienen una respuesta, sino satisfactoria, al menos, una simple respuesta. He debido entrar en la etapa de las preguntas trascendentales sobre la vida, la etapa del pensamiento crítico, de la reflexión sobre la vida, del autoconocimiento y blablablá.  Por lo visto, hay ciertas preguntas que nos preocupan a los adultos; las formulamos, pero no sabemos responderlas. Yo por más que intento responder a la pregunta ¿se puede parar una guerra?, y si sí, ¿cómo?, creerán que estoy loca si les digo que, de repente, sólo me vienen a la memoria los poemas de Gloria Fuertes. Ella sí que sabía parar una guerra.


Ilustración Gloria Fuertes
Gloria Fuertes vista por Esther Cabrales



En fin, que sigo aquí, en mi círculo nihilista que últimamente transito. Y es que, en definitiva, no he dicho absolutamente nada. 

Así es esto que llamamos lenguaje.


domingo, octubre 06, 2024

Dibujar

 


¿Os
he contado alguna vez que dibujar, ese momento que tiene algo de ritual, de magia, hace que pueda desaparecer de la escena? Es tal la abstracción, el ensimismamiento, que olvido, por ejemplo, que tengo hambre o sueño. Por olvidar, olvido que me duele el cuello al forzarlo en el ejercicio artístico. Olvido que soy yo, Esther. Olvido que la vida no se ha detenido y, cuando levanto la cabeza, ha caído la noche. Olvido que mi madre ha muerto, lo cual es bastante tranquilizador.


De modo que, dibujar, podríamos decir, funciona como bálsamo, como ungüento, como aceite de unción, "te unjo con óleo" y no sentirás dolor, olvidarás, por un momento, lo triste, no sentirás el peso de la vida. Así que, dibujo. Dibujo como una niña, como una loca, como si la vida me fuera en ello.

miércoles, septiembre 18, 2024

Ilustración de Esther Cabrales
No nos conocemos. Yo, apenas me conozco. He superado el medio siglo y me soy una completa desconocida. Y eso que paso mucho tiempo conmigo. A veces hasta me aborrezco. Pienso, esta mujer, por dios santo. Y estoy observando que le ha dado por indagar en las mujeres de la generación beat. Algo que debería haber hecho a sus veintitantos. Sí, ya sabes, Kandel, Di Prima, Cowen. Me pregunto a qué se debe ese retroceso. Esa mujer que soy no deja de sorprenderme. Quiere saberlo todo, aprehenderlo todo y, sin embargo, cada día sabe menos. No sabe nada. Quizás por eso intenta, una y otra vez, demostrar. Demostrar cosas. Pero, en realidad, esa mujer que soy, o que creo que soy, no es más que una criatura torpe e ignorante. Así pues, busca referencias en aquellas poetas. Y ahora viene la siguiente cuestión, por qué diablos se fija en todas aquellas que han acabado violentamente con sus vidas. La lista es extensa: Safo, Pizarnik, Sexton, Plath, Tsvetaeva, Cowen, César, Storni, Woolf,… ¿Qué tienen en común, aparte de tratar de expresar sus sentimientos a través de la palabra? ¿es el no poder superar un amor no correspondido? ¿es el sentimiento de rechazo? ¿de no encajar en el mundo? No es el desenlace de sus vidas lo que le atrae, sino su poesía. Algo común a todas ellas prevalece en sus poemas que le es irresistible. Tal vez sea la crudeza de sus imágenes poéticas, la ausencia de eufemismos, la violenta belleza de sus obras lo que le sacude. En fin, es que no lo sé, porque no sé qué piensa esta mujer. Me intriga. Me intrigo. A ver qué hace ahora. De momento, apuntar los libros que desea tener próximamente: “Dejadme salir, dejadme entrar.”, “Follar con amor.”, “Quita tu cuello degollado de mi cuchillo.” y “Cántico inútil”. Ya lo advertí.

viernes, agosto 30, 2024

El placer.

 

Hace tiempo que no escribo nada aquí. Solía hacerlo. Divagaba. Bueno, sería más exacto decir que hace tiempo que no escribo nada ni aquí ni en ninguna parte. Ahora, ya más mayor, sólo leo. Pero por qué no hacerlo ahora. Escribir digo. Divagar, como en los viejos tiempos. Es la tristeza la que me apremia. Yo quiero disimular, como que no, pero tengo mucho que decir. Otra cosa es que deba hacerlo. Otra cosa es cómo debo hacerlo. Con qué forma, con qué fin. En el libro El placer del texto, de Roland Barthes, que leo furtivamente entre mis obligaciones, subrayo mucho. Cosas sueltas. Veamos, por ejemplo, “el texto es un objeto fetiche y ese fetiche me desea”, […],” en el texto, de una cierta manera, yo deseo al autor.”





                                    

Vale y qué. Son apuntes que realmente sólo me ayudan a pasar el tiempo. Tratar de entender a Barthes es tratar de que el tiempo pase rápido. Paradójico, ¿verdad? Cuanto más complejo es el texto, mayor concentración requiere y mayor abstracción precisa. Aunque el libro que tengo entre manos no es éste, precisamente, sino El tambor de hojalata, de Günter Grass. Yo tenía una vaga idea de este libro, tan sólo por el actor David Bennent, -Oscar y su flamante tambor de hojalata en el libro-.



Y había imaginado, puesto que imaginar es inherente a nuestra naturaleza, que se trataba de una historia terrible. Aún no lo sé, no lo he acabado, en realidad llevo poca lectura, la que me permite la apretujada vida que llevo, pero lo cierto es que me estoy riendo con la voz del narrador -que es Oscar-, que me recuerda un poco a mí misma. Ahora bien, me he tenido que hacer un esquema con los personajes porque me abruman sus impronunciables nombres.

Debo confesar que he comenzado el texto con una mentira, puesto que sí escribo, poco, pero escribo. Tengo un puñado de poemas eróticos. No en plan Leonore Kandel. Buscad e indagad. Tiene una anécdota brillante. Yo sólo conozco, parcialmente, Follar con amor. Es una compra que aún tengo pendiente. Aquí está la edición de Torremozas disponible.





No me siento cómoda siendo líricamente explícita, pero sí eróticos en cuanto a exaltación del deseo y aceptación del cuerpo como elemento sustancial en el gozo de la sensualidad. Poemas desde el deseo con cierto fondo nihilista. Y también tengo un trabajo muy personal, muy de mi vida, un canto a la familia, al que aún le falta tomar forma. De modo que, mentir así, tampoco es tan grave. Lo que sí lo es, es marcharse furibundamente, arrastrado por la tristeza. Eso es más grave, sí. Y lo siento, Gomtran.

viernes, enero 12, 2018

Una cuarentona que sabe de todo.

Entonces estábamos esperando a que las puertas del tren se abrieran cuando se acercó aquella mujer de piel morena y escupió a nuestros pies. No fue un escupitajo iracundo, sino denso y despacioso. Caía como a cámara lenta. Éramos capaces de ver sus cambios de forma durante la caída. Como si su densidad fuera de otra dimensión. Y ella, la mujer, con esa sonrisa. Estaba loca o no. Poco importa. Sonreía como una niña. Me llamó la atención su preciosa sonrisa. Contrastaba tanto con aquella actitud de hartura. Mostraba con amplitud sus dientes blancos. Llevaba un gorrito de punto, tipo Bob Marley, de muchos colores. Parecía una niña que hubiera llegado súbitamente a la vejez después de haber ingerido el contenido de un bote en cuya etiqueta se leía "bébeme". Justo antes de aquel instante, yo andaba distraída en mis pensamientos sobre la conversación de aquellos dos muchachos que me precedían por la Carrera de San Jerónimo. Hablaban de alguien. De una tercera persona ausente. Me dio un vuelco el corazón cuando escuché que uno de ellos le decía al otro que era una cuarentona. Su compañero asentía y añadía, como para dejar zanjado que sabía por dónde iban los tiros, que le comprendía a la perfección, "sí, una cuarentona que sabe de todo". Recuerdo que pensé, cielos, yo prodría ser ella. Y me pregunté por qué es tan deprimente ese calificativo. Un escalofrío me atravesó como lo haría un fantasma ante la posibilidad de ser vista así en el trabajo, en la calle, en el mundo. Y pensé en La casa de Bernarda Alba, lo que hizo que sintiera agobio o algo así. Pensé en todo ese negro. Tan poca carne. El miedo. La soledad. El deseo reprimido. Pero no. Yo no soy así. Cuando contemplo mi reflejo aún me veo. Me reconozco. Me veo a mí. Tan solo a mí. Con mi voz. Con mi pelo. Con mis maneras. Con mi pecho y con mi vagina. Con mis manos grandes casi de hombre. Soy yo. Y para nada soy una cuarentona que sabe de todo. De hecho, no sé nada de nada. O poco sé. Inmediatamente, al ver aquella bola blanda caer ante mis ojos, y los dientes, uno tras otro, como un rosario de niña de cuentas blancas, la risa de la locura y los colores del reagge, la maría y, en fin, todo aquello, las puertas se abrieron justo antes de que el escupitajo cayera dentro del vagón. Lo perdimos de vista tras los escalones de acceso. Después, la mujer volvió a su asiento. Su sonrisa se mitigó, como si hubiera dejado de recordar su niñez y de nuevo estuviera con los pies en la tierra, y traté de reconducir mis pensamientos. Y tal vez lo hiciese. O no. Qué puede importar ahora. 

domingo, junio 05, 2016

La aparición del pájaro que vuela

La aparición del pájaro que vuela
y vuelve y que se posa
sobre tu pecho y te reduce a grano,
a grumo, a gota cereal, el pájaro
que vuela dentro
de ti, mientras te vas haciendo
de sola transparencia,
de sola luz,
de tu sola materia, cuerpo
bebido por el pájaro.

Jose Ángel Valente

Confieso que adoro leer en la cama. No puedo conciliar el sueño si antes no he leído, al menos, un par de páginas. Y además, soy lectora desordenada. Mezclo las lecturas caprichosamente. Las mantengo abiertas en mi cabeza y las voy alternando según mis deseos. Tal vez por eso, mis lecturas se prolongan demasiado. Una necesidad que puede tener su origen en mi afición a la escritura. Actualmente leo Prohibido entrar sin pantalones, de Juan Bonilla -que, hoy, terminaré y, por ser una lectura difícil, aún se ha prolongado más- y también leo Purga, de Sofi Oksanen. Pero estas lecturas se ven infinitamente interrumpidas por la poesía. Para mí, leer poesía, es como alimentarme. A ciertas horas, y según haya acontecido el día, necesito un verso de aquí, un verso de allá, y mis neuronas, libres por fin de los números, de las operaciones del mundo financiero, de las ampliaciones de capital tan recurrentes estos meses de comienzo del verano, relajadas ya, hacen curiosas asociaciones de todas esas experiencias de la lectura. Fue ayer cuando me asaltó la feliz asociación de un poema de Valente con otro, bien distinto, del último poemario de Juan Bonilla, Poemas pequeñoburgueses, titulado Beberse un árbol y que, ahora, soy incapaz de separar.

miércoles, junio 01, 2016

Poner orden




Intentaba poner orden en mis pensamientos, como si  de una caja llena de cachivaches, de hoy y de ayer, se tratara. Y qué mejor modo de hacerlo que poniendo orden entre mi colección de libros. Orear algunos de ellos, dar cabida a otros. Por algún defecto mío que aún ignoro, acumulo toda la poesía en un solo estante y me sirvo de criterios de orden muy estrafalarios, como colocarlos en parejas amorosas, digamos Ingeborg Bachmann junto a Paul Celan o, se me ocurre, Única Zürn junto a Hans Bellmer. También sitúo cerca de Anna Ajmátova a Marina Tsvetaieva, en fin, esa clase sentimental de orden. Conviven en aquel estante entre setenta u ochenta libros de poesía que, ante la imposibilidad de permanecer en una fila única, se han visto en la necesidad de ocupar una segunda, ocultando la presencia de autores muy importantes en mi vida. De modo que, para alcanzar a Novalis, tengo que quitar de en medio a Cristina Peri Rossi. ¿Decir “los autores más importantes de mi vida” no es decir un disparate? Viniendo de mí, es posible. Libero, pues, una estantería para acomodar esos libros apelotonados. Decido llevar a esa balda libre a mis poetas predilectos. Aníbal Núñez, Joyce Mansour, Ana Cristina César, Alejandra Pizárnik y, recientemente, Juan Bonilla. Ahora, contando esto, me doy cuenta de que olvidé rescatar a Wislawa Szymborska. Al llegar a casa la trasladaré a un lugar privilegiado.

En esta reconfortante actividad, aparece un libro de Elías Canetti. No recordaba haberlo comprado. Pero ahí estaba. ¿Habrá más cosas que no recuerde? Tampoco recordaba mis pendientes de mariposa con un brillante incrustado y los llevo puestos. Cuántas pequeñas cosas olvidamos. El libro en cuestión, tiene en la portada la imagen de Canetti con ese pelucón blanco y el bigote avanzado como si quisiera salir corriendo. Un libro de ingeniosos y brillantes aforismos que uno no se cansa de leer. Un libro que necesita ser señalado y escrito y manoseado. El suplicio de las moscas. Lo leo sintiendo punzadas con varios de ellos. El dardo en la palabra. Me pregunta una compañera si le compro una pulsera. Levanto la cabeza. Me pesan los parpados. Es roja. De plástico. En ella aparece escrito en blanco Yo también soy refugiada. Por supuesto compro una y me la pongo. Me asalta una idea de la que quizá debiera avergonzarme. Sentirme acogida en mi propia casa, refugiada, protegida de los sentimientos que no soy capaz de dirigir. ¿Se pueden controlar los sentimientos? ¿anularlos? Se puede uno refugiar entre las sábanas con un libro de Canetti en las manos, y sentir que, así, estás a salvo.

Ella quiere suicidarse, dice, pero después de que él le pida disculpas.

Elías Canetti.

Creo o no creo.

Creo o no creo en el mundo. Creo o no creo en las personas. Lo cierto es que sí creo la mayoría del tiempo, porque quiero creer, porque me l...