lunes, abril 25, 2016

El preso

El criminal confinado entre miles de barrotes, apresado con cientos de llaves, cercado tras decenas de sólidos muros, en una isla remota, a kilómetros y kilómetros de la humanidad, riega dócilmente un lirio en su celda. Su malignidad está a salvo.

Y llora en silencio cuando, del exterior, llegan gratas noticias, como exterminios, asesinatos en masa o alguna violación a una joven novicia.

jueves, abril 21, 2016

El bebé.


Pasear a su bebé resulta ser uno de los momentos más placenteros del día. Aquel cochecito, azul noche, de ruedas plateadas, amplias y brillantes, avanza lentamente calle arriba, calle abajo, arrojando destellos aquí y allá. Nadie podría adivinar que se aproxima inexorablemente el pináculo de su tristeza. Al llegar a casa, Teresa deja suavemente el cochecito en el salón. Raudos, sus dos hermanos, llegan levantando sendas armas de plástico, batiéndolas locamente, como intrépidos corsarios, hasta que divisan el lindo cochecito, que les hace detenerse en seco y reflexionar. Se acercan al pequeño y mullido habitáculo, con sospechoso sigilo, hasta divisar al soñoliento bebé. Se miran, sonríen, le miran y, como si hubieran sentido una clarísima revelación simultánea, sueltan sus aburridas armas y lo cogen con violencia, haciéndolo volar y golpeándolo contra el suelo, contra la pared, riendo y gritando, poseídos por una alegría repentina y alborotadora.

El juego dura aún un rato más. Por fin, de nuevo hastiados, abandonan al bebé, en el suelo. Miller, el perro aventurero, lo olisquea. Y le muerde una pierna y un brazo. Chupetea con su lengua afilada el cuerpecito, acompañándolo de un monótono sonido adormecedor.

Reaparece Teresa, que avanza con cara de fastidio. En el salón, recoge al bebé del suelo de muy mala gana. Sin darse cuenta, golpea su cabecita contra el pico de la mesa de fumador. Lo vuelve a meter en el cochecito y, acto seguido, grita como una loca y llora desconsolada.


Esa muñeca era su preferida.

viernes, marzo 25, 2016

Amor

Aquel muchacho detestaba el desorden y alguien le recomendó, para evitar sus crisis maniáticas, cultivar y cuidar un bonsái, siguiendo la tradición japonesa saikei. La técnica constante de limitar el crecimiento de aquella miniatura, cortando con una pinza aquí y allá o, dirigir el crecimiento a su antojo con un hermoso cableado, lo abstraía, calmando su ansiedad paranoica por la perfección. Su meticulosidad aumentaba cada día que el arbolito trataba de existir por sí mismo. Si encontraba un modo natural de crecer, el muchacho lo contenía y acotaba minuciosamente durante horas. Sin apenas dormir, el muchacho vigilaba su pequeño olivo, perfeccionándolo sin descanso, evitando que el arbolito existiera en toda su plenitud. Pero puede que la técnica fallara, en un momento en el que el sueño venciera al muchacho y que, un resquicio de espacio, hiciera avanzar rápidamente a una rama. Y esa rama creciera tanto que respirara aliviada, animando al árbol a desperezarse y, que las raíces, fuertes como nunca, abarcaran el cuarto y treparan hasta la cama donde el muchacho dormía y lo abrazaran, agradecidas por ese error, cercenando su cuello, apretando hasta dejar de sentir aquellos espantosos ojos, tan abiertos, jamás vividos antes.

miércoles, marzo 23, 2016

Guardo tu voz

Guardo tu voz
como quien guarda un pequeño insecto.
De vez en cuando, 
si me oprime el pecho,
abro la caja
y trato de escuchar a aquella extraña criatura,
agito el pequeño habitáculo para comprobar si aún está viva,
entonces, si los hados son favorables, suena la voz,
y doy un respingo
al comprobar
que no era así como la recordaba.
Es lacónica y cansada.
Si no lo son,
y ya nunca lo serán,
cierro la caja,
con la vaga esperanza
de oírlo en sueños.
Sueños bonitos de insecto.
De patas y zumbidos
que cosquillean la memoria.

Quiero

Quiero pensar
que la vida real
no es la de tu última conexión
mientras duermo profundamente.
Esa presunta vida
de mujeres loquísimas y bellas,
esclavas.
La de conversaciones
a punto de quemar la voz,
al filo de la palabra,
de las que matan y resucitan y
vuelven a matar,
o quizás de verdadera literatura,
la de alcohol y humo y alumbramiento,
de hallazgos y revelaciones,
faulkerianos, maupassantianos, pitolianos o borgianos.
What are you
talking about?
Quiero pensar
que la vida real
es la del último libro que estoy leyendo,
la de comprar leche y café,
y por qué no, leguminosas.
La de amanecer muy temprano
con el propósito de trabajar para otro
y dejarte los ojos y la vida en ello.
La de mirar a través de la ventanilla del tren,
y divisar una hilera de pájaros
sobre un cable de alta tensión.
La de llorar pero también reír.
La de caminar entre tanta gente
y regresar una y otra vez.
Quiero pensar
que la vida real
es, simple y llanamente,
esta deriva, de no saber.

Creo o no creo.

Creo o no creo en el mundo. Creo o no creo en las personas. Lo cierto es que sí creo la mayoría del tiempo, porque quiero creer, porque me l...