martes, julio 28, 2026

Creo o no creo.

Creo o no creo en el mundo. Creo o no creo en las personas. Lo cierto es que sí creo la mayoría del tiempo, porque quiero creer, porque me lo impongo como tarea constructiva del alma, pero ese mínimo no creer, tan residual, me pesa como si fuera un mundo. Digamos que la mayoría del tiempo creo; creo en el amor, creo en el corazón, creo en la honestidad, en la humildad, en la buena voluntad, creo en la vida  y en los buenos actos. Y, alguna vez, cuando ha sucedido algo inesperado, triste y feo, mi optimismo se viene abajo como un castillo de naipes a velocidad de vértigo; esa minucia me destruye dejándome a merced de la desesperanza y, entonces, no creo en nada. No creo en las personas que me han decepcionado. Por no creer, no creo ni en mí misma. ¿No es esto un síntoma claro de vejez? Porque, no nos engañemos, hemos dejado de ser esos jóvenes apasionados, ajenos a los problemas  del mundo, únicamente preocupados por ellos mismos y por sus sueños.


Soñar, ¿dónde ha quedado soñar? ¿tú aún sueñas?  Yo ya no sueño. No la mayoría del tiempo. Sólo cosas simples:  recordar los rostros de mis padres, rememorar momentos de mi infancia o que mis hijos son felices. En esos momentos de no creer, dibujo. Y ese pequeño acto de fe me devuelve la sonrisa.

Como casi siempre, en definitiva, no he dicho nada.


jueves, junio 18, 2026

Morir es un arte

Comienza el verano y me he hecho con unos cuantos libros más del maestro del terror: Stephen King. He comenzado por un libro de relatos titulado Historias fantásticas que estoy disfrutando como una niña. Qué tipo este, el King. Además, su lectura está resultando una experiencia de lo más satisfactoria, porque he podido comprobar que no todo lo que leo lo olvido. Queda algo, un poso. Y por qué digo esto ahora. Sencillo. Leyendo uno de los capítulos de este libro, en concreto Para Owen que, en realidad, es un poema, King hace un guiño incluyendo en uno de sus versos, otro del poema Señora Lázaro, de Sylvia Plath. Yo estaba leyendo ese capítulo extraño, porque se trata de un poema frutal y encontré "morir es un arte" ahí escrito, delante de mis narices, e inmediatamente mis neuronas viajaron hasta ese recuerdo en mi memoria. Decía así el poema incluido en Ariel, de la poeta suicida: "Morir / es un arte / como todo. / Yo lo hago excepcionalmente bien." Y me he alegrado tanto por esta sencillez. Por comprender que no lo olvido todo. Sépase que leí Ariel hace ya bastantes años. Y ese verso, ahí, pululando en mí. Seguro que sé más cosas que no sé que sepo. Me cae muy bien King. Él mete ese verso ahí y hala. Quien se dé cuenta, mejor para él, pero qué lástima quien no llegue a ese momento de conexión con el autor. Parece que King deja una perla con un letrerito que dice: -para quien se de cuenta-. Esto me lleva a la conclusión de que, efectivamente, somos muchas cosas, pero entre ellas, somos lo que leemos, que no se lee en balde, que no cae en saco roto. Y, ahora, veré si bajo a la reunión de vecinos o no. Tal vez sólo coma sandía fresca.




lunes, mayo 25, 2026

Qué máquina me conduce y por qué caminos

No dejo de pensar en lo difícil que me resulta aceptar el mundo tal  y como  lo veo a mi alrededor. Digamos que como el viajero que lleva años pillando el mismo  tren, a la misma hora, con el mismo trayecto y, un día, le engulle otra máquina estéticamente diferente a la habitual y, a pesar de saber que lo recogió en la misma vía o que el luminoso anunciaba su ruta, durante todo el itinerario se estará preguntando con desconfianza si será ése su tren o, si por el contrario, se ha subido a un destino erróneo. Eso me pasa con la vida en general. A saber qué máquina me conduce y por qué caminos. Mientras tanto, no dejo de asombrarme y me refugio en las lecturas, porque así no pienso tanto en mí, ni en mis circunstancias. No me fijo tampoco en el otro. Para qué. Entiendo y acepto que la vida cambia, los modos, las costumbres. Pero es todo tan rápido. Volvamos a ese tren del comienzo. Podríamos contar con los dedos de una mano las personas que, simplemente, no llevan su mirada fija en una pantalla. Recuerdo que, cuando era joven -que ya usaba ese medio de transporte para ir a trabajar-, lo normal era ver a la gente leyendo el periódico, un libro, una revista. Lo comprábamos, antes de subir al tren, a primera hora de la mañana. Y nos acompañaba durante todo el día. Yo lo comenzaba siempre desde las últimas páginas. 

Ahora no se leen noticias. No se leen libros. Algunas personas leen muchos libros, pero no muchas personas leen libros. Estamos idiotizados en muchos aspectos. No digo con esto que leer te haga menos idiota, pero al menos te ofrece la posibilidad de pensar de otros modos, de reflexionar, de ir más allá de  ti mismo. Hace que te hables también desde dentro, que trates de comprender, todo lo bueno, todo lo malo, ser lo bueno, ser lo malo. Sentir que eres también lo malo, lo pérfido, lo execrable. Y lo bello, lo noble, lo excelso. Echo de menos cosas. Echo de menos conversaciones, compromisos, verdades. Echo de menos la amistad. Tal vez por eso leer es de mis momentos preferidos. Creo que reúne todo aquello que anhelo. Aunque siempre preferiré la piel y los ojos, la sonrisa y la voz. Por cierto, ahora, Úrsula K. Le Guin es mi mejor compañía.



jueves, febrero 19, 2026

Salvo miles de libros, no nos habíamos llevado nada.

Escribe Thomas Bernhard en Un niño que “cuando habla un hombre sencillo, es una bendición” y, además de ser una idea cierta, es tanto más hermosa, pues no hay nada más repelente que esa vanidad del que se sabe culto. 



Yo, que ya tengo una vida, una edad, que he conocido y he escuchado, siempre preferiré, la sencillez -que no la simpleza-, la elegancia o la prudencia. Desconfío del que mucho sabe,  y sobre todo, del que se empeña en aparentar saber mucho. Y es que he sido educada en un ambiente de respeto por lo que se dice y hemos preferido callar antes que errar. Mi madre, la persona más sabia que he conocido en la vida, me aconsejaba escuchar y sólo decir lo preciso cuando fuera necesario. Todo con el fin de no arrojar ideas confusas que pudieran entorpecer nuestro camino. Verbalizar todo lo que le pasa a uno por la cabeza es descabellado. Por el contrario, la contención es todo un arte. Quienquiera que piense que la sencillez en la vida es un signo de mediocridad o de incapacidad, no piensa en términos de belleza estética y es que la sencillez es simplemente extraordinaria y, ¿sabes?, me atrevería a decir que incluso revolucionaria



domingo, enero 25, 2026

Historias

 Todo lo que necesitamos son historias. Frente a la apatía, una gran aventura. Contra la tristeza, un buen relato lleno de amor. Y no hablo sólo de libros. También de historias verdaderas. Cuando nos sacude un terrible acontecimiento, lo único que nos quedan son las historias bellas que suceden en torno a él. Existe un binarismo básico en la vida. El bien y el mal coexisten en un mismo hecho. Es lo que nos mantiene con cierta cordura. No todo es el mal cuando el mal hace acto de presencia. También acontece el mismo bien. Es esa tensión constante lo que permite que aún creamos en nosotros mismos, que aún creamos en el amor. 

Porque creemos en el amor, ¿verdad? 

No sé tú, pero yo necesito historias. Cada día necesito comprobar que hay algo más más allá de mí. Y si, por un casual, no pasa nada más que  la vaguedad de la rutina, entonces, lo invento, lo escribo, lo dibujo. Y no permito a la soledad que entre más allá de mi piel.



Por cierto, he acabado un poemario.  Y no sólo habla de amor, ni de mí. 


jueves, octubre 16, 2025

Obrar una alquimia

Decir la verdad tal y como la ve [el poeta]. Decirla tan bellamente, tan sorprendentemente como pueda; encender con ella su propia capacidad de asombro; obrar una alquimia al interior del lenguaje—en eso residen la forma y la existencia de la poesía misma.

Leonore Kandel



Acabo de conocer que Erik Satie terminó con el corazón roto por amor a Suzanne Valadon, una mujer desaforadamente libre. Pintora. Aunque fue muchas otras cosas como modelo, modista y otras que no recuerdo. Pero, aunque esto nada tiene que ver -o sí- con la premisa inicial de la poeta neoyorquina, todo es poesía. Cuando me siento tan afligida que disfruto regodeándome en mi tristeza, suelo escuchar a Satię. Sus Gymnopédies me arrastran por el más delicioso fango. Y es un misterioso gozo comprender que todo está íntimamente imbricado.

Descubrir a Valadon mientras lees con interés artículos sobre Kandel y comprender que Satie, que ya estaba en ti mucho antes que ellas, atravesó un gran dolor por el amor a esa pintora a la que llegaste por sus cuadros de desnudos femeninos tan brillantes y sensuales y que, no sabes muy bien por qué, te ha llevado a releer a la poeta de "hardcore pornographx", ¿o fue al revés? Y pensar también en mi madre, caramba, que nació en 1934, mientras que Kandel nació en 1932 y parecía vivir un mundo tan distinto, tan ajeno, tan provocador, tan avanzado culturalmente, mientras que mamá ponía lavadoras y cocinaba para sus hijos y rezaba. Vaya si rezaba. En otro lugar del mundo escribían "No hay varias formas del amor / hermoso /pero te amo de todas las formas posibles, te amo / amo tu verga en mis manos, agitándose como un ave entre mis dedos..."

sábado, septiembre 13, 2025

Irás naciendo poco a poco

Tal vez la vida sea sólo eso. La lectura de aquel libro. Escribir un verso, probablemente mediocre. Subrayar frases hermosas con marcadores en color pastel. Asomarse a la ventana y contemplar, aún con sorpresa, el movimiento lento de las ramas. Percatarse del sonido de las hojas al rodar por el suelo. Elegir una serie televisiva para llenar vacíos. Empezar una y otra vez esa labor de ganchillo que, como una relación sentimental, se atasca siempre en el mismo punto. Y ahí se queda, de nuevo, parada. Hacer unos trazos en el bloc de dibujo. 

José Hierro visto por Esther Cabrales
Sentirse fugazmente satisfecha al comprobar cierto parecido con el poeta. 

Buscar alguno de sus poemas y estremecerse al leerlos, pues siempre brillan con cada nueva lectura. Prepararse un café. Acurrucarse en el sofá. Anotar una idea en la libreta. 

Ir naciendo poco a poco, día a día.

martes, julio 15, 2025

Bric-à-brac


Pesa
. El verano, digo. Me había reservado, con la ilusión de una niña, un par de libros de lectura. Saben de mi devoción por ciertos autores. Recordemos mi inclinación por Juan Bonilla, al que siento en el pupitre -algo que él celebraría- junto al gran Nabokov. De hecho, mi influencia por el ruso viene del gaditano y su enfermiza afición por las variopintas ediciones que de “Lolita” existen en el mundo. Y recordando no haber leído “Ada o el ardor”, lo adquirí para estos días estivales. 

Heme aquí con el libro. Seamos sinceros, Nabokov creó una máquina de tortura. “Ada o el ardor” es una broma pesada. El momento no podría ser menos oportuno para su lectura. Demasiado ruido alrededor. Todo es ruido. Y Nabokov disfruta torturando con su rico y profuso lenguaje. Ya, ya. Sé que la intención del magnífico autor era la de -cito textualmente- “expresar lo que siento y pienso con la más extrema veracidad y percepción”. No, si ya. 

Oh, Señor de los libros, dime que soy una lectora avezada, pero que con el ruido no logro engancharme a Van y Ada.

Dime que estoy distraída con tanto ruido.


Es verdad que, cada año que pasa,  la cultura se vuelve cada vez más hostil, en el sentido que expresa David F. Wallace: 

“la lectura requiere sentarse a solas en una habitación en silencio.” 



Y es cierto que quedan pocos lugares -salvo tu propia casa -y a veces, ni eso- en los que reine el silencio, la tranquilidad. Los lugares públicos, que siempre fueron el lugar idóneo para la lectura, convirtiendo el hecho de leer en algo tan evocador como esa imagen poética del viaje y la lectura, la sala de espera y la lectura, el jardín y la lectura, ahora no dejan de ser la antesala de un pabellón demencial donde todos hablan, todos gritan, todos encienden sus dispositivos móviles con el audio bien alto. Y yo lo intento. Vaya si lo intento. Volver a mi difícil lectura. A los millones de adjetivos y de circunloquios del ruso. Y pesa. El verano, digo.


martes, junio 10, 2025

Amar siempre

A veces me sucede que tengo tantas cosas que decir, que no sé bien por dónde empezar y, finalmente, no digo nada. Digo decir cuando quiero decir escribir. Escribir. Qué hermosura de verbo, tanto, que es el título de ese libro de Duras que, seguro, no has leído. Debes hacerlo. Bueno, ni tan así. Debes hacerlo si dentro de ti hay algo que te empuja a hacerlo. ¿Puedes seguir viviendo sin leerlo? Por supuesto que sí. Pero una vez leído, eres otra persona, eres otro escritor.

Han sucedido tantas cosas desde que no paso por aquí, han sido tantas las historias que me han obligado a detenerme a pensar. Escribir, ese proceso interior, ese salirse de uno mismo, ese -recordando a la autora- aullar en silencio. Y no siempre uno escribe lo que realmente quiere escribir, sino que escribe lo que se deja escribir, son las palabras las que te eligen y, eres tú quien, puede o no puede llevarlas a un buen fin, darles un buen uso, una fértil salida. Así uno empieza a escribir, reuniendo unas pocas pobres palabras, empujado por la fuerza del entusiasmo o de la compasión o de la alegría o de la tristeza o de la furia. Y nace, si es que algo nace, un poema, un texto, un resplandor. Así he podido, apenas, escribir mi último poemario. Tan fragmentariamente que parece haber pasado un siglo desde el primer verso. Y ahora que acabé, qué me depararán los días. Lecturas. Aunque, a decir verdad, la lectura siempre está, siempre ha estado, como un buen amigo, a mi lado. De hecho, cuando busco soledad, introspección, entre tanto desorden, encuentro consuelo en la lectura. Sólo así sé quién soy. De manera que, últimamente, mi mejor amigo es Stephen King. Llegué tarde a él, pero qué manera de llegar.



Amo a este tipo, su universo imaginario, su peculiar mirada azul. Amo sus libros y amo a sus personajes. Y me encanta que me haga sentir como una pueril escritora que nada más anhela en la vida que escribir. Amo amar. Y aquí aparecen como un ángel Rubén Darío y sus versos, “Amar, amar, amar, amar siempre”.

 

jueves, febrero 20, 2025

Adonde te lleve el cabo de un hilo.

Uno llega a Vladimir Maiakovski no por casualidad. No es fácil toparse con ese autor siguiendo la senda aterciopelada de la impasibilidad. Se ha de tener una mente algo curiosa y, cuando se encuentra, fortuitamente, el cabo de un hilo, tirar de él. Averiguar a dónde nos lleva. En mi caso se dieron varias coincidencias en el asunto ese de los cabos. Uno fue Juan Bonilla que, por aquel entonces, intercambiábamos cartas, en algunos casos de aliento; en otras, tan sólo anecdóticas sin importancia. Hubo otro, Gonzalo Escarpa. Ambos sujetos estaban maiakovskiados, hasta el punto de contagiar a quien tocaran, aunque fuera veladamente. Presumo de haberlos unido y de que, gracias a eso, Escarpa pudiera dejarnos este valioso documento para la posteridad que le agradeceremos siempre los empedernidos del gaditano.

Vladimir Maiakovski visto por Esther Cabrales
Leí Prohibido entrar sin pantalones porque sabía que Bonilla tenía todos los datos del suicida. Novela difícil y hermosa sobre la vida del poeta. Algunos dicen que punk, otros que gamberra. Fue ahí donde empecé a comprender el futurismo ruso y a hacer conexiones. Ni hablar, no pienso aburriros con eso, quien tenga interés, que tire del hilo. El caso es que, una vez descubres a ese poeta, jamás lo olvidas. También porque fue tocado por esa trágica decisión del suicidio, como tantos otros poetas a los que adoro. 

Pero, sobre todo, porque fue un tipo genuino y desesperado y desvergonzado y hermoso y amó y vivió y disfrutó y puto murió.

 

miércoles, febrero 12, 2025

Pecado mío.

Recuerdo que fue mi querido amigo Javier Puche quien me inoculó esta avidez por el ruso. Era muy intenso en sus discursos y, gracias a él, me hice con Risa en la oscuridad. En una entrevista le preguntan a Nabokov si le molesta el rotundo éxito de su novela Lolita, a lo que el escritor responde, no sin exasperación, que lo que realmente le molesta es la mirada de quienes quisieron dar a conocer al mundo ese personaje desvirtuándolo de su verdadero carácter, dotándolo de atributos falsos, como la edad -superior a la real- o la fisonomía -cuerpos opulentos-. Aclara el novelista que una nínfula, término que Humbert Humbert usa habitualmente para hablar de la niña, no es una muchacha de veinte años como se empeñaron en mostrarla al mundo. 

Nabokov visto por Esther Cabrales
Lolita, Lo, Dolly, es una chiquilla de doce años, a la que apenas le ha aparecido el vello púbico y le han despuntado levemente los senos, una nínfula. Y, en ningún caso, una niña perversa, como quisieron también interpretar aquellos lectores poco avezados, atravesados por la mirada hipócrita. Lolita es una preadolescente con esos intensos cambios de humor, caprichosa y egoísta, todo lo propio de esa edad, pero no perversa. Y, además, sola en el mundo. Nabokov dice expresamente que es una “pobre niña que corrompen y cuyos sentidos nunca se llegan a despertar bajo las caricias del inmundo Sr. Humbert”. Pero qué gusto de lectura. 

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta. Así empieza esta historia y ya te engancha como una droga. Y sueñas con ella. Y deseas escribirla. Y odias al genio por ser genio y tú un papanatas que sólo sabe escribir versos mediocres. Mierda.

Leed al maestro.

viernes, enero 31, 2025

¡Vive Dios!

 Siempre he acusado a mi poesía de falta de nobleza, en cuanto a que el lenguaje no tiene una naturaleza distinguida, sino más bien lo contrario, se vale de un lenguaje despojado, de versos desnudos, de poca ambición estética. Sin embargo, a pesar de mi opinión acerca de ella, continúo expresándome de esa manera, tratando de buscar una tensión interna en el poema que lo haga especial. Tarea nada fácil que, desde luego, tampoco consigo. Ahí mi empeño. De acuerdo con esas pretensiones, pienso y construyo el poema, a veces, de manera brillante y, otras, fracasadamente. No sé por qué reflexiono ahora sobre este asunto, quizás porque me he topado con Hijos de la ira, de Dámaso Alonso y me he sentido insignificante.

En un esfuerzo por aproximarme al maestro, le he dibujado durante “las horas secas, nítidas / inacabables, ay”.  Cuánto tengo por hacer. Me abruma la estela de mi blando pensamiento siempre acariciando las horas. Las atareadas, claro. Las ocupadas en el runrún de los quehaceres. Viene royendo que diría él. “Zumbando y royendo el cadáver de mi alma”. Por no hablar de toda la distracción que acucia, que embelesa y las palabras, sonoras, hermosas como barcos de vela. 
Acabé ese poemario. Vive Dios que lo acabé. Acabado está. Ahora, huérfana, me sumiré en la lectura del gran Nabokov.

viernes, enero 17, 2025

Hoy estoy pensando en árboles y en lo bonitos que son.

Pues ha muerto, digo yo. Claro, dice él. Todos nos morimos. Ya, pero no es lo mismo que muera yo a que muera él. Ambos dejamos un vacío, obvio, pero mientras yo dejo un tímido y discreto vacío, abocado al olvido, el genio deja una sima existencial, un dolor artístico, una brecha creativa. Y además suena Mazzy Star, así que todo se pone a mi favor. Ahora me toca volver a visionar todo su trabajo de nuevo. Mi humilde homenaje. Recuerdo lo mucho que me gustó The art life . Yo le entendía perfectamente, porque yo también me había sentido así alguna vez, sólo que él tuvo coraje; yo no. Quien cree en sí mismo, creará un universo. Y si es un buen o un mal lugar, eso ya lo dirá el tiempo. Es verdad que envidio a los genios, pero más aún a éste. Por su aura misteriosa, su inteligencia, su aspecto enigmático, su parsimonia, su elegancia. Estoy harta de tanta muerte. Qué significa mas que también yo voy a morir. 


Paul ValeryPaul Valery escribe sobre la muerte en El cementerio marino. La aceptación serena de la muerte. "La vida es vasta, embriagada de ausencia, / y la amargura es dulce, y el espíritu claro." Y lo dibujo, para tenerlo más presente: "Quien huye de la muerte huye de la vida, pues la muerte es la vida misma."


"la mer, la mer toujours recommencée".

martes, diciembre 31, 2024

La felicidad no es nunca grandiosa.

Acaba el año y en este momento puedo afirmar que mi vida es anodina. Nada grave. Anodina en la vastedad de la existencia. No es ninguna locura admitirlo. Es anodina como lo son mis problemas si los comparamos con los agujeros negros, que no son problemas, sino desafíos del universo. Visto así, los problemas podrían ser desafíos también. Que me aspen si no lo son. 

De modo que acaba el año, ya con una edad nada despreciable y mucho más sola. Sí, claro. A medida que uno madura se va quedando solo. Es esa soledad interior. Sólo con uno mismo. Sólo ante la vida. Sólo en la soledad. Solísimo. Y qué. Sólo en los pensamientos. En los recuerdos. En la mismísima soledad. Pero sin miedo. Ya sin miedo. Sin ese temor a sentirse perdido. Lo maravilloso es perderse. No saber quién se es, ni a dónde se va. Lo maravilloso es no saber nada, verse sorprendido por la felicidad. La pequeña felicidad. La tímida. La insignificante.


miércoles, diciembre 11, 2024

Valga el eufemismo.

De todos los personajes de la literatura que han pasado por mis manos, o por mi escrutadora mirada, tengo dos preferidos con los que sueño o he soñado encarnarlos a la perfección. Uno de ellos es Catherine Earnshaw. Ese maravilloso y ardiente personaje de la novela inglesa Cumbres borrascosas que, con diferencia, es uno de los libros más apasionantes que he leído. 

Y no es que yo sea como ese personaje que, por cierto, entre nosotros, estaba un poco majareta, pero creo que su entusiasmo y su vehemencia siempre me han conquistado el alma y la he emulado sin saber que lo hacía. Oh, cómo sufre Catty. Qué bella es en su pesadumbre. Y todas esas montañas al fondo. Esos tentadores acantilados. Y el hermoso y hosco huérfano Heathcliff. Cuánto la ama. En fin. Maravilloso sentimiento de amor contra todo y contra todos. Lo extraordinario de la literatura se concentra en esta novela.


El otro personaje, mucho más dulce y tierno y más afín a mí, es Josephine March. Jo, para los lectores y amigos. Ahí sí que me identifico poderosamente. Saben a quién me refiero, ¿no? Sí, hombre. La dulce y emotiva novela de Louisa May Alcott. Si no la has leído, habrás visto alguna de las muchas versiones cinematográficas que existen de Mujercitas, recuerdas, ¿verdad? ¿Ya sabes quién es Jo?  Pues siempre fui un poco así. Algo andrógina, apasionada, vehemente, soñadora, escritora, juguetona, aventurera, poeta. ¡Ay! Poeta.

Todo esto lo cuento porque me hallo inmersa en la relectura de Mujercitas. Lo leí siendo una niña y vuelvo a este libro ya siendo una mujer madura, valga el eufemismo. 

Cuánto disfruto con esta lectura. Cómo me gustaría escribir una novela así. Tengo doscientos mil arranques a posibles novelas que jamás pongo en práctica, ¿será que sólo sé escribir poesía si es que acaso la escribo? No es falsa modestia, si alguno lo creyera así. 

En verdad creo que mis libros son el resultado de varias circunstancias fortuitas, entre ellas, desde luego la suerte, pero también la perseverancia y la tenacidad, y nunca porque sea una gran poeta. Podríamos incluso omitir el adjetivo y no mentiría en absoluto.

A los hechos me remito.


miércoles, noviembre 06, 2024

Un miedo dulce.

Sigo creyendo que el mundo es hermoso, aún cuando todo es adverso. Porque tengo la vana convicción de que aún hay algo que podamos hacer, tarde o temprano. El día que sepamos que estamos solos. El día que lo hayamos perdido todo. Sigo creyendo en la belleza. Esta espera. Busco el amor. En todos los recodos de la vida. Miro a través de las gafas del optimismo. Hay un brillo y un lodazal. Hay miedo. Un miedo dulce. Yo me entrego a la vida. Es una vieja vestida de luto dando palazos a la ropa tendida oreándose. También una niña, ovillada que llora. A veces, sólo cucarachas. Sigo creyendo en la vida. Me refugio en los lapiceros. La calle suspira. Escribo algo así como un poemario. Un puñado de poemas. Y dibujo. 

Marguerite Duras visto por Esther Cabrales



Duras siempre me ha intrigado. Diría más, siempre me ha fascinado. Ayer hablé con él. Después, rompí a llorar. Fue tan hermoso. Nunca le he escrito una carta. Hace años que no escribo cartas. El amor está ahí, aunque no lo percibamos a primera vista. Está en las palabras. Y resuenan en la memoria. Si quemas una carta de amor, la carta desaparece, no así el amor. Él permanece. Por eso, sigo creyendo que el mundo es hermoso.


jueves, octubre 24, 2024

Dentro de mí una voz dice: no

Sigo dibujando porque, dibujar es, sin lugar a duda, el momento en el que más paz puedo recibir. Cierto es que nunca alcanzaré a ser excelente en este arte, por diversos motivos, como que mi aprendizaje autodidacta, es lento como una tortuga; o porque no le puedo dedicar el tiempo que me gustaría. Siempre hay en el quehacer diario cosas mucho más prioritarias que el dibujo, un calcetín viudo, un desorden llamándote. Pero creo que puedo afirmar que en mis trabajos hay (h)armonía. Ya es bastante si recordamos que, en términos estéticos, todo lo que es harmónico es bello, y todo lo que es bello puede decirse que es perfecto, propiedades que os recuerdo son divinas. No está tan mal, entonces. Bromeo, claro. Lo que sí está claro es que, en el arte de andar por casa, también encontramos su lado de belleza, a pesar de los errores. Y es que nada es absolutamente feo. A eso me agarro como a un clavo ardiendo, pero dentro de mí una voz dice: no.

Anne Carson
Anne Carson vista por Esther Cabrales


La poesía de Anne Carson es aún para mí algo desconocida, salvo por algunos poemas que he leído aquí y allá. Algún intento de traducción y poco más. Sin embargo, es una poeta que me llama poderosamente la atención y dibujarla me acerca a ella. Pero son tantos los libros que tengo que comprar, que siempre la dejo para más tarde y, en su lugar, llegan otros autores, también codiciados. No se puede tener todo. Sin ir más lejos, hoy descubrí una nueva poeta de la que me he prendado. Su nombre es Martha Kornblith. Cómo llegué a ella, es lo de menos. Uno llega o no llega transitando caminos. A veces, uno ha de perderse para encontrar la salida. Por el camino, uno encuentra o no encuentra, según la mirada que posea en ese momento de pérdida. Todo está por decidir a cada momento. 

Ella era poeta y, como tal, poetizaba tan bellamente, tan profundamente sobre las cosas más peregrinas que un dentista, no era un dentista, sino que era el amor mismo. Aún así, ella escribía “nunca más seré poeta / nunca más seré poeta). Y se mató.


miércoles, octubre 16, 2024

Difácil

Michael EndeMe gustaría saber si, en este tinglado de la vida, todo es tan difícil como parece o si, por el contrario, todo es tan fácil como parece. ¿Somos quienes queremos y creemos ser, o somos quienes nos impelen a ser? Y no queda ahí la cosa, así es mi curiosidad; ¿sabemos lo que creemos saber o sólo sabemos lo que nos permiten saber? ¡Ah, querida! Hablas como si vivieras inmersa en el argumento de una novela de Ende.


Curiosamente -hago un inciso- escribí por puro fisgoneo en el buscador de Google esta frase “sólo sabemos lo que nos permiten saber” y el primer resultado que me devuelve es un artículo publicado en la web de ediciones Ende que trata sobre los principales tipos de narradores. En general, esa frase “sólo sabemos lo que nos permiten saber” da como resultado, en gran medida, a páginas que hablan de los tipos de narradores en la literatura, ¿no es esto muy hermosamente random? ¿no está todo muy preciosamente conectado?



El caso es que he llegado a una edad en la que las preguntas que me formulo pocas veces tienen una respuesta, sino satisfactoria, al menos, una simple respuesta. He debido entrar en la etapa de las preguntas trascendentales sobre la vida, la etapa del pensamiento crítico, de la reflexión sobre la vida, del autoconocimiento y blablablá.  Por lo visto, hay ciertas preguntas que nos preocupan a los adultos; las formulamos, pero no sabemos responderlas. Yo por más que intento responder a la pregunta ¿se puede parar una guerra?, y si sí, ¿cómo?, creerán que estoy loca si les digo que, de repente, sólo me vienen a la memoria los poemas de Gloria Fuertes. Ella sí que sabía parar una guerra.


Ilustración Gloria Fuertes
Gloria Fuertes vista por Esther Cabrales



En fin, que sigo aquí, en mi círculo nihilista que últimamente transito. Y es que, en definitiva, no he dicho absolutamente nada. 

Así es esto que llamamos lenguaje.


domingo, octubre 06, 2024

Dibujar

 


¿Os
he contado alguna vez que dibujar, ese momento que tiene algo de ritual, de magia, hace que pueda desaparecer de la escena? Es tal la abstracción, el ensimismamiento, que olvido, por ejemplo, que tengo hambre o sueño. Por olvidar, olvido que me duele el cuello al forzarlo en el ejercicio artístico. Olvido que soy yo, Esther. Olvido que la vida no se ha detenido y, cuando levanto la cabeza, ha caído la noche. Olvido que mi madre ha muerto, lo cual es bastante tranquilizador.


De modo que, dibujar, podríamos decir, funciona como bálsamo, como ungüento, como aceite de unción, "te unjo con óleo" y no sentirás dolor, olvidarás, por un momento, lo triste, no sentirás el peso de la vida. Así que, dibujo. Dibujo como una niña, como una loca, como si la vida me fuera en ello.

miércoles, septiembre 18, 2024

Ilustración de Esther Cabrales
No nos conocemos. Yo, apenas me conozco. He superado el medio siglo y me soy una completa desconocida. Y eso que paso mucho tiempo conmigo. A veces hasta me aborrezco. Pienso, esta mujer, por dios santo. Y estoy observando que le ha dado por indagar en las mujeres de la generación beat. Algo que debería haber hecho a sus veintitantos. Sí, ya sabes, Kandel, Di Prima, Cowen. Me pregunto a qué se debe ese retroceso. Esa mujer que soy no deja de sorprenderme. Quiere saberlo todo, aprehenderlo todo y, sin embargo, cada día sabe menos. No sabe nada. Quizás por eso intenta, una y otra vez, demostrar. Demostrar cosas. Pero, en realidad, esa mujer que soy, o que creo que soy, no es más que una criatura torpe e ignorante. Así pues, busca referencias en aquellas poetas. Y ahora viene la siguiente cuestión, por qué diablos se fija en todas aquellas que han acabado violentamente con sus vidas. La lista es extensa: Safo, Pizarnik, Sexton, Plath, Tsvetaeva, Cowen, César, Storni, Woolf,… ¿Qué tienen en común, aparte de tratar de expresar sus sentimientos a través de la palabra? ¿es el no poder superar un amor no correspondido? ¿es el sentimiento de rechazo? ¿de no encajar en el mundo? No es el desenlace de sus vidas lo que le atrae, sino su poesía. Algo común a todas ellas prevalece en sus poemas que le es irresistible. Tal vez sea la crudeza de sus imágenes poéticas, la ausencia de eufemismos, la violenta belleza de sus obras lo que le sacude. En fin, es que no lo sé, porque no sé qué piensa esta mujer. Me intriga. Me intrigo. A ver qué hace ahora. De momento, apuntar los libros que desea tener próximamente: “Dejadme salir, dejadme entrar.”, “Follar con amor.”, “Quita tu cuello degollado de mi cuchillo.” y “Cántico inútil”. Ya lo advertí.

Creo o no creo.

Creo o no creo en el mundo. Creo o no creo en las personas. Lo cierto es que sí creo la mayoría del tiempo, porque quiero creer, porque me l...