Cut up. Eso sucede mientras me construyo. El señor de las moscas y la literatura del Siglo de Oro. Así son las cosas. Un poco de todo. Nada. Entretanto, El gran cuaderno con su portada anticuada y sus hojas amarillentas. Por fin he podido comprobar lo que es una librería de viejo. Ese olor rancio. Y el punk. Que me gusta en sus inicios pero después se vuelve cliché. O el perfil de Julien Temple tan poligonal, perfecto para ser dibujado. El color negro briznando mi cara. Y sueño con Where the wild things are. Sueño que tengo un mundo como aquel. Sólo tengo que cerrar los ojos para verme dentro. No puedo parar de repetir la pobrecilla mesa. Sublimar lo ínfimo. Veo la película basada en el libro de William Golding y me decepciono. Ralph no era tan buen chico ¿y dónde la plataforma rosa? Ni rastro de ella. Así son las cosas. La montaña rusa ha comenzado a girar.
Esther Cabrales (Madrid, 1973). Ha cursado estudios de Derecho y Filología Hispánica que jamás concluyó, porque, finalmente, el trabajo se impuso. Ha publicado Erosión (Renacimiento, 2017), Cuerpos (Renacimiento, 2019), Animal (Torremozas, 2021), Lengua muerta (Páramo, 2021), Mondo (Bajamar, 2024). Poemas suyos han sido incluidos en antologías nacionales, como son Rojo Dolor (Renacimiento, 2021), Distopía en femenino (Elenvés, 2023).
miércoles, octubre 28, 2009
miércoles, octubre 21, 2009
Es la mañana, y no yo, la que amanece abatida.
Mi camino se detiene
para que un hombre,
con su minúsculo perro, cruce la calle.
Yo paro. Él cruza. Nunca al contrario.
Me detengo
mientras me seduce una voz
al borde del susurro.
La voz de una madre, de una esposa, de una hija.
Es voz de amante.
Me detengo cuando
la canción desvanecida dice
que puedo ser la mujer que me sueño,
la otra, la de las alucinaciones,
la de los jardines extraños.
Como una armónica dolorida
reanudo la marcha.
En el cielo, -en mi cielo-
nubes desesperadas
buscan un lugar donde morir,
y siento que me quiebro
como una hoja seca
cuando advierto que soy yo
quien las va siguiendo.
Mi camino se detiene
para que un hombre,
con su minúsculo perro, cruce la calle.
Yo paro. Él cruza. Nunca al contrario.
Me detengo
mientras me seduce una voz
al borde del susurro.
La voz de una madre, de una esposa, de una hija.
Es voz de amante.
Me detengo cuando
la canción desvanecida dice
que puedo ser la mujer que me sueño,
la otra, la de las alucinaciones,
la de los jardines extraños.
Como una armónica dolorida
reanudo la marcha.
En el cielo, -en mi cielo-
nubes desesperadas
buscan un lugar donde morir,
y siento que me quiebro
como una hoja seca
cuando advierto que soy yo
quien las va siguiendo.
domingo, octubre 18, 2009
domingo, octubre 11, 2009
miércoles, octubre 07, 2009
lunes, octubre 05, 2009

Será la primera vez que salen sin mí.
Tan lejos.
Claro que, jamás han salido.
Van al Banderín 51.
Les he dicho que se porten bien.
Me lo han prometido.
Estoy muy feliz
pero asustada.
Nota de prensa en:
miércoles, septiembre 30, 2009
martes, septiembre 29, 2009
Le Pont Neuf.
Aquella morfología femenina de curvatura doliente se pone un vestido nuevo. Es azul noche, todo drapeado, ajustándose a cada giro de su vertiginosa piel. Las medias de cristal doran el color de sus piernas, avecinándola a lugares remotos como Tikal o Cancuén, en donde las mujeres lucen pieles tostadas al sol. Sus piernas se alargan casi con demencia por los tacones afilados. Frente al espejo, se atusa el cabello, disponiéndolo, con ayuda de unas horquillas negras, en un moño italiano. Pone rubor en sus mejillas y brillo en los labios. Se peina las pestañas y perfuma su nuca. Un tocado de redecilla cae sobre sus ojos ocultándole la mirada.
Nadie diría que ha pasado la noche en vela, haciendo tintinear los hielos de un vaso infinito.
Nadie diría que acaba de matar una botella de ron hasta su total devastación y ha vomitado bilis.
Sale por la puerta de casa y tras las mirillas, las vecinas la observan en un malicioso silencio. Todas prohíben a sus maridos siquiera mirarla, pero, por ella, los muy cretinos, se tumbarían como alfombras rojas, para que ella pisara sobre sus cuerpos blandos y dóciles y les clavara dulcemente los tacones de aguja. Por eso, ella baja los escalones contoneando sus caderas como una marea mortífera, y sus vecinas se escandalizan sin saber que, en cierto modo, también ellas la aman.
Así es como se aleja de su inmundo vecindario hasta llegar a Le Pont Neuf. Una vez allí adopta su postura habitual de hiena y espera a que algún necio la aborde.
Nadie diría que aquella mujer es incapaz de amar.
Nadie diría que, como todas las mañanas, se dirige a su lecho de muerte.
Nadie diría que abrazará una vez más la lluvia mansa bajo las sábanas.
Para la ocasión, volverá a darse por muerta en aquel oscuro reino.
Nadie diría que ha pasado la noche en vela, haciendo tintinear los hielos de un vaso infinito.
Nadie diría que acaba de matar una botella de ron hasta su total devastación y ha vomitado bilis.
Sale por la puerta de casa y tras las mirillas, las vecinas la observan en un malicioso silencio. Todas prohíben a sus maridos siquiera mirarla, pero, por ella, los muy cretinos, se tumbarían como alfombras rojas, para que ella pisara sobre sus cuerpos blandos y dóciles y les clavara dulcemente los tacones de aguja. Por eso, ella baja los escalones contoneando sus caderas como una marea mortífera, y sus vecinas se escandalizan sin saber que, en cierto modo, también ellas la aman.
Así es como se aleja de su inmundo vecindario hasta llegar a Le Pont Neuf. Una vez allí adopta su postura habitual de hiena y espera a que algún necio la aborde.
Nadie diría que aquella mujer es incapaz de amar.
Nadie diría que, como todas las mañanas, se dirige a su lecho de muerte.
Nadie diría que abrazará una vez más la lluvia mansa bajo las sábanas.
Para la ocasión, volverá a darse por muerta en aquel oscuro reino.
domingo, septiembre 27, 2009
Entomología
Este escarabajo en mi pecho,
este aroma rancio.
El
alfiler
de
plata
este aroma rancio.
El
alfiler
de
plata
en tus manos,
apuntándome.
Esta muerte.
Esta muerte.
martes, septiembre 22, 2009
Y con la cabeza sobre tu pecho
oscilando en la penumbra
sin pensar
o, por qué no, pensando en las orillas de este poema
que se circunscribe en el silencio,
en el viento abisal de tu voz quebrada,
en el lenguaje incoherente del amor,
en Ciorán y en todos los apátridas del tiempo,
en nuestros hijos –esos que no han nacido y que jamás nacerán-,
en los poetas muertos,
en las bocas llenas de flores,
en el tiempo que caerá sobre mis manos,
sobre nosotros en la penumbra en el dolor de palabras extranjeras como amor poema o yo.
oscilando en la penumbra
sin pensar
o, por qué no, pensando en las orillas de este poema
que se circunscribe en el silencio,
en el viento abisal de tu voz quebrada,
en el lenguaje incoherente del amor,
en Ciorán y en todos los apátridas del tiempo,
en nuestros hijos –esos que no han nacido y que jamás nacerán-,
en los poetas muertos,
en las bocas llenas de flores,
en el tiempo que caerá sobre mis manos,
sobre nosotros en la penumbra en el dolor de palabras extranjeras como amor poema o yo.
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Creo o no creo.
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