Mojó mi deseo fósil la apetecida lluvia.
Lo hizo blanda realidad y ahora
es tiempo de temblar, pienso,
pero como lo haría el trigo al viento,
resistiéndole espigado.
Así yo a tu miedo,
oponiendo con grácil gesto
toda adversidad.
Piedra flácida
que exponencial crece
apuntando al día abovedado,
acercándose despacio al sol.
Canto que a trompicones rueda
quiere el viento pulirte
en su sueño de redonda arquitectura,
ah, de nada te servirá esquivarlo,
procura tu solidez a las caricias
que a tus aristas moldearán
y oponte como un verso lo hace al miedo.
¿Qué otra lluvia podrá complacerme ya
sino ésta templada
que parece relegado vestigio?
Esther Cabrales (Madrid, 1973). Ha cursado estudios de Derecho y Filología Hispánica que jamás concluyó, porque, finalmente, el trabajo se impuso. Ha publicado Erosión (Renacimiento, 2017), Cuerpos (Renacimiento, 2019), Animal (Torremozas, 2021), Lengua muerta (Páramo, 2021), Mondo (Bajamar, 2024). Poemas suyos han sido incluidos en antologías nacionales, como son Rojo Dolor (Renacimiento, 2021), Distopía en femenino (Elenvés, 2023).
viernes, junio 11, 2010
domingo, mayo 30, 2010
Dibujo sobre un poema de Begoña Callejón
viernes, mayo 28, 2010
Atlas de divagantes
Este es el video que diseñé para la presentación. Fue emocionante.
Gracias a todos los divagantes.
miércoles, mayo 26, 2010
Atlas de divagantes. Presentación del nº 1.

Mañana presentamos Atlas de divagantes una revista poética que nace en la biblioteca de la Fundación José Hierro, un lugar muy especial en el corazón de aquella casa. Allí, unos cuantos divagantes, locos o no, leemos, escribimos, soñamos y disfrutamos. De nuestras intensas reuniones nace AdD, y mañana, día 27 de mayo de 2010 nos gustaría invitaros a conocerla.
Lugar: Centro de poesía José Hierro c/ José Hierro, 7 (Getafe)
Hora: 20 h.
sábado, mayo 22, 2010
jueves, mayo 20, 2010
lunes, mayo 17, 2010
martes, mayo 11, 2010
miércoles, mayo 05, 2010
OJOS DE PEZ
Esta pasión mía por los peces, no se fraguó con el arrullo del mar de fondo, sino en la cocina de mi abuela, con aquel acogedor cacharreo. Mi infancia transcurrió en el pequeño patio de cemento, habitado por macetas rojas donde florecían admirables selvas domésticas que acogían toda suerte de insectos. Era un lugar fresco, por lo sombrío, y durante las vacaciones estivales era agradable pasar el tiempo allí, arrodillado, jugando a matar hormigas, arrojando sobre ellas un espumoso salivazo blanco. Verlas naufragar de su Nautilus era todo un acontecimiento. Mientras, mi abuela canturreaba desde dentro de la cocina coplas y preparaba la comida con suma dedicación.
Cuando traía pescado fresco, no me apartaba ni un instante de sus faldas. Me gustaba ver cómo lo destripaba, abriéndolo en canal desde la ijada hasta la cola. Primero les cortaba las cabezas con una tijera enorme, y un sonido estremecedor hacía que algo dentro de mí temblara. Luego las iba dejando a un lado, de modo que la montaña de despojos parecía arraigar en la encimera de mármol, y el perfume nauseabundo iba invadiendo el hogar. Mis pequeñas y aburridas manos buscaban entre ese viscoso y maloliente vertedero el modo de entretenerse, y aquellas cabezas atentas parecían llamarme en silencio. Así que, una por una, les iba arrancando los ojos y dejándolos apartados en un montoncito. Después, mis dedos regordetes espachurraban cada una de esas gelatinosas esferas y extraía de su interior unas preciosas perlas nacaradas, que ni las más recónditas ostras del Pacífico podrán jamás soñar, y con ellas fabricaba unas lindas pulseritas para Violeta, la niña guapa. A ella le fascinaban todas aquellas joyas que yo le regalaba, y preguntaba con insistencia el origen de aquel secreto tesoro que sólo yo conocía. Jamás lo confesé, pues algo pérfido parecía ocultarse bajo el velo de mi generosidad.
Sin más, Violeta, la niña guapa, lucía mis reliquias con un rostro esplendoroso y sus ojos centelleaban de emoción. Así fue como un buen día el terror asaltó despiadadamente mi vida, pues supuse que aquellos ojos abisales, los de Violeta, la niña guapa, debían esconder la más preciosa perla que jamás pudiera alcanzar. La perla que removería mi perversa curiosidad infantil.
Cuando traía pescado fresco, no me apartaba ni un instante de sus faldas. Me gustaba ver cómo lo destripaba, abriéndolo en canal desde la ijada hasta la cola. Primero les cortaba las cabezas con una tijera enorme, y un sonido estremecedor hacía que algo dentro de mí temblara. Luego las iba dejando a un lado, de modo que la montaña de despojos parecía arraigar en la encimera de mármol, y el perfume nauseabundo iba invadiendo el hogar. Mis pequeñas y aburridas manos buscaban entre ese viscoso y maloliente vertedero el modo de entretenerse, y aquellas cabezas atentas parecían llamarme en silencio. Así que, una por una, les iba arrancando los ojos y dejándolos apartados en un montoncito. Después, mis dedos regordetes espachurraban cada una de esas gelatinosas esferas y extraía de su interior unas preciosas perlas nacaradas, que ni las más recónditas ostras del Pacífico podrán jamás soñar, y con ellas fabricaba unas lindas pulseritas para Violeta, la niña guapa. A ella le fascinaban todas aquellas joyas que yo le regalaba, y preguntaba con insistencia el origen de aquel secreto tesoro que sólo yo conocía. Jamás lo confesé, pues algo pérfido parecía ocultarse bajo el velo de mi generosidad.
Sin más, Violeta, la niña guapa, lucía mis reliquias con un rostro esplendoroso y sus ojos centelleaban de emoción. Así fue como un buen día el terror asaltó despiadadamente mi vida, pues supuse que aquellos ojos abisales, los de Violeta, la niña guapa, debían esconder la más preciosa perla que jamás pudiera alcanzar. La perla que removería mi perversa curiosidad infantil.
Cuento publicado en el número 43 de la revista literaria Cuadernos del matemático.
domingo, abril 25, 2010
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Creo o no creo.
Creo o no creo en el mundo. Creo o no creo en las personas. Lo cierto es que sí creo la mayoría del tiempo, porque quiero creer, porque me l...
-
T odo empezó mañana , cuando la niña rica se pregunta, mientras contempla sus dedos de porcelana qué hubiera sido de ella de haber nacido al...
-
Creo o no creo en el mundo. Creo o no creo en las personas. Lo cierto es que sí creo la mayoría del tiempo, porque quiero creer, porque me l...




