martes, noviembre 11, 2008

La ventana

Volví a mirar por la ventana. Aquella ventana triste que daba a un muro. Algo más arriba había otra ventana, pero no era como la mía. Ésta era oscura como la boca de un ogro. Nunca había visto a nadie asomado a ella. Tal vez por eso la observaba con tanto interés. La contemplé un instante más, con los papeles aún en la mano y la mirada perdida en la negra densidad. Me había dado cuenta de que se había convertido en una acción reflejo. Dejé los papeles sobre la repisa y di media vuelta hacia la mesa de trabajo, con ese sentimiento de derrota e incapacidad de comprensión que nacía siempre de aquel encuentro con la nada.

Ya era la hora. Recogí la cazadora vaquera del respaldo de la silla, me la puse y me marché arrastrando los pies. Me cegaba el gris del cielo. Todo parecía igual. La calle con los mendigos tan bien situados, con sus harapos y las manos sucias, y esas pastelerías de petit croissant justo al lado de ellos, con gente guapa que sale y que entra, que mira y sonríe y se besa. El bullicio y el tráfico moviéndose de aquí para allá. Llegaría tarde a la visita. Era evidente. El semáforo no terminaba de cambiar a verde. Después el cíclope metropolitano atestado de pequeños hombres y mujeres, igualitos unos a otros, con esos dichosos móviles sonando a bachata. Todos quieren entrar. Todos quieren salir. Todos hablan a un tiempo. Ese mismo tiempo que no para.

A la salida, el hospital se alzaba ante mi como una gran montaña blanca. Pasillos, doctores, batas verdes y ese olor nauseabundo a comida caliente y anestésicos. En la habitación, sólo la paz y ella. El dolor se pasea de puntillas, casi sin decir que está. Le di un beso en la cara. Pensé que era más pequeña que antes. Miré sus dedos blandos, sin uñas. Su cabeza sin pelo. Se me llenaron los ojos de llanto. Dejé el bolso sobre la escuálida silla y me quité la cazadora. Quedaba poco tiempo para todo. Ese tiempo que no para. Al fondo, había una ventana. Otra ventana. Me acerqué hasta allí y volví a mirar a través de ella, buscando no sé qué, sin saber, que la boca de ogro estaba allí, a mi lado, con su aliento acariciándome el cuello.

viernes, noviembre 07, 2008

Es cierto. Me vino bien.
Necesito esa música para mecerme en su canto apenado.
Y necesito más.
Como pensar en árboles.
En raíces profundas.
Perderme en el camino.
Y continuar avanzando.
Recoger frutos.

(¿Dónde están?)

Quizás sea temprano.
Dentro queda arena.


Tal vez una causa perdida.
(Quién sabe.)


Pero para qué detenernos. Es pronto.

¿Has escuchado a los búhos?
Me dan miedo.
Son tan bellos y tan oscuros...

A veces, cuando cierro los ojos, mi oscuridad se hace bosque.
Y el miedo, acude graznando a picotear mis sueños.
Pero para entonces, ya he abierto los ojos.

Hay un pájaro azul en mi bolsillo.
Se revuelve tranquilo.
Aún queda camino.
Tal vez, el final llegue algún día.





(Gracias por la canción.)

lunes, noviembre 03, 2008

La extraña mirada.

Encontré en su mirada

el viento del desprecio

que arrastraba años de llanto,

siglos de apatía.
Añoraba

el brillo del perdón

una estrella de nueve puntas

necesitaba balcones,

terrazas,

ventanas,

una sandía crujiente,

agua dulce y blanda.

La indulgencia se abriría

como un patio de lilas frescas

bajo el novilunio de nuestras bocas.

 
Esperaba el momento

en que la ciega familia

cesara su maltrecha andadura,

hacia el horizonte de tiralíneas,

que el gato continuara lamiéndose el lomo,

los geranios brotaran zumo de incienso,

que los adioses flotaran con otro viento

con aire de abrazos,

de besos.

 
Pero encontré en su mirada

la extraña indiferencia

del que no entiende nada.

Cuando nada

es una verdad de nubes raudas

de veletas furiosas

de pelo agitado

de lágrimas.

Nada, es un niño

que espera a gatas

al amor vencido.

 

martes, octubre 28, 2008

Distancias

Entre tu vida y la mía

existe un espacio de tiempo yermo,

que nos secciona

y nos prodiga

en una falsa cercanía

de fantasmas. Distancias.

Soy un cuerpo incorpóreo

de materia etérea.

Tócame. No me toques.

El camino es largo

para quien lleva en los ojos

una venda negra y certera.

Avanzo ciega por un camino baldío

esperando encontrar tu presencia,

y rozar las espinas de tu lengua con la mía.

Salvo distancias, turbada,

espinas, llagas,

y la lejanía no calma

este dolor de abandono

que se instala en mi cama.

Es la distancia la que me salva

de tamaña agonía.


lunes, octubre 20, 2008

Miedo


Todas las noches

un hombre extraño

en pijama y zapatillas

lee el periódico

sobre el sofá de mi salón.





jueves, octubre 16, 2008

Henry

¿Cómo es posible? ¿eh Henry? dime ¿cómo es posible? Será que en novela negra, Henry, abres un mundo que no abren otros. Ni Juan, ni Guillermo, ni siquiera Enrique. Un mundo de humo, y lluvia. Un mundo de cloaca y mujeres hermosas, rotas. Pero estamos aquí Henry. Y decir aquí es decir tierra de olivos. De Soberano. Esto no es Chicago Henry. ¿Y las conversaciones? Te comprendo, Henry. No es lo mismo ¿verdad, amigo? No es igual preguntar "ey Henry ¿viste cómo quedaron los Rangers? ¡qué partidazo! Somos americanos, ¿eh Henry? Los putos amos." No es lo mismo. No. No es igual pedir al barman un whisky doble sin hielo, y mirar de soslayo a ese tipo inhabitual en el Night Club. No. En novela negra no es lo mismo. No es igual Sabina que Waits. No. Te entiendo Henry. Entiendo que viéndote a ti, uno piense en gánsters, en ley seca, en sangre. "¿Ey Henry, irás el Día de Pascua a ver al Padre Benjamin?" Irás Henry. Y darás tu mano al Padre. Con la otra guardarás tu BlowBack. Y llegarás a casa. Tu mujer te estará esperando con un pastel de manzana recién horneado. Y le darás un beso. Un beso de amor verdadero. ¿Verdad Henry? Y los niños. ¿He dicho los niños? Porque tendrás hijos Henry. Los niños saltarán de alegría al verte. Se subirán sobre ti. ¡Papi! gritarán. Ellos no saben. Tranquilo Henry. Duerme. Yo también lo sé. Por eso, para mi, tu nombre sobra.

Creo o no creo.

Creo o no creo en el mundo. Creo o no creo en las personas. Lo cierto es que sí creo la mayoría del tiempo, porque quiero creer, porque me l...