miércoles, octubre 16, 2024

Difácil

Michael EndeMe gustaría saber si, en este tinglado de la vida, todo es tan difícil como parece o si, por el contrario, todo es tan fácil como parece. ¿Somos quienes queremos y creemos ser, o somos quienes nos impelen a ser? Y no queda ahí la cosa, así es mi curiosidad; ¿sabemos lo que creemos saber o sólo sabemos lo que nos permiten saber? ¡Ah, querida! Hablas como si vivieras inmersa en el argumento de una novela de Ende.


Curiosamente -hago un inciso- escribí por puro fisgoneo en el buscador de Google esta frase “sólo sabemos lo que nos permiten saber” y el primer resultado que me devuelve es un artículo publicado en la web de ediciones Ende que trata sobre los principales tipos de narradores. En general, esa frase “sólo sabemos lo que nos permiten saber” da como resultado, en gran medida, a páginas que hablan de los tipos de narradores en la literatura, ¿no es esto muy hermosamente random? ¿no está todo muy preciosamente conectado?



El caso es que he llegado a una edad en la que las preguntas que me formulo pocas veces tienen una respuesta, sino satisfactoria, al menos, una simple respuesta. He debido entrar en la etapa de las preguntas trascendentales sobre la vida, la etapa del pensamiento crítico, de la reflexión sobre la vida, del autoconocimiento y blablablá.  Por lo visto, hay ciertas preguntas que nos preocupan a los adultos; las formulamos, pero no sabemos responderlas. Yo por más que intento responder a la pregunta ¿se puede parar una guerra?, y si sí, ¿cómo?, creerán que estoy loca si les digo que, de repente, sólo me vienen a la memoria los poemas de Gloria Fuertes. Ella sí que sabía parar una guerra.


Ilustración Gloria Fuertes
Gloria Fuertes vista por Esther Cabrales



En fin, que sigo aquí, en mi círculo nihilista que últimamente transito. Y es que, en definitiva, no he dicho absolutamente nada. 

Así es esto que llamamos lenguaje.


domingo, octubre 06, 2024

Dibujar

 


¿Os
he contado alguna vez que dibujar, ese momento que tiene algo de ritual, de magia, hace que pueda desaparecer de la escena? Es tal la abstracción, el ensimismamiento, que olvido, por ejemplo, que tengo hambre o sueño. Por olvidar, olvido que me duele el cuello al forzarlo en el ejercicio artístico. Olvido que soy yo, Esther. Olvido que la vida no se ha detenido y, cuando levanto la cabeza, ha caído la noche. Olvido que mi madre ha muerto, lo cual es bastante tranquilizador.


De modo que, dibujar, podríamos decir, funciona como bálsamo, como ungüento, como aceite de unción, "te unjo con óleo" y no sentirás dolor, olvidarás, por un momento, lo triste, no sentirás el peso de la vida. Así que, dibujo. Dibujo como una niña, como una loca, como si la vida me fuera en ello.

miércoles, septiembre 18, 2024

Ilustración de Esther Cabrales
No nos conocemos. Yo, apenas me conozco. He superado el medio siglo y me soy una completa desconocida. Y eso que paso mucho tiempo conmigo. A veces hasta me aborrezco. Pienso, esta mujer, por dios santo. Y estoy observando que le ha dado por indagar en las mujeres de la generación beat. Algo que debería haber hecho a sus veintitantos. Sí, ya sabes, Kandel, Di Prima, Cowen. Me pregunto a qué se debe ese retroceso. Esa mujer que soy no deja de sorprenderme. Quiere saberlo todo, aprehenderlo todo y, sin embargo, cada día sabe menos. No sabe nada. Quizás por eso intenta, una y otra vez, demostrar. Demostrar cosas. Pero, en realidad, esa mujer que soy, o que creo que soy, no es más que una criatura torpe e ignorante. Así pues, busca referencias en aquellas poetas. Y ahora viene la siguiente cuestión, por qué diablos se fija en todas aquellas que han acabado violentamente con sus vidas. La lista es extensa: Safo, Pizarnik, Sexton, Plath, Tsvetaeva, Cowen, César, Storni, Woolf,… ¿Qué tienen en común, aparte de tratar de expresar sus sentimientos a través de la palabra? ¿es el no poder superar un amor no correspondido? ¿es el sentimiento de rechazo? ¿de no encajar en el mundo? No es el desenlace de sus vidas lo que le atrae, sino su poesía. Algo común a todas ellas prevalece en sus poemas que le es irresistible. Tal vez sea la crudeza de sus imágenes poéticas, la ausencia de eufemismos, la violenta belleza de sus obras lo que le sacude. En fin, es que no lo sé, porque no sé qué piensa esta mujer. Me intriga. Me intrigo. A ver qué hace ahora. De momento, apuntar los libros que desea tener próximamente: “Dejadme salir, dejadme entrar.”, “Follar con amor.”, “Quita tu cuello degollado de mi cuchillo.” y “Cántico inútil”. Ya lo advertí.

jueves, septiembre 12, 2024

Palabras de Jorge Pérez Cebrián para MONDO

Jorge Pérez Cebrián
No conocemos la realidad. Ante ella se nos pone entre paréntesis la voz, o nos cubrimos de una pasión cualquiera tras la que justificar la soberbia de nombrarla. Pero no es ahí, en esa realidad de ley y ciencia, donde sucedemos. Más allá de lo real, vivimos. Vivimos como un incendio incontrolable, habitando y habitados por la titubeante verdad de un mundo vivo. Para este animal que somos, la verdad no es ley sino algo que acaso sólo cabe en un corazón ambiguo, habla la lengua de la contradicción, danza en el auge y la caída de los sueños y no la desacredita un imposible. Descubrir la vida es descreer de un mundo que se deje describir del todo, porque su sola contemplación sincera nos diluye el idioma: porque intentar decirlo es medir su tumba. Y es aquí donde una sensación perdida vive tan cierta, cualquier dolor tan necesario, como un tango que alguna vez pasó en alguna parte, como la minuciosa vacuidad que compone el tiempo o la indeleble felicidad que anuncia la nostalgia o la promesa. No busquemos más. En estas hojas arde   su calma el mundo. Sucede la mirada, la voz de quien se sabe vida en cada cosa. Porque quizá tan sólo en el instante mínimo, en el aire que respira entre palabras o en la nimia voluntad de ser a tientas, quepa al fin la vasta e inabarcable verdad que estamos siendo. Porque es aquí donde la vida ocurre: en la humilde grandeza de sabernos mundo.



viernes, agosto 30, 2024

El placer.

 

Hace tiempo que no escribo nada aquí. Solía hacerlo. Divagaba. Bueno, sería más exacto decir que hace tiempo que no escribo nada ni aquí ni en ninguna parte. Ahora, ya más mayor, sólo leo. Pero por qué no hacerlo ahora. Escribir digo. Divagar, como en los viejos tiempos. Es la tristeza la que me apremia. Yo quiero disimular, como que no, pero tengo mucho que decir. Otra cosa es que deba hacerlo. Otra cosa es cómo debo hacerlo. Con qué forma, con qué fin. En el libro El placer del texto, de Roland Barthes, que leo furtivamente entre mis obligaciones, subrayo mucho. Cosas sueltas. Veamos, por ejemplo, “el texto es un objeto fetiche y ese fetiche me desea”, […],” en el texto, de una cierta manera, yo deseo al autor.”





                                    

Vale y qué. Son apuntes que realmente sólo me ayudan a pasar el tiempo. Tratar de entender a Barthes es tratar de que el tiempo pase rápido. Paradójico, ¿verdad? Cuanto más complejo es el texto, mayor concentración requiere y mayor abstracción precisa. Aunque el libro que tengo entre manos no es éste, precisamente, sino El tambor de hojalata, de Günter Grass. Yo tenía una vaga idea de este libro, tan sólo por el actor David Bennent, -Oscar y su flamante tambor de hojalata en el libro-.



Y había imaginado, puesto que imaginar es inherente a nuestra naturaleza, que se trataba de una historia terrible. Aún no lo sé, no lo he acabado, en realidad llevo poca lectura, la que me permite la apretujada vida que llevo, pero lo cierto es que me estoy riendo con la voz del narrador -que es Oscar-, que me recuerda un poco a mí misma. Ahora bien, me he tenido que hacer un esquema con los personajes porque me abruman sus impronunciables nombres.

Debo confesar que he comenzado el texto con una mentira, puesto que sí escribo, poco, pero escribo. Tengo un puñado de poemas eróticos. No en plan Leonore Kandel. Buscad e indagad. Tiene una anécdota brillante. Yo sólo conozco, parcialmente, Follar con amor. Es una compra que aún tengo pendiente. Aquí está la edición de Torremozas disponible.





No me siento cómoda siendo líricamente explícita, pero sí eróticos en cuanto a exaltación del deseo y aceptación del cuerpo como elemento sustancial en el gozo de la sensualidad. Poemas desde el deseo con cierto fondo nihilista. Y también tengo un trabajo muy personal, muy de mi vida, un canto a la familia, al que aún le falta tomar forma. De modo que, mentir así, tampoco es tan grave. Lo que sí lo es, es marcharse furibundamente, arrastrado por la tristeza. Eso es más grave, sí. Y lo siento, Gomtran.

lunes, mayo 27, 2024

Texto de Ana Castro para la presentación de MONDO.

Presentación del poemario Mondo en la librería madrileña Enclave de Libros.
 A Esther Cabrales me une mucho más que Rojo-Dolor, la antología de mujeres poetas en torno al dolor en la que incluí algunos de sus poemas. Compartimos Cuerpos, el segundo poemario de la autora, publicado en la editorial Renacimiento (si, somos compis de editorial), que llegó a mis manos recomendado por Christina Linares. Entonces lo supe: la poesía de Esther y la mía estaban unidas por un hilo fino y poderoso, cual tela de araña a lo Louise Boirgeois. Su cuerpo era el mío; yo también habitaba esas páginas. Después de semejante descubrimiento, no he dejado de seguirle la pista y llegó Erosión, el primer poemario de la autora (yo los leí en el orden opuesto), y ya caí rendida: nuestra poesía dialogaba, El cuadro del dolor quedaba engarzado a su Cuerpos y Erosióny así, nosotras, por una especie de cordón umbilical del que las distancias y los horarios de trabajo demenciales de Madrid no nos han dejado disfrutar todo lo que nos gustaría. A estos dos libros publicados, le siguieron Animal y Lengua Muerta.

Con Mondo me sucede algo parecido. Llega justo cuando la pequeña libretita que llevo conmigo a todas partes comienza a llenarse, sin ser algo característico en mi escritura, de poemas que exaltan el amor y la ilusión, como los que encontraremos en las páginas de este libro, sin dejar a un lado que, para que estas emociones existan y sean valoradas como tal, también deben existir sus contrarios: el dolor y la pérdida.

Aunque el amor sea el tema central que articula Mondo –el amor como reacción a la vida deshilándose–, no empacha ni embriaga, que bien sabe administrar Esther “los chismes del afecto”. Así, articula un complejo equilibrio para huir de lo cursi y, simplemente, invitarnos a bailar un tango, a escribirlo paseando juntos de la mano o presentarnos su crudeza (“el amor / es también ese bebé / bajo los escombros, / llorando con desesperación / al que, a duras penas, accedemos, / por mucha pasión que le pongamos”), cuando el amor acaba sirviendo sólo como “argumento / de un poema por escribir / un poema terrible”, de muy mal gusto, que terminamos no escribiendo porque adoramos “la estética del vacío”. He aquí otra de las claves del libro: el vacío, la soledad, y las “palabras llenas de vacío”, de las que hablaremos más tarde.

Sin embargo, sus poemas están llenos de un hambre de esperanza e ilusión (contagiosas, que conste) –“qué diablos, por fin hoy, / nada importa tanto”–. Y es que Esther persigue la búsqueda de un refugio contra las inclemencias meteorológicas de la vida, que ni es tan bonita como nos habían contado, se sucede con un carácter reiterativo incontestable y está llena de prisas y angustias por no llegar a todo.

Me gustaría recalcar dos ideas fundamentales presentes en Mondo –en línea con lo que la autora llama “poesía que sabe a mañana”– y que para mí, tal y como concibo la vida y la poesía son esenciales: la soledad y la fuerza propia. Esther escribe que estamos solas, solas con nuestra voz y nuestros libros, pero solas, y que en nuestro interior hay una “fuerza desconocida / que viene de la rabia por salvarse”.

Haya o no amor, en ese futuro que nunca nos cuadra y que una noche de repente se nos echa encima, prevalecen el vacío, el desgarro, la ausencia, la soledad pero también la fuerza dentro de nosotras mismas para contrarrestar todo lo demás. Porque vivir con los ojos abiertos y el corazón cerrado, vivir así, da miedo, y cómo contarlo, si a veces todo se reduce a la búsqueda de una palabra que nos haga mejores. En Mondo, Esther, sin duda, la ha encontrado.


jueves, mayo 09, 2024

Palabras para escribir el mondo. [Rocío Rojas-Marcos]

 Palabras para escribir el mondo.


Mondo titula este poemario Esther Cabrales, mondo, como mundo en italiano, o mondo como algo despojado de pelo o dinero especifica el diccionario. Y así, entre esas dos posibilidades se abren camino los versos de estos poemas. Entre el mundo completo al que la autora quiere dejarnos entrar, un mundo despojado de florituras, sin alardes, sin excesos, pero cerrado como en un círculo perfecto sobre sí mismo, “A cal y canto” como titula uno de los poemas, así queda cerrado el mundo incluido en estas páginas cuando escribe “Da miedo/vivir da miedo”, para llevarnos hasta el borde del abismo desde el que intentar no caer, pero sí sentir ese miedo real al que nos enfrenta. Miedo no a los incendios, ni a las guerras. Miedo no a los abusos, ni a las muertes. Miedo a las palabras vacías, y es que qué da más miedo que eso. Pues si un incendio arrasa y la muerte inesperada nos destroza, las palabras vaciadas de significado, utilizadas para manipularnos y manipular lo que nos rodea, se convierten en el arma más peligrosa que podamos imaginar. Eso sí da pánico.

Conforme avanzamos por los versos de estos poemas vamos encontrando esas ideas fuerza que los tensionan. Esos hilos invisibles que establecen vínculos entre palabras como soledad, cuerpos, ausencia, regreso o vacío. Palabras que aquí no son de las que dan miedo, no son de las vaciadas, sino todo lo contrario. Palabras que se cargan con toda su capacidad, todas sus acepciones, incluso que se contagian unas de otras para enriquecer cada uno de sus campos semánticos. Entonces discurrimos de continuo por estos versos, se establece entre ellos un ritmo sinuoso que nos hace desplazarnos de un modo continuado, que nos impide dejar la lectura para después. En este avance sin pausa Esther Cabrales nos lleva de la mano por unos poemas en los que la primera persona se ha apoderado de la voz dominante y nos traslada hacia el futuro que se plantea a lo largo de la obra creada. Entonces al leer y a deshora se llega/ a nuestro futuro/ que, también te digo, nunca cuadra/y la noche se nos echa encima, parece que nos adentramos en ese mundo cernudiano de desequilibrio entre la realidad que vivimos y el deseo que proyectamos. También encontramos ecos de esa desazón antigua, ecos de amores fracasados y otros ritualizados, mientras el padre amado se aparece y se asoma desde su “Mondo” para terminar siendo el mayor de los maestros poetas de Cabrales. 

Cierra el libro una Declaración de intenciones. Si antes decía que a lo largo del libro la autora desea llevarnos de la mano hacia ese futuro que parece situarse en el desajuste, al llegar al final la obra se ilumina gracias a la luz que entra por las rendijas de una persiana. Así tú con mi vida dice el verso que cierra el poemario, afirma la declaración que Esther Cabrales lanza al futuro, lanza al mundo, o al mondo, o al aire mondo de asperezas, límpido y luminoso. Entonces aparece el punto final y todo lo creado para nosotros a partir de esas palabras cargadas de fuerza cobra sentido mientras se cierra, como decía, a cal y canto para dejarnos permanecer dentro.

ROCÍO ROJAS-MARCOS 


miércoles, diciembre 22, 2021

Lengua muerta



La grandeza de la poesía no reside en su dimensión de respuesta, y se equivoca quien persigue en un verso autoayuda alguna: si algo tiene de valioso el poema, muy al contrario, es su capacidad para generar preguntas, para afinar la melodía de la interrogación. 

Esther Cabrales, poseedora de una voz inconfundible (tan audaz y tan penetrante como poquísimas del panorama contemporáneo), continúa la tarea de indagación de sus anteriores poemarios con esta Lengua muerta en la que todo habla del todo en un idioma desconocido, por lo cercano; presente, por su esencia inalcanzable; íntimo, por su vocación colectiva. 

La intuición de la verdad alienta cada línea de este libro; hay un vislumbre de lo real en cada perspectiva, porque late en sus páginas una serena y humilde aceptación de la duda, por encima de la torpeza envanecida del verbo humano.


Francisco José Martínez Morán


Lengua muerta

Esther Cabrales

Ed. Páramo

jueves, marzo 25, 2021

Reseña de Animal por Andrés García Cerdán en la revista Epicuro



El animal más hermoso
Andrés García Cerdán

¿Hay todavía en nosotros
una espiga de trigo?
-Pedro Casariego Córdoba-

Conocí a Esther Cabrales una de esas tardes en que el verano nos recuerda que está ahí para quedarse. Hablamos de sus acuarelas, de sus heterónimos, de la literatura, de Nick Cave, de Ida Vitale y Anne Carson, de Pedro Casariego Córdoba. A lo largo de estos últimos años, con una entrega muy despierta, la he visto y la he leído en sus dibujos y en sus libros, Erosión (2017) y Cuerpos (2019), ambos publicados por Renacimiento. Me pareció desde el principio una voz viva con una intuición rabiosa e iluminada de la intimidad. Nada de eso ha cambiado.

Esta mañana unos versos suyos (“El mundo / no es sólo un mundo. / El mundo / es un mundo dentro de otro mundo / que llevo en mi boca.”) me han recordado a Stephen Spender: World within a World. Es hermosa la imagen. Círculos que se entrecruzan y se incluyen, que se acogen y se reflejan y se proyectan, el lenguaje y la realidad, las palabras y la vida. Una continuidad imparable, se podría decir, y la conciencia de que el mundo es mucho más nuestro cuando lo decimos. ¿Es esta la antigua batalla de Juan Ramón cuando pide a la inteligencia el nombre exacto de las cosas? Un poeta tiene ante sí una empresa fabulosa: crear de nuevo el mundo al decirlo, regresar al tiempo en que palabras y cosas eran lo mismo, cuando todo era tan reciente que la realidad no tenía ni siquiera nombre. 

Inaugurar como un animal de deseo y lenguaje el mundo es lo que hace en este nuevo libro Esther Cabrales. Decirlo con su boca. Y no es en vano que encabece este Animal una cita de Juan Bonilla para lamentar que la palabra lluvia ya no suscite la lluvia, que el fuego de la palabra fuego no queme. Elegía de un paraíso perdido. La hermosa y viva cuestión que Platón se cuestionaba en el Crátilo: la intimidad entre palabra y cosa. La vieja nostalgia de un lenguaje adánico en que las palabras fueran el fuego y la lluvia. Que fueran magia y conocimiento y amor. Que las palabras fueran mito. Que nos protegieran.

La búsqueda del lenguaje que pudiera decirlo todo, ser todo, es una de las aspiraciones de este poemario. En su voz existe el deseo de ser comprendida, escuchada: “Para comprender mi tristeza / habría que quemar, al menos, un bosque. / Devastarlo.” En cada poema se busca la música original que nos permite decir, en toda su verdad inmediata, quiénes somos, y la contradicción en la que nos reconocemos, la pulsión entre el erotismo y el caos, y la pureza de un poema que a veces parece construido sobre los fragmentos que quedan del día a día. Se diría que este es un poemario fundado sobre la nostalgia de aquella ancient heavenly conection que Alain Ginsberg cantaba en Howl, de aquella superrealidad, la alta vida, que solo se podría restituir desde la palabra. “Qué acto puro / podría surgir de la destrucción / más que la poesía”, se pregunta. 

Esther Cabrales sigue las sendas del autoconocimiento y pretende responder en sus palabras limpias unas pocas preguntas esenciales: quién es, qué quiere, hacia dónde. Y parece necesitar que el poema, la emoción, el cuerpo sigan siendo la respuesta transparente y el lugar donde no caben los sueños dislocados, ni la erosión, ni la desaparición. El poema es la chaqueta de punto inglés del padre, que se conserva para que nunca se vaya del todo lo que hemos querido. También es un poema el cuerpo que nos salva en su sensualidad de las fracturas cotidianas. También las cuerdas invisibles que nos unen de ventana a ventana, las líquidas conexiones con el otro. También los libros que viajan con nosotros, en nosotros, desde su más pura inocencia, con todo su placer y su peligro: “Viajo con los libros a cuestas. / Donde quiera que vaya / me acompañan / páginas y más páginas. / Cojo trenes, taxis y leo.” 

El animal de estos poemas sueña y escribe y lee y espera y ama y camina. Conoce la impaciencia: “Para qué / seguir esforzándonos. / Para qué / amar tanto”. Conoce las rutas entre los trozos de algo y el dolor: “Ardua tarea la de caminar / entre tanto cuerpo / por los suelos, / tanta pierna, tanto brazo / dislocado.”  Y lo intenta decir todo en un lenguaje directo, explosivo, que se plaga de mínimas rupturas, de enumeraciones y frases entrecortadas. “Habita allí dentro / una hermosísima tempestad / agitando cuanto puede, / saliendo por los orificios nasales, / por los oídos, por la boca.” El poema tiene la extensión de esa tormenta interior, el ritmo de la respiración que no se contiene. Tomar aire para decir en un impulso único el desasosiego o la hermosura. Hay a veces un lenguaje que se da al aire como un balbuceo, como un grito, como una exhalación, como algo que no se puede retener dentro. Decir la necesidad de la emoción. Mirar fijamente “la luz cegadora / que proyectan los sueños imposibles.”

De regreso a casa, al lenguaje, somos en estos poemas, como ella, “un bosque impenetrable” y una niña perdida. Y, sin embargo, en nosotros sigue bailando esa espiga de trigo de Pe Cas Cor. La naturaleza, la atracción, la boca desde la que decimos nos construyen, están vivas en nosotros. Con Esther somos animales sedientos de amor. Somos el animal más hermoso, el que cree más que nunca en las palabras.

Fuenteálamo, 07 de noviembre de 2020



Animal

Esther Cabrales

Torremozas, 2021.

sábado, mayo 02, 2020

Elena Fortún


No, no era el cadáver del amor lo que iba a quedar trágicamente entre nosotros sino el de mi sinceridad…
Elena Fortún , Oculto sendero

Salvo miles de libros, no nos habíamos llevado nada.

Escribe Thomas Bernhard en Un niño que “cuando habla un hombre sencillo, es una bendición” y, además de ser una idea cierta, es tanto más ...