miércoles, mayo 30, 2012

Los brazos de Dios

Los balcones que rodean el convento, cuajaditos de geranios y petunias, evitan el gamberreo de los pájaros colgándose unos grandes pendientes plateados que, en un pasado no muy lejano, tuvieron una ocupación más melodiosa. Pues bien, cuando el sol sonríe y estira sus cabellos alcanzando estos balcones, hace refulgir los aros que se cuelan a través de los ventanucos del convento, y entonces, sor Obdulia, dubitativa en su reclinatorio, acompañada por una fe acróbata a punto de derrumbarse, es envuelta por cientos de halos de luz. Sólo entonces, junta las manos sobre su blando pecho, con tenacidad y reza ante tan abrumadora evidencia.

Texto publicado en Conseguir los sueños, Ed. Hipálage.

Salvo miles de libros, no nos habíamos llevado nada.

Escribe Thomas Bernhard en Un niño que “cuando habla un hombre sencillo, es una bendición” y, además de ser una idea cierta, es tanto más ...