viernes, noviembre 30, 2007

miércoles, noviembre 28, 2007

Desengaño

P rometió para sí mismo no volver a verla jamás,

después, se arrancó los ojos.

martes, noviembre 27, 2007

jueves, noviembre 22, 2007

Yo maté a Frida Khalo

Siempre amé a aquella muchacha de una sola ceja. La amé hasta la enfermedad. La amé aún sin saber lo que era el amor. Irracionalmente. Lo confieso. Cada día imploraba a mi dios de acero sentir su piel caliente sobre la aleación de mi brazo. El único modo de hacerme sentir mínimamente humano. Iba con ese muchacho. Ese tal Alejandro Gómez Arias. Aún lo recuerdo bien. Ella le miraba embelesada, perdida en el océano de sus ojos tristes y a mi me hervía la poca vida que no tenía. Charlaban de todo y de nada, pero su mano me tocaba. Era a mí a quien acariciaba. Y era mi alma ferrosa quien la protegía en aquel camión desaforado.

Pero he de reconocer que la idea de tomarla no se había pasado por mi cabeza. Soy capaz de amar desde la sombra. Eso ocurrió después, cuando el conductor del camión, borracho de velocidad, me hizo perder la cordura. Ése fue el día en el que murió Frida, y no como cuentan esas manidas biografías que nada saben de aquel entonces. Todo patrañas. Lo narraré y verán cómo, aunque oxidado, no miento.

Aquel hombre azotado por el alcohol conducía tan rápido como el viento en los acantilados, como la voz entre los valles. Todo se precipitaba y mi deseo se henchía como un globo rojo a punto de explotar, azuzado por los celos y por el calor de esa hembra. En la encrucijada, un tranvía se acercaba con paso lento. Nosotros acudíamos a su encuentro, raudos, alentados por la ignorancia. Dentro del camión unos reían. Ignorantes. Otros, gritaban. Espantados. Frida se abrazó a Alejandro. Alejandro se abrazó a la vida. Yo me enervaba viéndolos tan unidos. La velocidad venía vestida de muerte y presentí que ése era el día y no otro. Si no la penetraba en ese momento no lo haría jamás. Entonces, el camión y el tranvía chocaron. La gente, asustada, salió despedida por los aires. Yo me desgarré. Me separé de mi cuerpo y atravesé el vientre de Frida en busca de la comunión tan esperada. La penetré allí mismo con una fuerza exagerada.

Después del vértigo, todo fue nada. El silencio vino despacio. Frida yacía desnuda sobre el camino de sangre y arena, como una artista vestida de rojo y plata. Yo, aún dentro de ella, sentía el reducto de su voz fatigada. Extinguiéndose. Después la gente gritaba "¡la artista! ¡la artista! ¡que alguien socorre a la artista!".

Fue Alejandro Gómez Arias quien me arrancó despiadadamente de sus entrañas. Y mientras me extirpaba de la carne rosa y blanda, gritaban al unísono las gaviotas, sonaban las sirenas de los buques del océano y se cerraba el cielo plomizo en torno a nosotros. Frida había muerto. De ella nació una niña. La vimos todos salir de su cuerpo. La niña Frida. Con ojos nuevos y un cuerpo encerrado en su propia carne. Yo maté a Frida Khalo. Yo mismo. Un miserable pasamanos. Pero me consuela pensar que la devolví a la vida, arrebatándosela.

martes, noviembre 20, 2007

jueves, noviembre 15, 2007

Deseo que te desearás

Son muchas las cosas que una persona puede llegar a desear, pero muy pocas las que consigue. Son los deseos los que nos convierte en humanos. Los deseos buenos, quiero decir. Deben tener una carga positiva porque desear exterminar a una raza no nos hace humanos, sino demonios. Me refiero a los deseos buenos, a como que el sol brille cada día, a que aquel muchacho te sonría cuando se cruce contigo, o a ver tus palabras escritas en algún otro lugar. Y ese deseo se va cargando de fuerza a medida que no se cumple. Es condición indispensable que el deseo no se cumpla (para ello ya se inventaron las lámparas maravillosas o los anillos mágicos, pero ¿quién tiene una, eh, quién?). Así se hincha cuanto más lejos se encuentre del momento de su obtención.
 
Los deseos son mágicos porque habitan en el mundo de lo inasible, de lo contrario perderían todo su encanto. No dejarían de ser meros objetos al alcance de cualquiera. Pero no. Los deseos son los dioses de nuestra esperanza por eso los anhelamos.
 
Es posible que uno piense que cuando se consigue un deseo también uno alcanza la felicidad. Pero siempre habrá deseos que vayan ocupando el primer lugar y la meta no llega nunca. Seré feliz cuando me mire. Seré feliz cuando me bese. Seré feliz cuando me diga que me quiere. Seré feliz cuando me ame. Van creciendo y haciéndose ambiciosos.
 
¿Pero qué pasa si no se cumplen los deseos? Nos volvemos melancólicos y huraños. En el peor de los casos, envidiosos. Asi que sólo me digo, Esther. ten cuidado con tus deseos. Por favor, ten cuidado.
 

miércoles, noviembre 14, 2007

Tacatá

Conducía ese trasto viejo, borracho de tristeza. Conducía sin saber que lo hacía. El runrún de mi mente me sumía en un estado de semiinconsciencia que me impedía escuchar a aquella mujer que ocupaba el asiento de copiloto. Después de tanto tiempo amándonos pude comprobar que era una completa desconocida.   Sus reproches eran lánguidos y discretos, pero sonaban como el metal contra el asfalto. Y la tristeza se había evaporado, lo supe cuando la recogí. Lo vi en su mirada. Fui consciente del final de nuestro camino, que era oscuro y pedregoso. Me desvié del camino hacia un lado, paré muy despacio, puse las luces de avería tacatá tacatá tacatá y aguardé a su mirada. En ella, todo era nada. El brillo de sus ojos me asustaba. Era el momento de abrir la puerta hacia la sombra. Me dio miedo perder lo que nunca tuve. ¿Qué sería de mí sin ella? Esbocé una sonrisa. Me salió de perro. Vi la determinación personificada. El silencio ahora hacía tanto daño... Bajé la mirada y sentí el dolor de un cuchillo en el pecho. Después la puerta se cerró y lloré abrazado al volante siguiendo con la mente el ritmo del tacatá.

 

tacatá

 

tacatá

 

ta
 
ca
 


jueves, noviembre 08, 2007

Ha nacido el amor

El delicioso sol de abril nos daba de lleno en la cara porque le mirábamos de frente, agradecidos pero protegiendo nuestros ojos con unas gafas oscuras. Aquella disposición nos mantenía a uno al lado del otro. Cerca, pero lejos. Ricardo tenía las piernas estiradas y cruzadas bajo la mesa que habíamos elegido en la terraza de aquel bar. Eso significaba que su culo estaba al ras de la silla. Cruzaba los brazos sobre su torso inflado, y su barbilla casi se apoyaba sobre su pecho. La papada le desbordaba por los lados. Tras los cristales verdes que ocupaban gran parte de su rostro no se adivinaba si dormía o si miraba. Ya habíamos terminado los cafés. Ricardo, incluso había apurado un coñac y había intentado desentrañar los posos. Yo, acodada sobre la mesa, observaba al resto de los clientes que el que más o el que menos, dormitaba clandestinamente. Vagué con mi mirada por el lugar ajardinado, observando las castañas caídas, que son muy bonitas, pero que no son comestibles, o bueno, son comestibles pero excesivamente laxantes, observando las bolsas vacías de pipas de Tarancón, que eran arrastradas por la brisa, animadas casi a volar, y acompañaba con mi mirada a la gente que por allí deambulaba, al ratón mugriento con un globo fálico en la mano, a un sospecho grupo de africanos cuchicheando, a una china vendiendo carteles taurinos. Me detuve ante una pareja que, sentada en un banco de madera se besaban y manoseaban sin vergüenza. Él, despatarrado, la sostenía por la cintura de modo que sus cuerpos formaban un anclaje, un puzzle de dos piezas. Parece que él se entretenía mordisqueando el cuello de aquella muchacha. Ricardo. ¿Si? ¿tú qué crees que es el amor? ¿el amor? si, el amor. Ricardo cambió de postura. Suspiró y me miró con hastío. No parecía alentado a comenzar un diálogo de aquel calibre. Pero habló. Con desgana, pero habló. El amor es un tren hacia París. No. Te lo pregunto en serio. Lo digo en serio. El amor es un ascenso a una alta montaña. Es... es una gran prueba. ¿Sabes qué creo yo? Sorpréndeme. Creo que el amor es una mierda. ¿Una mierda? Si. Una mierda. El amor no apesta. ¿Tú has conocido el amor? El amor es una herida. ¿Una herida? Jamás he visto que el amor supure. El amor puede infectarse. ¿De veras? Claro. No. Una herida, no. Porque las heridas terminan curándose. El amor es una úlcera crónica. Dolorosa y sangrante. A veces me asustas. Es lo que pienso. El amor es vida. ¿vida? Si. Verás. El amor nace, crece... si, claro, folla y muere. ¡Qué bruta eres! Parece que en lugar de sentimientos tienes cristales rotos. Soy realista. Y algo depresiva. El amor nace dentro. En el pecho. Aquí. –Y se señalaba con el dedo índice el lugar que ocupaba su corazón-- Y si pones tu mano sobre él puedes llegar a escucharlo. ¿acaso no has observado a Valentina y a Ramiro? Su amor se oye a través de las paredes. –Y volvió a adoptar la postura inicial para seguir dormitando.--Valentina ha dejado su país. Por él. Ramiro ha dejado su vida. Por ella. Creo que voy a vomitar. Vomita si quieres, pero hazme un favor, ve al aseo a hacerlo. Y cuando termines, avísame, porque debemos volver al trabajo. Creo que ya son las tres y tenemos que terminar los balances. No iba a vomitar, por supuesto. Me gustaba sacar a Ricardo de sus casillas, pero me levanté dispuesta a quitarme a esa pareja de mi campo de visión. Pedí al camarero que había tras la barra, la llave del baño. Era una llave normal, de las de puertas normales, de casas normales, de vidas normales y llevaba una cuerda de esparto a modo de llavero. Abrí. Casi tenía que rozar con mis piernas el mugriento retrete para poder cerrar la puerta. Olía mal. El suelo estaba enlodado. Oriné. No había papel. Me lavé las manos. Me miré ante el espejo roto y gastado. Me vi. Vi mis ojos. Miré dentro. Mi mano subió lentamente como una araña hasta el lado izquierdo de mi pecho y ahí se quedó, intentando escuchar una suerte de pataleo.